‘De luz y agua’. Ramón Núñez

castor

‘De luz y agua’.
RAMÓN NÚÑEZ
Eolas Ediciones, Ayuntamiento de Astorga, Centro de Estudios Astorganos ‘Marcelo Macías’.
León-Astorga, 2013.
ISBN: 978-84-15603-14-6
75 Páginas
9,50 Euros

La poesía de Ramón Núñez como linterna mágica

Por ELOY J. RUBIO CARRO
(AstorgaRedAcción – Contexto gobal)

De luz y agua es un libro en el que Ramón Núñez se acoge a una sencillez presocrática para explicar lo que son las cosas, de que están hechas las palabras.

El ingrediente originario parece ser la luz y lo que invita a ver luz es el ojo del agua. Tendríamos que educar la mirada para entender esa iluminación como una aventura de búsqueda que vaya más allá de lo aparente.

Mirar afuera también permitirá mirar en el interior, ver el desfile de las caras en la sucesión de instantáneas de las visiones propias, sentir la claridad de invierno que se produce adentro. En ese encuentro todos los datos de los sentidos pueden confabularse en la percepción de la belleza, una fotografía o una sucesión veloz de fotogramas. El poema tiene su origen en este cúmulo de imágenes, se le exige que reproduzca cuanto de pasmo hubiera en ellas: “El sonido del agua dulce en el poema”.

Luego ya las cosas, la materia del poema, van por un lado y la belleza por el otro: la belleza y el paladeo de esa belleza. Es en esa distancia, en ese hueco, donde el poema se fabrica.

La distancia es el lugar del poema, es el lugar también de la imagen fotográfica; por ello la inconsciencia es un encierro floral, cuasi funeral en la habitación de la vida, una naturaleza tan hermosa cuanto muerta. La vida es esa distancia, es una actitud que se mide en esa distancia o en esa cercanía, pero nunca en la abolición de la oquedad. Es por ello por lo que la poesía de Núñez practica una ‘mística de la distancia’ y no de la ‘unio’. Puede sufrirse por ello, pero no creo que se desee en ningún momento la total anulación de la separación: “Su mirada siempre estaba / donde otros no veían nada.” Su mirada, la mirada de un lugar donde solo habitan los fantasmas es vivida como el lugar de la diferencia. Uno es la diferencia que propone su mirada, la fantasía con la que se entretenga. No hay dolor en principio en este juego, aunque luego el dolor forme parte también de ese placer que viene del asombro, el puro dolor parece acaecer en la exigencia de invisibilidad que se propone al mundo invisible.

Mirar a ese lugar atrae la belleza a la consciencia. Es aquí donde funciona la máxima empirista: ¿Qué sería de la belleza si nadie supiese de ella? ¿Dónde están, dónde irían estos paisajes, este movimiento de danza, aquel viento suave que girovagaba melódico si nadie lo hubiese concebido?: ‘Nulubi’: en parte alguna. Y he ahí el retozo del agua con la luz: “Hadas de alas tristes /en un breve instante del bosque, / reflejos de nubes blancas / que el agua lleva… / plácidamente.” He ahí el agua como la primera conciencia del mundo, la primera cámara de luz. Acudimos al nacimiento del primer poema. El mundo que trae conciencia de su ser, de su distancia. Pero lo que toma conciencia de la diferencia, de que haya una conciencia y otra conciencia es la apostilla del último verso: “plácidamente”. En este poema de Ramón se efectúa el ‘principio reflejo’, se describe el momento de la conciencia y de lo que esa conciencia pone en el ser, se transita de la imagen refleja a la imagen creativa, a la imagen cinematográfica. En la nomenclatura de Esperanza Collado, nos encontraríamos con una ‘poesía paracinemática’.

Esa conciencia de lo bello expresada en el placer sentido quisiera ahora ser artífice: “Asceta de pensamiento abstraído / en el deseo de ver manar / el agua de sus manos.”

En el poema de la página (27) la poesía en cámara oscura tiene ya tiempo: “Corazón abierto, tiempo, / contemplación absoluta.” Diríamos que ahora corre la película, de una belleza extrema, aunque muy sencilla, aportando arrebato y quietud a su presencia.

La luz traza el dibujo y el agua es el papel donde la luz se escribe. Es ahora el agua la que lo impregna todo, la que lo concibe todo. El agua llega hasta sí misma, llega goteando sobre sí a ensimismarse. Es agua ensimismada,  pensamiento de pensamiento, apunte de agua donde discurre el agua, es el poema que por este poema discurre. Ya hay memoria, ya tenemos conciencia, pasado, recuerdo de los muertos. En el poema de la página (35) aquella belleza sencilla de la de la página (27) se torna compleja; fluyen las sinestesias, el tiempo y sus aromas. La hermosura caída de la luz, de la nube, se transforma en azucena, jazmín, madreselva, se vuelve incomprensible en la buddleja.

Ese discurrir ha perdido la inocencia. Ahora el poema crece desde dentro, es ‘DADA’, no desea decir nada, no tiene voluntad, resulta asediado. El pensamiento parece nacer en la boca, fluye a dibujar la nube afuera. La luz se ha vuelto luz pensada. Lo que nos hace ver es la película que viene desde adentro.

Así en el de la página (39): “Tú no piensas / son los pensamientos quienes te imaginan y te crean/… La luz ha dejado su impronta, permanece en la latencia, fluye luego, trae al exterior una cosa nueva (una sonrisa ensimismada)”. La proyección continúa en el de la (40): Se trata aquí de un paisaje bucólico, frágil; una película delicada que viene de la nada oscura, como si resucitara, algo que hubo estado aquí y regresara en las palabras. Se descubren en el poema de la página (43) artificios de la proyección. Toma de conciencia de que nos vemos con unas fantasías, (otra vez el ‘paracinema’): la luz del proyector que atrae o ilumina algo fuera de la pantalla, el propio chorro lumínico del objetivo cuando reparamos en él, la visión misma de la luz. El visionado es pura maravilla y el artificio de la caverna provoca el dolor. Vuélvese así de nuevo a la pantalla. Persigue entonces el reclamo, la decepción del tordo en encantamiento epicúreo: “En el aleteo de la vida, / en la camelia, / al borde del agua.”

De la inconsciencia ya habíamos dicho que nace esta poesía, pero no del dolor; nos hemos parado en lo placentero, en la distancia que aunque se redujese, no era para ser cruzada. Pero, el dolor ¿Cómo y porqué es también el dolor causa de estas palabras?, parece preguntarse en la página (52). El dolor es algo natural anterior a su conocimiento, algo desconocido; de aquí se llega a la enfermedad, a la vejez y a la muerte: “Cerca de su murmullo quedarán, / tus huesos y los suyos / hasta una nueva epifanía. // Impregnados para siempre del dolor del pasado.” También así conforma el arrebato.

En cualquier caso las composiciones parecen ser una toma de azar y de conciencia, en poemas muy breves y de hechura sencilla. Cada poema se acompaña de un dibujo, de una nube de agua obra de Castorina en una lectura fiel al contenido.

En el poema de la página (60) parece que la película llegara a su final: La visión se ha esfumado, el camino es el de la noche, el del perfecto silencio. Se consuma la expulsión del jardín de rosas; pues ‘tenían un aspecto de flores contempladas’: “Con la injusticia mataban / pequeñas y únicas estrellas, / ángeles sin alas, / huecos, / en las formas de vacío”. Pero es posible que la película aún tuviera otros pases, sin que fuera repetida. El agua continúa su discurrir lento bajo el puente, sigue siendo el ojo. De las nubes que pueda reflejar, nada se sabe.

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