Valle-Inclán: “Recuerdo también una tarde, hace muchos años, en la catedral leonesa…”

Ramón María del Valle-Inclán.

Ramón María del Valle-Inclán.

Valle-Inclán en León (Barojeando)

Por BRUNO MARCOS
astorgaredacción.com

No sé cómo me las arreglé para que una noche de estas navidades, pasadas las once, un cargamento de libros viejos procedentes del altillo de un rascacielos, antes de irse a la basura, acabara en la entrada de mi casa inundándola de ácaros ancianos y teniéndome hasta las tres de la mañana en su expurgo.

Todo venía de unos barojas que en aquella buhardilla un día de visita encontré. Atropé unos cuantos entonces, antes de este desembarco, y fui leyéndolos e investigándolos y reclamando a sus propietarios el resto, la buhardilla entera en último caso pensando en que el bueno de Larsen me socorriera en digerirlos y repartirlos. La verdad es que los dueños no son los dueños porque esa era la biblioteca de la señora a la que le compraron el piso del rascacielos de la capital de una provincia vasca y estos barojas tenían que haber sido del padre de esa señora, que vivió en Mondragón.

Son libros taimados como el propio Don Pío, todos desencuadernados, de los años treinta, todos escritos y sobrescritos a pluma, con cuentos y traducciones y pequeños mapas por sus márgenes. Lo más intrigante eran las tachaduras. A veces parecían censura pero otras eran, casi todas, enmiendas a la propia autoría. El nombre de Pío Baroja cubierto de tinta en portadas, portadillas y hasta en los encabezados de página. Otras troquelado y cortado a través del taco de hojas. En un ejemplar de Los últimos románticos sacadas las letras una a una con una cuchilla. Al principio pensé en algún literato raro, o loco, o fracasado. Luego en un censor de los que dicen que hubo tantos. Y más tarde en alguien que tenía miedo a que se viera que leía a Pío Baroja.

Uno de los libros de Pío Baroja.

Uno de los libros de Pío Baroja.

Llevaba yo unos años con él a vueltas, para aquí y para allá, expurgando sus memorias y disfrutando a lo bobo con “Aurora roja” o “La busca” y muchos otros y, precisamente, entre los libros papirizados, sin tapas, ni guardas, tan sólo con la tripa monda y lironda, apareció “Aquí París”, el libro en el que cuenta el tiempo que pasó en aquella ciudad durante la Guerra Civil nuestra. En él habla de una o dos maletas de libros con las que pasó la frontera por Hendaya de vuelta y anota que alguna desapareció. Cuenta Don Pío que en esos momentos los de un bando y los de otro no sabían a cuál pertenecía y que, probablemente, los dos le querían matar. Se había ido a París en cuanto quedó libre, después de que en Vera de Bidasoa unos carlistones le apresaran teniéndole retenido un día entero en las primeros momentos del alzamiento rebelde.

“Quiero leer a este autor porque he oído a unos asegurar que está con nosotros y a otros que en contra”. Dijo un oficial nazi que registraba su maleta de regreso quedándose un libro del vasco.

Total que me obsesioné con que estos libros eran los de esa maleta que se perdió y que tenían que haber sido del mismo Pío Baroja y Nessi. Empecé a comparar la caligrafía de los libros viejos con la de Don Pío y encontré una “p” minúscula idéntica. Envié a Pío Caro-Baroja una muestra caligráfica con mucho miedo de que se deshiciera el hechizo y, efectivamente, me confirmó que la letra no era de su antepasado remitiéndome una muestra auténtica para que la comparara yo mismo y añadió que me ayudaría a desentrañar el enigma de ese alguien que andaba en esos libros y que “debía haber sido un gran barojiano”.

Fuera quién fuera aquel debió verse obligado a ocultar la autoría de estos libros cuando no estaba del todo claro si se podía ser o leer a Pío Baroja en España y en Europa.

"Los amores tardíos".

“Los amores tardíos”.

Con la barojada vinieron bastantes más libros. Muchos australes de los años treinta y cuarenta para llenar un anaquel nuevo y unos nibelungos de 1910, en alemán y con letra gótica fraktur como la que luego usaron los nazis de Hitler, unas vidas de artistas de Vasari y otra de los heterodoxos españoles.

Varios decadentes en francés y unos raros de Valle-Inclán:La lámpara maravillosa”, ese libro que entre paréntesis explica: ‘Ejercicios espirituales’. Lo tenía apartado para echarle un vistazo cuando precisamente Ernesto Escapa pegó en Facebook un artículo del periódico que, para conmemorar el aniversario de Valle, cuenta con su brillante magisterio que su mujer era de León. Se armó un bonito debate donde salían feminismos y biografías y hasta el testimonio de alguien que conoció a alguien que trató al matrimonio y que añadía que, preguntado ese alguien por Valle, respondió: “No me hables de ese animal. Tú no sabes las palizas que le daba a la pobre Josefina“.

Y Artigue dio un apunte crucial, que Valle estuvo en León y que sale en un capítulo de “La lámpara maravillosa”. Fui a él y lo desempolvé y efectivamente, en el capítulo indicado Valle lo admite en la primera línea: “Recuerdo también una tarde, hace muchos años, en la catedral leonesa. Yo vagaba en la sombra de aquellas bóvedas con el alma cubierta de lejanas memorias. Ya entonces comenzaba mi vida a ser como el camino que se cubre de hojas en Otoño. Había entrado buscando un refugio, agitado por el tumulto angustioso de las ideas, y de pronto mi pensamiento quedó como clavado en un dolor quieto y único. La luz en las vidrieras celestiales tenían la fragancia de las rosas, y mi alma fue toda en aquella gracia como un huerto sagrado. El dolor de vivir me llenó de ternura, y era mi humana conciencia llena de un amoroso bien, difundido en las rosas maravillosas de los vitrales, donde ardía el sol. Amé la luz como la esencia de mí mismo, las horas dejaron de ser la sustancia eternamente transformada por la intuición carnal de los sentidos, y bajo el arco de la otra vida, despojado de la conciencia humana, penetré cubierto con la luz del éxtasis. ¡Qué sagrado terror y qué amoroso deleite! Aquella tarde tan llena de angustia aprendí que los caminos de la belleza son místicos caminos por donde nos alejamos de nuestros fines egoístas para transmigrar en el Alma del Mundo.”

Y uno no puede más que intentar visualizar lo que nunca había pensado, que Ramón María se pasease por la calle ancha y que cruzase la plaza de Regla y se internase en la catedral nuestra y se emocionase y se transiera tanto como dice y que su lineal figura iluminada fuera por la filtrada luz de oros desleídos en arcos iris de las vidrieras nuestras y que aprendiera con la sola contemplación aquí tanto de la belleza y de la mística.

Si “La lámpara maravillosa” es de 1916 y Valle nació en 1866 pasó por aquí posiblemente con cincuenta años. Andaba desde los treinta con la manga hueca del brazo que le cortaron y, por aquellos años, tenía las barbas luengas y el coco pelado y casi toda la pelambre le empezaba a encanecer. En 1916 alguien le tuvo que ver y quedar espantado con esa “máscara a pie” como lo llamara el dictador Primo de Rivera.

Lo cierto es que uno no se entera de nada de lo que dice Valle en ese libro y le da la sensación de que tenía por entonces una melopea enorme y una fumada considerable de su pipa de kif y que las hambres modernistas se las saciaba con sopas teosóficas.

Dice Venancio Iglesias en la misma conversación algo muy lúcido sobre él: “A mí ‘La lámpara maravillosa’ me ha parecido un peligroso salto en el que, por decirlo de alguna manera, un esteta kiekegaardiano hace una curiosa pirueta mística y suprime el salto moral y religioso para caer de nuevo en la estética. A un místico le daría un ataque esa postura. Hay demasiado adjetivo, demasiado ‘como si’ para describir esos estados o normas que se da.”

"La lámpara maravillosa".

“La lámpara maravillosa”.

Efectivamente a un místico auténticamente histórico este misticismo de Valle le habría horrorizado, sin embargo se respira en su verbo el hálito de genio y su gran desbarre está en consonancia con su colosal estro. Y me atrevo yo, que no soy nadie, a asegurar que todo lo contrario al misticismo estaba ya implícito en este libro místico. No sólo porque para ser un gran desencantado se tiene que haber sido un gran ingenuo, un creyente y un apasionado sino porque ya se le iban los ojos y las letras a Valle al esperpento y a la caricatura genial. A pocas páginas aparece Pedro Soulinake, que sale en “Luces de Bohemia” como Basilio —y que en realidad es un tipo muy peculiar que se llamó Ernesto Bark—, intentando convencer a la viuda del malhadado Max Estrella de que no está muerto sino cataléptico.

Diz de él: “Sobre la frente calva y dorada vuela su mano haciendo la señal de la cruz. (…) Sentado bajo la parra de mi huerto, el viejo Soulinake, de barbas apostólicas y claros ojos de mar, divaga.” Ya está latente toda la técnica de lo esperpéntico que incluso se aplica a sí mismo: “Otro día, sobre la máscara de mi rostro, al mirarme en un espejo, vi modelarse cien máscaras en una sucesión precisa, hasta la edad remota en que aparecía el rostro seco, barbudo y casi negro de un hombre que se ceñía los riñones con la piel de un rebeco que se alimentaba con miel silvestre y predicaba el amor de todas las cosas con rugidos.”

¡Valle, todo arrebol, careta, histrión e hipérbole, y hasta maledicencia, de quietista y hablando de Miguel de Molinos! Era un todoterreno de las palabras y del espíritu y hasta de la moda.

Claro que él mismo nos da la clave, lo admite sin ambages: “Había fumado bajo unas sombras gratas mi pipa de cáñamo índico”.

  1. He disfrutado muchísimo, gran sabiduria, recodatirio precioso. Me gustó.

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