Elogio del ‘Elogio de Bruselas’, de Rui Vaz de Cunha

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Elogio de Bruselas,
de Rui Vaz de Cunha (Ed. Carena, 2012).

Por LUIS MARÍA MARINA

Al menos desde los tiempos de Erasmo, la locura ha sido compañera de fatigas de la baqueteada vida del viajero. Si la locura la entendemos, claro, en esa versión amable que define Johan Huizinga: “la locura es sabiduría y la sabiduría locura”. No es por ello extraño que el “Elogio de la locura” se le viniese a las mientes al de Rotterdam en el curso de un viaje, como él mismo escribe en la dedicatoria que antecede a la declaración de Moria: “Durante el viaje que hice no ha mucho de Italia a Inglaterra, con el fin de no malgastar en conversaciones banales e insípidas todo el tiempo que tuve que ir a caballo, resolví… meditar en nuestros estudios …”. Lo anterior me lleva a concluir que, más que encontrarlas allá donde va, en las ciudades ajenas, las meditaciones las lleva en realidad el viajero dentro de sí, y que esta vida peregrina nos convierte en sujetos meditabundos que encontramos en las ciudades que nos acogen variados espejos en que aquellas meditaciones, aquellas, por qué no, locuras, se reflejan con fulgores siempre nuevos.

No me atrevería yo a decir, como hace Cervantes, que “las luengas peregrinaciones hacen a los hombres discretos”. Sí puedo, sin embargo, afirmar que me gusta leer libros de viajes en los que el viaje, la ciudad o el país recorrido no se revelan prima donna celosa y acaparadora de todo el protagonismo, sino que tienen la generosidad suficiente para compartir la escena con el viajero, con el alma a través de cuya sensibilidad se me descubre ese viaje, esa ciudad o ese país. Puesto que no hay (no puede haber) objetividad en esto, que la sensibilidad de quien me guía se revele por completo y me acompañe. Que cante el poeta por qué Odiseo se hizo acreedor del epíteto “fecundo en ardides” antes de detenerse en la descripción morosa de los acantilados de Ítaca; qué me haga sentir cómo las entrañas de Kurtz se han ennegrecido al contacto con las aguas del río Congo, cuáles son sus razones para exclamar, al final de su viaje: “¡El horror! ¡El horror!”.

Sirva lo anterior para justificar las breves palabras que dedicaré, antes que a la Bruselas a la que Rui Vaz da Cunha inscribe su Elogio, al propio Rui. A Rui, o quizás sería más correcto decir, al Doutor Vaz da Cunha, nos lo topamos por primera vez hace unos pocos años, revelándonos ciertos secretos de una ciudad que era, al fin y al cabo, la suya, Lisboa. El protagonismo de Vaz de Cunha fue entonces relativamente modesto. Tuvimos que leer de su vida entre líneas, quizás escondido él tras la timidez del autor que por primera vez entrega su obra a las prensas, o quizás deslumbrados nosotros por la luz infinita de todo aquello que Lisboa, original rey Midas, toca. Pero no ahora. Ahora, desde el inicio mismo del Elogio de Bruselas, el lector es consciente de con quién se juega los cuartos. Vaz da Cunha se nos revela en su estirpe familiar, nos cuenta su vida, sus glorias y sus miserias, sus gozos y sus sombras, que, claro está, dicen y callan tanto de la transformación de nuestros países, los del sur de Europa en las últimas décadas, como de su propia vida. Sabemos que Vaz de Cunha es alentejano, de ese Alentejo ya fronterizo y marinero de Alcácer do Sal, que pronto acaba por diluirse en el océano. Que es (o más bien fue) terrateniente, absentista, de los de la especie amable, de aquellos que prefieren  la paz de las nobles bibliotecas al bullicio de los casinos provincianos. Que es (siempre lo será) hidalgo, fiero de su estirpe, pero capaz también de hacerse amigo de uno de los jornaleros que le ocupó en tiempos de la Revolución la heredad familiar no por ir con los tiempos (eso nunca), sino por mor de las muchas lecturas compartidas. Que cree en la amistad y en la conversa como algunas de las principales manifestaciones de lo humano (amigo de gente de lo más variopinta: nobles y libreros; diplomáticos y jornaleros). Hidalgo, en fin, desposeído de casi todo, salvo de sus libros, por maravilloso azar recuperados, y con los redaños para enfrentarse, adarga en ristre, a ciertos molinos de viento tan lejanos como poderosos. Sabemos también que Rui es gourmand, que lo mismo disfruta con los buenos caldos del Mosela que con los del Alentejo, y que tanto aprecia la entremeada de la tierra como las especialidades borgoñonas; que tiene aspiraciones de dandy en el vestir (y no solo aspiraciones como nos demuestra al darnos una lección aplicada de etiqueta, tema borgoñón por excelencia). Un tipo con algunas de las características del shandy (en el sentido del Tristram Shandy de Sterne; es decir alguien “alegre, voluble y algo chiflado”). Un tipo, y acabo ya con esto, entrañable, con el que a uno le dan ganas de irse a pasear por os becos de Lisboa, les clos de Bruselas, o por donde haga falta.

Decía antes que me gustan los libros de viaje en que la ciudad no es protagonista única. Y eso depende en parte del autor, que ha de conseguir hacerse (tarea nunca fácil) con las riendas de la ciudad de que le acoge para devorarla (en el sentido de Alfonso Reyes) y no ser devorado por ella o por la fuerza imparable de la costumbre. Pero depende también de la propia ciudad: he leído pocos libros de viaje que me gusten sobre ciudades como París o Venecia. Ciudades, para mi gusto, demasiado bonitas que suelen inspirar libros demasiado aburridos. Siempre he pensado (y en algún lado escrito) que me parecen mucho más interesantes las ciudades en que la belleza está oculta y no se ofrece a primera vista. Las ciudades difíciles, “con mala fama” (mala fama que obedece a razones de distinto tipo), tienen dos ventajas: la primera es que nos libran —sin requerir esfuerzo adicional por nuestra parte— de la plaga del turismo; la segunda es que, como ya decía Solón, “Jalepá tá kalá” (perdón por el exabrupto), que quiere decir, lo realmente bello es difícil. Por eso no me sorprende que en su Elogio de Bruselas Rui Vaz da Cunha nos haya dado muestras de su verdadero talento literario al revelarnos lugares, paisajes y gentes deliciosos en una ciudad con tan “mala fama” como Bruselas. Una cosa (bastante normal, nos ha pasado a todos) es sentir la trascendencia mientras tomamos una bica en un varanda asomada al río sobre una de las colinas de Lisboa o contemplamos un ocaso sobre el Sena acodados sobre el Puente Alejandro III, y otra, mucho más delicada, mucho más literaria, mucho más verdaderamente trascendente (por su originalidad) es encontrar un maravilloso rincón perdido “con una estatua de Peter Pan, un pasaje dedicado a Marguerite Yourcenar y un kiosko” en cierto parque de Bruselas de histórico nombre. Perdónenme si quieren la “rareza”, pero yo, con Rui Vaz da Cunha, no tengo ninguna duda de que me quedo con este último.

La literatura que me gusta es aquella que me descubre lugares nuevos, que me invita a buscar libros en los anaqueles de librerías y bibliotecas que me son desconocidas, a visitar ciertos museos —recónditos y olvidados, si me dan a elegir—, a sentarme a tomar un café (aun el café de Bruselas, sobre el que Rui guarda un elocuente silencio) en determinados parques, en algunas viejas estaciones de tren. Los libros que uno lee con pluma y papel al lado, para tomar nota, para añadir lugares a esas listas tan absurdas (pero no por ello menos emocionantes, ¿quién se ha resistido alguna vez a la tentación?) de sitios que uno querría visitar antes de morir. Y en esto Elogio de Bruselas es excelso. Mientras lo releía he llenado cuartillas enteras con nombres de lugares que nunca he pisado en mis estancias (siempre demasiado cortas) en esa ciudad y que habré de buscar la próxima vez que la visite: la casa en que Verlaine disparó una pistola contra Rimbaud; las que habitó Hugo en la Grand Place y la Place de Barricades; las calles que sirvieron de inspiración a algunas de las originales rivarolianas; aquella otra donde nació Julio Cortázar; el Museo Magritte; la Bruselas que Ensor pinta en su “Entrada de Cristo en Bruselas” (en el que ahora veo una clara inspiración del famoso mural de Diego Rivera Sueño de una tarde dominical, con su catrina y todo); los misteriosos clos (que sin haberlos visto me recuerdan ya a las cerradas de la ciudad de México; aquella, por ejemplo, de la colonia Del Valle en que vivió y murió Luis Buñuel); los barrios bajos que vieron y contaron Simenon y Hergé; las casas más o menos escondidas y siempre bellas de Víctor Horta; la casa-museo Van Buuren, de líneas funcionalistas en el exterior y art déco en el interior, con una colección de arte en la que Brueghel convive perfectamente con el mejor Van Dongen, y rodeada por unos bellos jardines.

Bruselas es, en su Elogio vascunhano, una ciudad a la que uno quiere inmediatamente volver, sino en la que uno podría perfectamente quedarse a vivir. Para disfrutar, por ejemplo, de su lluvia consistente, coherente consigo misma, de una sola pieza; no tanto buscando la manera de combatirla (con paraguas y gabardinas que nos son descritos en sus mil posibles variaciones), sino cediendo más bien a ese estado de morosidad que nos produce su contemplación, tras el cristal. O para aprender a distinguir los mil matices del ladrillo que conforma la esencia de la mayor parte de sus edificios. Para descubrir los restaurantes y otros lugares de buen comer y beber que Rui Vaz de Cunha da muestras de conocer sobradamente. Y sus librerías, soñando quizás con encontrar un perdido ejemplar de aquellas bellísimas ediciones salidas de las planchas del editor bruselense Roger Velpius “Impresor de Sus Altezas, en l’Aguila de Oro, cerca de Palacio”: el Guzmán de Alfarache de 1604 o el Quijote de 1607, solo dos años después de la princeps de Juan de la Cuesta. O, por qué no, para aprender a encontrarse por sus calles por personajes tan sospechosamente familiares como ese Raúl Morandi del que tanto habla Rui. Y no hay, creo yo modestamente, mayor logro en la literatura: solo puede llamarse exitosa aquella que sabe crear espacios que el lector siente habitables, en los que el lector se siente cómodo, cálido, a resguardo, más aún en tiempos tan poco habitables como estos que vivimos; espacios que no nos invitan nunca a dar la vuelta a la última página. Espacios que hacen realidad la locura cuerdísima de la ficción: “la locura es sabiduría y la sabiduría es locura”.

Oigo con una frecuencia que empieza ya a preocuparme entre los escritores de mi tiempo una frase que, como todas las ocurrencias, causa cierto placer al oído la primera vez que se escucha, pero que cuando se convierte en lugar común demuestra que tras la frase más o menos bien construida, chispeante, hay poco más que eso, una ocurrencia que amenaza convertirse rápidamente en estupidez. Pese a ello el escritor, siempre afectado, consciente de la trascendencia de las palabras que va a pronunciar, se planta delante del micrófono —esto se dice siempre delante de un micrófono, y si es posible delante de una cámara, pues delante del espejo produce un efecto mucho menos espectacular— y sentencia sobre su última novela: “He escrito el libro que me habría gustado leer”. Una vez más confieso mi rareza. A mí me suele pasar justo lo contrario. De vez en cuando me encuentro con libros que me habría gustado escribir y de los que trato de aprender. Es el caso de este Elogio de Bruselas que espero pronto tengan entre sus manos.

Una última palabra. Cuando hojeen el espléndido Elogio de Bruselas, y lean en la solapa de portada que es obra de Ignacio Vázquez Moliní y de Jaime-Axel Ruiz, no se dejen llevar por las apariencias y la convención editorial; Rui Vaz de Cunha no es un embeleco, una invención, un nom de plume, ni siquiera un heterónimo; Rui Vaz de Cunha existe, es tan real como ustedes y como yo; si quieren conocerlo, no tienen más que darse una vuelta por los restaurantes de Lisboa; me encontrarán de vez en cuando almorzando con él; sobre todo en el Martinho de Arcada; en un velador a espaldas del Terreiro do Paço, bajo la mirada miope y benevolente, algo chiflada también, algo excéntrica, loca sí, llamémosla por su nombre, de una cierta sombra que desde allí nos contempla y acompaña nuestra conversación sobre ciudades ficticias y libros reales. O viceversa.

1 Comment

  1. Muchas gracias por estas impresiones, que me han interesado especialmente sabiendo que asistiré a una ponencia de Ignacio Vázquez Moliní y de Jaime-Axel Ruiz sobre “Elogio de Bruselas” el jueves, 18 de abril en Bruselas, donde paso largas temporadas.
    Aprovecho para tomarme la libertad de recomendar una deliciosa guía de Venecia titulada “Venecia es un pez” (Tiziano Scarpa) publicada por la editorial Minúscula. Adopta un enfoque divertido, bien documentado y original que realmente invita a explorar Venecia de un modo diferente.
    http://www.editorialminuscula.com/paisajes.html#pez
    Saludos cordiales:
    Mónica

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