Los chicos del instituto de Hamburgo

El grupo de teatro del IES Juan del Enzina (León) en 2008, cuando lo dirigía Javier R. de la Varga.

Grupo de teatro del IES Juan del Enzina (León) en 2008, cuando lo dirigía Javier R. de la Varga.

Por LUCÍA MIRANDA

En una sala pequeña, de unas 100 localidades al lado del Museo Pompidou en París, actuaba un grupo de segundo de bachillerato de un instituto público de Hamburgo, Alemania. Allí el teatro es asignatura dentro del currículo escolar, y los chavales tienen dos horas semanales los tres últimos años antes de entrar a la Universidad sin necesidad de ser de Letras. La obra, que trataba sobre el género y las relaciones, era un buen tortazo para los adultos, una clase de educación sexual, una pieza de movimiento, con un texto breve en perfecto inglés y un ejercicio de valentía que me dejó fascinada. No era un Shakespeare, ni un Lope, ni un Lorca, ni nada parecido a un profesor que llega con un texto y dice “este año, chicos vamos a hacer, patatín patatán” porque haya creído que es una historia muy adecuada para los alumnos. Era un texto propio, con frases de ellos, con decisiones escénicas de ellos.

No tengo nada en contra de los grandes autores, yo misma trabajo con ellos, pero es hora ya de que los educadores empecemos a crear un espacio donde los adolescentes cuenten las historias que les interesa contar, para que aprendan las herramientas del teatro y las puedan aplicar en su vida cotidiana y no solo en la función de final de curso. Ya es hora de que seamos un poco menos educadores y un poco más facilitadores. De que nos interesemos por ellos: quiénes son, qué quieren contar, qué quieren saber.

En España, el teatro como herramienta educativa es una asignatura pendiente. Y lo es para todos los profesionales de las artes, los gestores y las compañías. Es sorprendente, los esfuerzos que se han hecho en la llamada “creación de nuevos públicos”, el trabajo de las salas y las compañías por crear espectáculos para los más pequeños y que luego llegue la adolescencia y no se encuentre nada para ellos. Como si los adolescentes no fueran nuevos públicos, como si ese niño por el que tanto hemos trabajado en ganar como espectador, fuera a interesarse mágicamente por el teatro en su época del instituto, e incluso más tarde, durante la Universidad. He hablado de este tema con mucha gente, y a veces me dicen que los adolescentes no interesan porque no son un público potencial económicamente hablando. Yo me quedo pasmada, porque son los adolescentes los que llenan los conciertos de pop y rock, las salas de cine de ciertas películas y el objetivo comercial de grandes marcas. No es que no les interesemos, es que no saben que existimos, porque nosotros no nos hemos interesado por ellos. Y los futuros abonados de nuestros teatros son ellos.

No nos engañemos, si no vuelven después de que el instituto les haya llevado a ver una función, si no se gastan su paga semanal en venir al teatro, no es porque no tengan paga, es sencilla y llanamente porque no quieren.

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*Lucía Miranda es directora de la compañía The Cross Border Project.

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