Vagamundos

© Fotografía de Eloy J. Rubio Carro.

© Fotografía de Eloy J. Rubio Carro.

El escritor y artista leonés recorre el universo de los ‘sin techo’ de León, de Nueva York o de la India. Entre las historias destaca el descubrimiento de las fotografías Miroslav Tichy, el fotógrafo-vagabundo de la Chequia comunista.

Por BRUNO MARCOS
(desde AstorgaRedAcción)

Cuando oigo emplear la palabra vagabundo pienso que los que yo he conocido y que deberían serlo no encajan bien en ese término tan extenso, etéreo, cinético y planetario, un término que evoca el movimiento más que a otras cosas, el vagar por el mundo.

Los primeros vagabundos que yo recuerdo no eran vagabundos, vivían en sitios concretos, no vagaban por el mundo sino por cuatro calles siempre, no eran nómadas sino más bien sedentarios, demasiado sedentarios. Yo los veía penetrar en la ciudad desde su periferia destartalada de descampados y chabolas, de casuchas en ruinas, perfumados de orines, desgreñados, con ropas desastradas que les venían grandes o pequeñas. Tenían motes y la gente los conocía bien, bueno los conocía y los desconocía porque lo propio del vagabundo era su misterio. Se trataba de hombres, casi nunca jóvenes, cuyo pasado no podía haber sido peor que su presente y que, por lo tanto, eran una auténtica lección moral para todos. Al pasear su miseria veíamos la nuestra como una posibilidad futura

El primer vagabundo que no era una vagabundo del que me acuerdo era un tal Chanito, pequeño, tostado por un sol de mugre, caminaba rápido como no he visto nunca a un vagabundo y le bailaban las piernas en los pantalones siempre demasiado anchos. Era muy raro porque andaba riendo a todas horas como borrachín y sobrestimulado. Cuando pasaba cerca de nuestra pandilla piropeaba a las chicas con una lubricidad inédita para mis vírgenes oídos.

Enseguida me llegaron sus historias, sus misterios, de que había sido un camionero que había atropellado a un niño matándolo y que desde entonces se había dado a la bebida y malvivía en una de las casuchas de la Serna. Y así todos. Todos eran dotados de una historia humana, digna y trágica, profundamente ilustrativa y orteguiana de que el hombre es él y su circunstancia.

Chanito apareció un día con una bicicleta enorme y verde, de paseo, como esas que se llevan ahora. Nueva y grande y limpia y reluciente contrastaba con él, viejo, pequeño, sucio y mate. Para manejarla bien se ajustaba los pantalones siempre demasiado anchos con dos pinzas de tender la ropa. Al poco tiempo un chico del barrio, con apellido de hortaliza y cara contrahecha e hirsuta, vino con una igual y un día anublado, en una tarde en la que se detuvo durante un rato el tiempo, salió Chanito todo serio como nunca iba, despacio como no solía, agitando al aire sus malos olores con una brisa como de tragedia vieja y se paró en la puerta del infame a reclamar lo suyo. Se armó una buena y aquel chico tan malo se negó a reconocer el robo hasta llorar como el cobarde que era, un ser ruin y bajo, un ladrón de vagabundos.

No sé en qué acabó la cosa pero creo recordar que alguien dijo que un buen día, no mucho después, se murió Chanito.

© Fotografía de Eloy J. Rubio Carro.

© Fotografía de Eloy J. Rubio Carro.

Recuerdo que a los pies de la catedral se acercaba otro falso vagabundo, uno vestido de hábito pardo o gris mugriento, con un cíngulo de cuerda y capucha raída como de tela de saco, y predicaba a las nubes barbaridades. Era carnavalesco y medieval y teatral, deprimente y estimulante a un tiempo. La cabezota grande y calva era como una hogaza de piedra muy horneada y de entre las espesas greñas blancas destacaba el bigote amarillo por completo como empapado de un reguero de mocos. Un familiar mío muy cercano que aspiraba a deliquios heterodoxos se fue siguiéndole hasta su hogar, una extraña finca en las afueras entre huertas abandonadas y gallinas locas de la cual sólo trajo extrañas sensaciones malsanas de concupiscencia.

Otro extraño vagabundo fijo estuvo mucho tiempo ensimismado en la plaza de Santo Domingo, todo ceñudo envuelto en barbas y guedejas negras y embetunado de sol mañanero. Cabizbajo se hacía con colillas del suelo y las apuraba como si estuviese rumiando algún pensamiento profundo schopenhaueriano o de Kierkegaard. Me decía mi madre que era sabido que venía de una familia buena de Oviedo y que había sido hombre de luces, y que los suyos hacían por llevárselo a casa y asearlo y recuperarlo pero que él se resistía y se afirmaba en seguir por el mundo.

Cuando yo estuve en París no recuerdo haber visto a los famosos ‘clochard’ y, sin embargo, el vagabundo más terrible que he conocido ha sido uno que anduvo por allí. Uno que leí en un libro que iba hambriento, sin un solo amigo, por sus calles como el mendigo que recorre un palacio. Uno que de tanto vagar y divagar acabó teniendo una erección con las estatuas desnudas de las Tullerías. Era Henry Miller. En las primeras páginas de su ‘Trópico de cáncer’ puede uno vivir con él la experiencia de deambular por la ciudad como un ser fantasmal que la habita plenamente, que la disfruta y la sufre. Y es curioso que esa experiencia de aislamiento del que no hace nada en la ciudad más que habitarla, del que no tiene dinero, ni casa, ni coche, ni familia, ni mujer, ni hijos, que no puede entrar ni en los museos, ni en las tiendas, ni en los restaurantes…, sea la forma más intensa de vivirla.

En Nueva York sí me fijé en los ‘homless’, los sin hogar, los sin techo, que parecían actores de un pintoresquismo postmoderno pactado y programado como el contrapunto turístico a la soledad de los rascacielos. Con sus carros de supermercado y cubiertos con tres o cuatro abrigos superpuestos recorrían las avenidas hacia el sur de Manhattan para buscar el sol clásico que los calentara. El mismo sol que le pidió como único regalo al mismísimo Alejandro Magno ese otro gran vagabundo fijo que fue Diógenes. Aunque de Sínope vagaba por la Atenas clásica asegurando que para ser feliz había que vivir como los perros y, de hecho, él lo hacía en un barril cometiendo un montón de locuras que han pasado por ser filosofía cínica, aunque el cinismo, hoy en día, sea un insulto en vez de filosofía.

De entre todas las extravagancias que se le ocurrieron la que más me llama la atención es la de masturbarse en el Ágora. Al parecer cuando le amonestaron por ello contestó que ojalá se le pasase igual el hambre frotándose el vientre. Lo cierto es que tanto Henry Miller como Diógenes de tanto vagabundear acaban por erotizar la ciudad, como Chanito, que se le alegraban los harapos con las chavalas. De carecer de espacio privado surge la vindicación más estrafalaria y original de esa cosa tan noble que es el espacio público. Desde empalmarse con las estatuas parisinas o masturbarse en el Ágora hasta acampar en la plaza de Sol.

Pero de todos los que he visto los más extraños son los gimnosofistas desnudos que uno se encuentra en cuanto pisa la India. Esos sí que parecen no desplazarse nunca, no vagar nada por el mundo sino que el mundo es el que vaga alrededor de ellos. Se sientan encima de unas pilastras o al borde de aguas empapadas de cenizas funerarias de las cuales beben con una calavera como vaso a esperar que pase el tiempo. Unos de estos me llamó a la salida de un templo para que me sentara con ellos.

Extremadamente flacos, coloreados con pigmentos. Uno tocaba en una flautucha de caña cuatro notas sueltas y otro se ponía los pies detrás de la cabeza. Todos me decían que eran falsos y que me pedirían dinero luego. No sé lo qué es para la gente auténtico pero para mí aquellos falsos hombres santos fueron una de las cosas más verdaderas que he tocado.

© Fotografía de Miroslav Tichy.

© Fotografía de Miroslav Tichy.

Hubo, hace pocos años, un descubrimiento impresionante de un anciano vagabundo indigente que llevaba toda la vida de trapero de imágenes, atropando resquicios, instantáneas perdidas de muchachas al descuido. Miroslav Tichy se llamaba, uno que se había vuelto loco de joven cuando el gobierno comunista checo le comunicó que se habían acabado los cuadros de bellas mujeres desnudas y sólo se podían ejercer las artes retratando rudos obreros. Miroslav se pasó la vida recogiendo imágenes de la basura del tiempo con su cámara hecha de cartones, instantes que se perdían por el sumidero de las cosas que pasan, miradas que sólo él, harapiento y lúbrico, se llevaba a revelar a su antro. Las imágenes quedaban muy borrosas, interceptadas de rayas, escaras, e, incluso de moscas. Luego recortaba un pequeño rectángulo de papel, cartulina o cartón, lo decoraba mínimamente a lápiz y se lo ponía de marco. Era lo que nos faltaba, la mirada torva, lasciva, colmatada de miopsias, pobre y borrosa del arte de los vagamundos.

Un Comentario

  1. Reblogged this on En vivo and commented:
    Interesante artículo

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