José Luis Cancho presenta en Madrid su cuarta novela

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José Luis Cancho presentará su novela `Lento proceso´ el próximo viernes 8 de noviembre, en Madrid, en la sede de la editorial Papeles Mínimos (C/ Santa Isabel, 25), desde las siete de la tarde hasta la diez de la noche. «La idea es charlar amigablemente, ver los libros y tomar algo. La cita es abierta, para que cada cual pueda acercarse al local a la hora que le cuadre bien», explica Cancho, que estará acompañado por el director de la editorial, Imanol Bértolo.

José Luis Cancho (Valladolid, 1952) reside desde hace años en San Sebastián y es autor de otras tres novelas: ‘El viajero junto al mar’ (1999), ‘Grietas’ (2001) e ‘Indicios’ (2004). Además, durante sus años de militancia en la JGRE escribió junto a Miguel Casado ‘Por un Sindicato Estudiantil’ (Akal, 1976), un libro que pretendía dar una alternativa coherente a la lucha de los estudiantes de aquella época en defensa de una Universidad Científica y Democrática.

Reproducimos aquí dos textos relacionados con la presentación de esta misma novela el pasado 24 de octubre en el Ateneo Republicano de Valladolid. El primero fue leído por la periodista Eloísa Otero y el segundo por el propio José Luis Cancho.

‘Lento proceso’, un juego entre la vida y la literatura

Por ELOÍSA OTERO

No puedo dejar de leer esta novela de José Luis Cancho en clave autobiográfica, como si su narrador me devolviera un autorretrato, más o menos caricaturesco, o deformado, de su autor. Un alter ego.

Pero al mismo tiempo siento que hay algo que falla, como si el autor no se pareciera en este libro a sí mismo. Porque, al final, el narrador, que sí parece un tipo más grande y bastante más duro que José Luis Cancho, no deja de ser la caricatura de un antihéroe ensimismado.

En ese sentido, una de las citas que aparecen en el libro resulta bastante significativa: “Nadie lograría ser el que es, si antes no logra pensarse como no es” (Abel Martín). ¿Se habrá pensado el autor como no es?

Cuando Harold Pinter recogió el Nobel en 2005 pronunció un discurso en el que dice, al final:

“Al mirarnos en un espejo, pensamos que la imagen que nos devuelve es exacta. Pero si nos movemos un milímetro, la imagen cambia. De hecho, lo que vemos es una serie interminable de reflejos. A veces, un escritor tiene que romper el espejo, porque al otro lado del cristal está la verdad.”

Yo no sé si en esta novela hay un juego de espejos deformados (como la memoria) o si José Luis Cancho ha roto el espejo para componer esa otra historia que siempre se oculta detrás de los añicos.

No sé, me da la sensación de que Cancho ha escrito una novela demasiado personal. Aunque quizá me equivoque.

Lo que sí tengo claro es que esta novela es “un juego” entre la vida y la literatura. Y que para “parecerse a uno mismo” quizá uno tenga que dejar de ser todo aquello que creía ser.

El protagonista, y narrador, de esta historia es “un escritor en crisis” que se aleja de su casa, durante una temporada, para buscar la inspiración perdida. Es un superviviente, un buscavidas también, sin ataduras, alguien curtido después de muchos viajes por el mundo.

Es un nómada, capaz de coger su pequeña mochila con cuatro cosas, entre ellas algún cuaderno y algún libro —como ‘El elogio de la sombra’ de Tanizaki— para salir de viaje, es decir, para vivir una aventura personal.

Nada más iniciar el viaje, ante la simple contemplación de un paisaje nevado, ya se va abriendo paso en la mente del narrador “la idea de escribir un libro sobre la luz de invierno, un libro que incluyese en sus páginas los instantes de plenitud, las experiencias luminosas que en distintos momentos le reconciliaron con la escritura y con la vida misma”.

Pero qué suerte, ¿verdad? Poder cerrar la puerta de casa e iniciar un viaje sin saber a dónde nos llevará…

Creo que el narrador, el personaje protagonista, es alguien con suerte. Cuando llegan los meses fríos decide abandonar la costa lluviosa del Cantábrico para trasladarse al sur del país, al Mediterráneo. Allí encuentra un pequeño hotelito que ya conocía de alguna ocasión anterior, y consigue llegar a un acuerdo con el dueño para pasar unos meses allí, sin pagar, a cambio de echar un ojo al establecimiento, cerrado durante esos meses de invierno. Retirado en ese hotel vacío, frente a una playa desierta, “terminará comprobando que el mundo se ha reducido a su pequeña habitación, donde pasa las horas contemplando el mar, reflexionando y esforzándose en escribir”.

“Lento proceso”, el título de la novela, alude sin duda, como ya ha dicho Cancho en una entrevista, a “ese proceso de maduración de la idea, de reflexión sobre la propia obra, a la lentitud…”.

“En ‘Lento proceso’ se desvela el vínculo que conecta el pasado y el presente, el conocimiento de uno mismo y el empeño literario de construir una nueva obra”, se afirma en la contraportada.

La gran aventura, para este narrador, no es el viaje, con o sin retorno. La gran aventura es la escritura, pero no como búsqueda de un tiempo perdido. Ambas cosas, viaje y escritura, tienen que ver más bien con la búsqueda de un tiempo nuevo, el tiempo en el que poder construir y asentar un nuevo relato, que es como decir “una vida nueva”.

“El pasado es una pésima materia prima para la literatura”, se dice a sí mismo el protagonista en un momento dado. “La literatura es un presente en llamas porque aspira a otorgar al tiempo una presencia constante”.

Sin embargo, el pasado y sus digresiones conforman buena parte de este libro, en el que el narrador busca también “esa voz neutra” que le permita escribir de su intimidad como si estuviese escribiendo de la intimidad de otro.

El narrador repasa las mujeres de su vida, va descubriendo “porciones” de su personalidad y de su pasado a través del recuento de sus relaciones sentimentales, de los juegos de seducción condenados siempre al fracaso. Y no saldrá bien parado.

Pronto descubrirá, como dice en algún momento, “que sus pasos, al no llevarlo a ninguna parte, lo conducen al interior de sí mismo”.

Al final irá cambiando de voz, pasando de la tercera persona al “tú”, y luego al “yo” que cierra la novela, en un proceso de acercamiento hacia sí mismo, de búsqueda del “yo” creador.

Y es desde ese lugar ensimismado y solitario, y en ese tiempo que discurre lento, sin prisas ni expectativas, al margen del tiempo histórico, desde donde el narrador irá escogiendo sus recuerdos para esbozar la trayectoria sentimental sobre la que se irá sustentando el relato.

No quiero desvelar demasiado de esta novela, que por cierto se lee muy bien (en menos de tres horas)… sino más bien contar algunas de las cosas sobre las que he ido pensando al hilo  de su lectura.

Creo que, en el fondo, esta novela viene a reflexionar sobre el hecho de que “escribir es fracasar”. Y si empieza con un anhelo luminoso, su final es ciertamente oscuro: “Ha oscurecido. Y en la penumbra del atardecer me ha asaltado la certeza de que a mis padres no les gustaría este libro, el modo en que aparecen expuestos algunos de sus secretos e intimidades. Me pregunto qué derecho tengo a exhibir sus vidas”.

Esta novela tiene también un armazón de preciosas citas de autores, por algunos de los cuales yo siento personal predilección: Peter Handke, Tanizaki… pero he observado que casi todos son autores masculinos, con poquísimas excepciones (como la neozelandesa Janet Frame, autora de ‘Un ángel en mi mesa’, o Emily Dickinson).

Mientras leía la novela, observé que el narrador es alguien que, de alguna forma, no vive en el mundo actual, su desapego es radical. Quiero decir: no tiene teléfono móvil ni ordenador, vive ajeno no ya a las redes sociales, sino a todo lo que pasa en el mundo… no lee periódicos, ni ve la televisión… es más, salvo alguna carta escrita a mano, en su vida normal apenas se comunica con amigos o familiares…

En relación con esto, no quería dejar de comentar una escena de la novela que ha causado alguna polémica en mi entorno cercano. Y es cuando, al final de la primera parte, el narrador sodomiza a una chica, Julia, contra su voluntad. Una escena cruel resuelta en muy pocas líneas… pero sobre la que algunos amigos y amigas que habían leído el libro antes que yo ya me habían alertado: “¡Pero cómo puede hacer eso!”

Bien, a mí se me ocurrió que esa chica que representa la juventud y la belleza, de alguna forma también podría simbolizar la “modernidad”, los tiempos que vivimos, y que esa sodomización en el fondo no es más que una forma de decir: «¡Qué le den por el culo a la modernidad!”…

Y es que en “Lento proceso”, además de contar cómo y por qué se puede escribir un libro, lo que se busca o añora, sobre todo, es un tiempo nuevo, que poco tiene que ver con los tiempos que nos está tocando vivir. Lo que se busca, o añora, es un lugar en el que sea posible vivir de otra manera, y en otro tiempo, en ese tiempo lento que se necesita para poder recordar, pensar, reflexionar o escribir.

No obstante, cuando corren malos tiempos… como ahora… la escritura puede ser un buen refugio en el que esconderse y, paradójicamente, desaparecer, con el objetivo principal de reinventarse, de llegar a ser otro.

Quizá ese haya sido, también, uno de los propósitos de José Luis Cancho.

«La literatura solo existe haciendo trampas»

Por JOSÉ LUIS CANCHO

La literatura no tiene nada que ver con la honradez: hace trampas y sólo existe haciendo trampas. En la literatura el engaño y la mistificación no solamente son inevitables sino que conforman las herramientas esenciales del escritor. En la literatura, las palabras generan una transformación continua de lo real en irreal y de lo irreal en real.

La literatura es una experiencia turbia, donde se triunfa fracasando, donde fracasar no significa nada, donde los mayores escrúpulos son sospechosos, donde la sinceridad pasa a ser comedia, y todo esto es lo que produce su valor.

Una novela es una urdimbre, un entretejido de texturas y de tonos. Esto no significa afirmar que un personaje de ficción sea una mera creación verbal y no guarde relación con el mundo conocido. Se trata más bien de señalar que la función de un personaje en una novela no debe juzgarse como juzgaríamos a una persona real. Una novela es un conjunto de estrategias, está más cerca de un concepto de las matemáticas o de la física cuántica que de un concepto ético o sociológico.

La novela no es una fábula moral ni un relato bíblico. Aun así la sombra de la moral pesa siempre de manera peligrosa sobre las obras de ficción. (El problema de la moral es que, al basarse en la desconfianza del sujeto, carece de sentido del humor. La moral, como sabemos, equipara la solemnidad a la profundidad y la profundidad a la verdad; a quienes instintivamente sienten que ahí hay algo que no cuadra no les queda otra opción que recurrir a la ironía.) En cualquier caso la novela tiene su moral propia, que es la ambigüedad y el equívoco. Tiene su realidad propia, que es el poder descubrir el mundo en lo irreal y lo imaginario. Y tiene asimismo su verdad propia, que la obliga a no afirmar nada sin intentar corregirlo y a no lograr nada sin preparar su fracaso.

Dicho esto, no podemos dejar de exigirle a la literatura que sea algo más que literatura: una experiencia vital, un instrumento de exploración, un medio para el ser humano de experimentarse, de probarse, y en esa tentativa, de intentar superar sus límites, nuestros límites.

Bibliografía:

  • La parte del fuego, de Maurice Blanchot.
  • Moo Pak, de Gabriel Josipovici.
  • Nuevas maneras de matar a tu madre, de Colm Tóibin.

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