Unidad del dolor

dolor

Por VÍCTOR M. DÍEZ

Concretemos. Digo que le demos forma a qué significa en concreto “la nueva realidad”. ¿Qué significa, aquí y ahora, el camino de esa enorme pata de cangrejo que se lo lleva todo por delante? Hoy, mes de julio de 2013. Aquí, ciudad de León. Esta mañana nos hemos desayunado con la noticia de que el hospital público, sin previo aviso a usuarios, ha decidido cerrar la unidad del dolor. ¡Qué dolor, qué dolor, qué asco! Esta unidad atiende a enfermos terminales que sufren verdadero tormento. A ellos se les va a pedir que detengan su aflicción en verano por los recortes. Por un julio y agosto sin dolor. Se sospecha que es el primer paso para cerrar la “carísima unidad” para siempre. Es lo concreto masticando los últimos meses, días u horas de la gente. Es tortura, abocar a esos enfermos y sus familias y amigos a uno de los espectáculos más denigrantes que se pueda imaginar. Morir retorciéndose, desear morir.

Recuerdo lo que se contaba en aquella película canadiense de hace unos años: Las invasiones bárbaras, de Denys Arcand. En ella, un hijo adinerado, ante la inminente muerte de su progenitor, lo arregla todo para darle una muerte digna al viejo. Ante el fariseismo del sistema de salud, él consigue la mejor morfina en el mercado negro, jugándosela, claro. También alquila todo un ala del hospital que estaba en obras para poder llevar a cabo sus fines. La película, denunciando la hipocresía reinante, nos muestra una muerte de cuento del paisano. Rodeado de sus amigos y familiares, ante un idílico lago, abriendo unas botellitas… La acidez del discurso y los diálogos compensan en parte el happy end a lo Walt Disney.

En la versión “ciudad de provincias española del año trece del siglo veintiuno”, el hijo empobrecido escucha a su padre gemir, retorcerse y chillar en la habitación de al lado. A cuarenta grados a la sombra, en un asfixiante piso de alquiler –que pagan con la exigua paga del anciano– en la periferia y que tiene la ventaja de que no queda lejos del campamento en que se puede conseguir ese caballo mezclado con matarratas, que vende la Chata. Ahora ya no me da tanta grima pincharle. Los primeros días, apenas podía sostener la jeringuilla cruzada en la boca, mientras le ceñía el cinto en el delgadísimo brazo. Menos mal que me ayudó Rober, “el canijo”, le tuve que pagar con un par de dosis. No le cogía la vena pero ahora me he hecho un experto. Tranquilo papá, septiembre está ahí mismo.

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