Tomás Martínez de Paz: “Los carteristas son una plaga en el Camino de Santiago”

Tomás Martínez de Paz, hospitalero en Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

Tomás Martínez de Paz, hospitalero en Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

Por REBECA FERNÁNDEZ
(astorgaredaccion.com)

En 1993, Tomás Martínez de Paz y un grupo de amigos llegaron a Manjarín, un pueblo abandonado entre Maragatería y el Bierzo, a la orilla del Camino de Santiago. Con poco dinero y muchas ganas restauraron un antiguo refugio y comenzaron a dar café a los peregrinos. Desde entonces, ayudar al más desfavorecido, uno de los principios básicos de la Orden del Temple, de la que es miembro Tomás, lo hace de diversas maneras. No solo acoge, a cambio de su voluntad, a los peregrinos que llegan al refugio sino que desde hace ya varios años, a través de su actividad en Facebook tanto desde su cuenta personal como desde la página en la que escribe junto con otros compañeros, Guardianes del Camino de Santiago, comparte sus ideales, informa del tiempo atmosférico, extremo en Manjarín en invierno y en verano, y alerta de posibles carteristas que perturban y dificultan la llegada a Santiago. Hablamos con este hombre templario adaptado a los nuevos tiempos, de ideas claras y corazón caliente, que lleva veinte años dando amparo a los caminantes, siendo una luz en el Camino.

Tomás se sentó conmigo en el exterior del refugio y, bajo la atenta mirada de varios peregrinos, contestó a todas mis preguntas.

—He visto que escribes bastante en Facebook…

—Sí, tengo la página ahora… En verano empecé a dar un parte meteorológico y ahora me han obligado casi a darlo todos los días. Tenemos una página como Guardianes del Camino en la que además de los partes meteorológicos contamos las incidencias de estos ladrones de peregrinos con los que no tenemos piedad. La forma brava es la única que van a entender. Han hecho polvo a mucha gente. A nosotros, como hablamos con ellos, nos lo cuentan, y ha habido casos en los que hemos tenido que ayudarles para que terminen, o se vuelvan a casa.

—Qué lástima, tener que volverse por algo así.

—Sí. Mira, hace unos días robaron a un peregrino de 75 años que venía andando desde París. Le robaron 600 euros y en Astorga cogió el autobús y para casa. Hecho polvo. Y eso tenemos que evitarlo. Aparte de cuidarles las ampollas y aconsejarles rutas y comunidades tenemos que sacar a estos que están fastidiando. No hay muchos pero son profesionales, y hacen mucho daño.

Te has ganado el apodo de ‘El Último Templario’, ¿qué te parece que te llamen así?

—Hay mucha historia. Esto de ‘El Último Templario’ se debe a que un amigo de televisión, Luis Mesonero, en el 94, sacó una canción y se cantaba entonces en el Camino: “El último templario habita cerca de Ponferrada, cerca de la cruz ferrada”. Casualmente hace unos días me dio una sorpresa, después de catorce años. Volvió a aparecer… Salí al refugio y estaba cantando, ahí, con su guitarra, la canción. Fue muy emotivo. Y bueno, lo del templario sí, antes de llegar aquí ya éramos de la orden. Y así seguimos.

¿Cómo es ahora mismo la Orden del Temple?

—Pues la Orden está resurgiendo en muchos lugares. Ahora tenemos un tipo de Asamblea Internacional Templaria en la cual estamos en contacto con muchos grupos templarios. Pero esto es peor que las autonomías; cada uno va por su lado. Aunque, bueno, hay unos puntos en común, y esos puntos son los que hay que defender y proclamar. Y hemos llegado a la conclusión de que cada uno debe seguir en la escuela que crea conveniente y en los cuatro o cinco puntos comunes que nos unen… pues a por ellos, y que cada uno siga el camino que quiera, cosa que se puede transmitir a todas las instituciones, y deberíamos seguir ese camino que nos parece más correcto.

¿Cómo empezó lo tuyo con el Camino?

—Cuando vine de peregrino, en el 86, no tenía ni idea de quedarme aquí. Tenía mi vida en Madrid y cuando se empezó a desmontar vine a Ponferrada, donde dejé el Camino. Y ahí vino la inspiración.

¿Empezaste el Camino y lo dejaste en Ponferrada?

—Sí, tardé 17 años en terminarlo. Así que me río un poco con los que van corriendo. En el Camino hay que estar abiertos, hay señales cósmicas y hay que estar abierto para cogerlas.

Cuéntame alguna de esas señales.

—Uff, podríamos escribir el Libro Gordo de Petete. Hay muchísimas. Como yo digo, hay quien solo ve las piedras, otro los bares, otros los ligues… sin embargo hay quien entiende el mensaje. Si uno va abierto el mensaje llega, y cambia muchas vidas. Hay muchos casos de cambios absolutos.

¿Qué tiene Manjarín que no tienen otros pueblos?

—Creemos que es la atención al peregrino en espíritu. Primero cubrir sus necesidades físicas y personales y luego está el decir: “Eh, que vienes con el pie cambiado, que hay otras cosas”. Pero esas cada uno tiene que descubrirlas, aceptarlas y luego caminar hacia ellas.

Refugio de peregrinos de Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

Refugio de peregrinos de Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

¿Cómo vivís el día a día en el refugio?

—En el verano es la antítesis del invierno. Aquí, ahora, sobre las 6.30 ya nos levantamos. Antes está prohibido levantarse. Como yo digo, aquí se prohíbe despertar al gallo. El gallo canta a las 7 menos cuarto más o menos, entonces a las 7 se prepara el desayuno. Tenemos un método para que no salgan, sobre todo los franceses, que son corredores de fondo, de las 5 de la mañana, y es que recogemos las credenciales, y se entregan en el desayuno. Y quien quiera bien y quien no, carretera y manta, camino para abajo. Aquí queremos personas normales, no gente que salga a las 5 de la mañana despertando a todos. Eso es un problema en todos los refugios, que irrita a los peregrinos porque si les quitan una o dos horas de dormir no sienta bien. Y el día en que hay ‘gallos madrugadores’, como los llamamos nosotros, la gente está estresada. Creemos que se puede levantar uno al amanecer, para ver la salida del sol, pero no a las 4 de la mañana con una linterna, que parece eso La Santa Compaña.

¿Así que alguna vez le has tenido que cerrar la puerta a alguien?

—Sí, sí. Sobre todo a uno que estará por la zona todavía, desafortunadamente. Hace años tuvimos una experiencia con un hijo de Satanás con carné, que le detectamos en seguida, e hizo el traslado a Valladolid. Empezó a hacer aquí chorradas. Le dijimos ‘buen viaje’. Le echamos del refugio, le pegué una patada a la mochila y salió hasta arriba, lejos. Se puso a jurar y perjurar y la gente estaba asustada. Pero nada, este era un fantasma, si fuese a hacer algo a alguien lo haría y no diría nada. Al día siguiente vino el hospitalero de Molinaseca a traernos comida y dijo: “Hubo un accidente en El Acebo”. Le dije: “¿Qué pasó?” Y nada, me dijo: “Un peregrino se salió de la carretera y rompió la bicicleta. Se hizo una brecha en la cabeza y se partió el tobillo.” Digo: “¿Alto con bigote y calvo?” Dijo: “Sí”. Y dije: “Se tenía que haber partido la cabeza”. Y me contestó: “Hombre Tomás…”. Pero sí, pasó esto en la curva de El Acebo, a 7 kilómetros, número sagrado, se le fue la bicicleta, se estrelló con la pared de enfrente, se partió el tobillo y para casa. Éste lo ha entendido. Es la ignorancia, la soberbia y la prepotencia de los hijos de las tinieblas, lo mismo que las virtudes contrarias son las de tipo angélico. Y hemos tenido varios casos además. Yo nunca me metería en el polo contrario habiendo un camino de luz y de energías positivas.

¿Cómo identificas a este tipo de personas?

—No es que huelan a azufre, pero se les nota la energía. De todas formas nosotros tenemos una barrera, a la entrada, en la que se hace la oración. Y no suelen pasarla.

¿Hacéis oraciones a diario?

—Sí, ahora se hacen tres. Por la mañana, sobre las nueve, a las once –que se hace coincidiendo con las doce de Jerusalén– y luego a la noche al retirarnos a las nueve.

¿Quiénes lleváis el refugio?

—Pues bueno, lo hicimos dos grupos. El círculo templario de Ponferrada y luego ya nos metimos en La Orden del Temple resurgida. Pero hay también muchos voluntarios, nunca ha faltado gente. Incluso ahora en verano hay peregrinos conocidos que se quedan a ayudar. Porque aquí la infraestructura es pequeña, pero hay que traer agua de la fuente, hay que hacer limpieza, hay que hacer comida… Aquí invitamos a comer a quienes nos parece. Nos están tocando las narices, por no decir otra cosa, Sanidad y otra gente. Pero esta es nuestra casa, invitamos a quien nos da la gana. E invitamos y atendemos al que más lo necesita. Luego también tenemos otra faceta, que este año vamos a extender más. Han proliferado desgraciadamente los carteristas en el Camino. Es una auténtica maldición y una plaga. Porque claro, en 24 horas están otra vez robando. Nos vamos a encargar de hacer una limpieza étnica de esa calaña de gente, sacándolos de los albergues por la brava.

¿Crees que el resto de hospitaleros están igual de involucrados que tú en este tema?

—Uff, qué va hombre. Aquí quien está quince días no se entera. Los que llevamos más de diez años, o como en este caso veinte, sí estamos preparados.

Ahora que me cuentas lo de los problemas con Sanidad, ¿alguna vez te han fallado las fuerzas y has pensado: “Lo dejo”?

—Sí, un día. Y después de aquel día tenemos una fuerza increíble. Nos habían adulterado el agua, habían envenenado la fuente con insecticida. Nos habían cerrado el refugio por no tener agua potable. Ahora la damos embotellada. Bueno, de hecho entonces la dábamos también. Y… ese día dije: “Mira, esto se acabó. A ver si hay algún zumbado en la zona que nos eche algo malo en la fuente y nos pase lo peor.” Esto pasó el 18 de julio del 99. Dijimos: “Nos vamos.” Pero no, el piso de arriba dijo que no. Y a las 12 de la noche ese día vino una peregrina a dormir. No es usual que una peregrina llegue tan tarde, nunca había pasado. Yo me había ido a dormir furioso, con una mala uva impresionante, y por la mañana, cuando llego me dicen: “Venga, ya está todo preparado. Ah, y esta noche vino una peregrina a dormir”. Yo me extrañé. Dicen que apareció una peregrina y dijo: “Agua y dormir”. Justo lo que no le podíamos dar. Pero estábamos funcionando y seguimos funcionando quince años después. Pregunté que de dónde era y me dijo: “No sé, es extranjera, como vino tan tarde no la apuntamos”. Y dijeron: “Me parece que tiene algo que decirte. No es normal. Por la mañana se levantó con nosotros a las 6, por cierto, durmió donde no había colchón, en el suelo”. Y fui a verla. Y al salir al prado veo a una mujer descalza, con un chal negro, con un vestido azul, haciendo una danza a la salida del sol. Me quedé impresionadísimo. Fue una escena… saliendo el sol rojo por las montañas, y ella bailando. Me quedé con una onda muy buena. Y luego noté algo que no era normal. Estaban pasando ochocientos peregrinos diarios, y aquí los que venían lo hacían todo corriendo con el café en la mano antes de que llegase la marabunta. Pero ese día nadie tenía prisa. Todo el mundo estaba como flotando, bailando un vals. Empezamos a observar que la gente según llegaba se iba quedando aquí. Total, que yo empecé a organizar la limpieza y el desayuno y noté que vino alguien por detrás y entonces ocurrió lo increíble: La mala uva que tenía desapareció sin más. Me sentí en paz, pensé que estaba soñando. Me incliné y vi unos pies en una sandalia. Levanté la cabeza y vi a una mujer de unos cincuenta años, sonriente, unos ojos negros increíbles y una sonrisa indescriptible. Con la mano en el corazón dijo unas palabras que fueron una clave para mí: “Despacio. Todo, todo con libertad.” Era como para cantar el aleluya. Me dijo que era rusa y me pareció imposible. Y en ese momento todo se quedó paralizado, el que estaba bebiendo de una taza, o con un plato… todo inmóvil. Yo me quedé mirándola y cuando fuimos a desayunar no le quitaba el ojo. Sus manos eran muy delgadas, no paraban de moverse mientras hablaba y al final le vi un anillo en el dedo corazón, un anillo con ocho estrellas. Todo tiene su explicación. Empezamos a hacer la oración y nadie había seguido. Había muchísimos peregrinos, hasta en la carretera. Hicimos la oración a los ángeles y luego leímos la Biblia. Y salió el párrafo “La llegada de los ángeles peregrinos a la casa de Lot”. Y dije: “Los ángeles están en los caminos. A lo mejor hoy tenemos aquí a un ángel y no nos hemos enterado todavía.” Ni se inmutó. Mi compañero dijo que venía de Jerusalén y yo dije que con esos pies imposible. Pero cogí la credencial y tenía los sellos Santo Sepulcro, Nazareth, Galilea, Esmirna, Gracia, Albania, Italia, Asís, Vaticano, Lourdes y Camino de Santiago.  Cuando vi la fecha de salida de Jerusalén el corazón se me salía del pecho, el día 25 de diciembre del año anterior. Pero el día de Navidad nadie sale de Jerusalén, esto no casa. Le pusimos los sellos y le pusimos el Aleluya en los altavoces cuando se iba a ir. Cuando terminó la canción abrazó a un compañero, se arrodilló, se echó a llorar, le levantó y abrazó. Pero nunca me ha contado lo que le dijo.  Y a mí me dijo: “Seguid siempre aquí”. Y contesté: “Por supuesto”. Levantó la mano y dijo: “Con Dios” y cuando la bajó, salió una rosa de la mano. Nos quedamos… estuvo oliendo el refugio cuatro días a rosa. Después encontramos un pañuelo amarillo que había atado al cuarto peldaño de la escalera, lleno de mariposas, símbolo de la transmutación. A final de mes salimos en Informe Semanal, dando agua a los peregrinos. Consecuencia de ello vino un amigo a verme y me dijo que había dejado La Orden y estaba en las Apariciones Marianas de El Escorial. Merendamos  y le contamos la historia. Dijo que nos había visitado un ángel. Y me trajo un póster de las apariciones. Fui a fregar los platos y de repente oí: “Ay Dios mío, Dios mío.” Salí y me encontré a éste con un cuadro y a dos arrodillados en el suelo con las manos en la cabeza… y en el cuadro estaba la peregrina. Estuve en Santiago en el día del funeral, entré a comprar unos recuerdos y en una tienda encontré una imagen de Nuestra Señora de los Dolores. La misma que estuvo aquí. Esa es la historia más grande que nos ha pasado y que nos ha hecho seguir.

Son de esas cosas que te cambian la vida…

—Totalmente. Aquí siempre ocurren cosas puntuales, cuando hace falta aparece quien tiene que aparecer. En este caso tú.

Imagen del jardín del refugio de peregrinos en Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

Imagen del jardín del refugio de peregrinos en Manjarín (Maragatería, León). Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

Me has dicho que llevas aquí 20 años… ¿Cómo ha cambiado el Camino de Santiago desde entonces?

—Mucho, y no a mejor. La única ventaja es que vienen peregrinos más jóvenes. Este año ha sido la sorpresa. Han venido muchos, en mayo nunca venían ni en junio, y este año el 30 o 40 por ciento. A partir del 99 que vinieron tantos miles de personas, muchos se frotaron las manos por el negocio, y las asociaciones del Camino bajaron la guardia y creo que cometieron un error. No deberían haber permitido que se pusiera como albergue a nadie que no fuese una asociación, porque ha llegado cada buitre… que solo están en el Camino para que tropieces con ellos, como las piedras, para fastidiar la jornada al peregrino. Nos enteramos de las faenas y las denunciamos, pero claro… lo que podemos hacer es advertir a la gente. Pero sí, se ha comercializado más. Aunque también viene ese espíritu profundo que es lo mejor que hay. Y sobre todo eso, la gente joven. Esperamos que se pueda intentar volver otra vez a las antiguas fuentes que había hace quince años. Pero… agua sucia ensucia la limpia. Es complicado.

También hay niños.

—Sí, con sus padres, los traen sus padres. Precisamente hoy ha venido un peregrino con su hijo, que nació del encuentro que tuvieron aquí sus padres en el Camino y ahora lo traía a él. Vinieron a visitarme, se acuerdan de aquí, de Manjarín. Aunque ahora me ven un poco más viejo.

¿Cómo se portan los ayuntamientos en lo relacionado con los peregrinos y los hospitaleros?

—Aquí todo el mundo está por la pela. Yo lo que no puedo entender es que un albergue, que se hace con dinero público, con una subvención que casi no hay, se lo den luego a un amigo del alcalde o de la alcaldesa que lo explota económicamente. Eso no puede ser, porque hay suficiente gente para que se haga, como ya se está haciendo, donativo. Aquí empezamos con 8.000 pesetas, que eran prestadas, y podemos decir que hemos dado de comer a 72.000 personas. Y si nos ponen bocabajo igual tenemos menos, pero el dinero aquí no para, corre como las liebres. Está el donativo, que es que quien venía hace siglos colaboraba a lo mejor en la limpieza, en la comida, con trabajos externos… La mayoría era gente del campo, y colaboraban en los pueblos y dormían en el pajar por un plato de sopa. Eso no está creciendo mucho, pero en algunos sitios aún sucede. Y aquí siempre hemos funcionado así, así que es posible. Mira, hace dos inviernos, estábamos económicamente muy mal y yo pedí al piso de arriba. Vino un amigo de Italia, que había estado unos años aquí con nosotros, y estaba mal con el alcohol. Yo le dije que saliera de ese bache, que había plantas medicinales y que bebiese lo normal, en las comidas y ya. Me hizo caso y a los cuatro días empezó a estar mejor; dormía más, ahora sigue más o menos el régimen vegetariano. Y cuando abrimos la caja del dinero a final de año, que él se había ido ya, había 1.200 euros. Y seguramente dos billetes de 500 los había dejado él. Nos solucionó el problema de la leña, de una lavadora que estaba rota… y así funciona todo. Nos sentimos protegidos en ese aspecto.

A veces cuando das cosas buenas recibes cosas buenas, también.

—Es que eso es automático. El universo tiene unos resortes automáticos. Pero hay que sembrar para recoger.

—¿Funciona entonces la justicia divina?

—Sí, funciona. Vaya que si funciona.

De izquierda a derecha: Félix Cariñanos, José María Maldonado, Luisa, Tomás Martínez, Arturo García y Marcelino Lobato. Fotografía: Rebeca Fernández.

De izquierda a derecha: Félix Cariñanos, José María Maldonado, Luisa, Tomás Martínez, Arturo García y Marcelino Lobato. Fotografía: Rebeca Fernández (astorgaredaccion.com).

En medio de la entrevista Tomás hizo una pausa para invitarme a una reunión en La Bañeza, ese mismo día, con viejos amigos del Camino, debido a que por la tarde se iba a realizar un homenaje a otros peregrinos en el que habría una entrega de premios: Cultura de los Caminos a Santiago. Cuando terminamos de hablar, más por cuestiones de tiempo que por ganas, él y un compañero me enseñaron las instalaciones, me dejaron jugar con una camada de cachorros recién nacidos y, después, Tomás se montó conmigo en el coche y nos fuimos a encontrar con sus amigos. Me sorprendí cuando me acogieron con agrado, e incluso me invitaron a acompañarles en la comida.

Así pude asistir al místico y alegre encuentro entre José María Maldonado, cantautor y, junto con su mujer, Luisa, hospitaleros de El Acebo hasta hacía un par de días; Félix Cariñanos, profesor de etnografía y antropología, compositor y folclorista, enamorado de El Camino desde hace muchos años; Arturo García, hospitalero en Puente Duero, Valladolid, desde hace casi diez años y presidente de los Amigos del Camino de Valladolid; Marcelino Lobato, peregrino desde hace treinta años, miembro del grupo de personas que comenzaron a pintar las reconocidas flechas amarillas para reimpulsar el camino en los años 80, imagen de varias marcas y organizador del acto homenaje y, por supuesto, Tomás, ‘el Templario de Manjarín’.

Dio tiempo a hablar de muchas cosas; casi incluso de arreglar un poco el mundo. Pero, como no podía ser de otra manera, todas las conversaciones llevaron irrevocablemente al Camino de Santiago.

  1. Estupenda entrevista con uno de los grandes personajes del Camino.
    Curiosamente, al hilo de lo que cuenta sobre los carteristas, hace ya algún tiempo leí algunas crónicas antiguas de peregrinos, del siglo XVII o XVIII… y en ellas alertaban de que en el tramo de Maragatería al Bierzo, con epicentro en Foncebadón, había que tener cuidado sobre todo con dos grandes peligros: los lobos y los asaltantes de peregrinos…

  2. Heidy

    Excelente emtrevista, yo anduve por alli ya hace 4 a~nos. Nos atendio de maravilla y se siente que el tiempo se detiende en Majarin, con muchisimo gusto volveria…saludos Tomas …un gran abrazo..

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