Concha Espina vuelve a Maragatería, 100 años después…

Concha Espina.

Concha Espina.

Concha Espina vuelve a Maragatería,

100 años después, y yo paso la tarde del 8 de marzo

con mis antepasadas maragatas

Los días 13 y 14 de marzo, dentro del ciclo “Marzo en femenino”, que celebra el Día Internacional de las Mujeres, el Ayuntamiento de Astorga ha preparado unas Jornadas de acercamiento a la figura de Concha Espina, cuando se cumplen cien años de la publicación de ‘La esfinge maragata’, obra emblemática de la escritora. Las Jornadas estarán coordinadas por la prestigiosa crítica literaria e investigadora Anna Caballé Masforroll, profesora de Literatura Española y responsable de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Una mordaza de melancolía enmudece a los viajeros desde el puente romano del Gerga, a la salida de Astorga, hasta Boisán, donde la Naturaleza se embravece y se engalana con raros alardes de hermosura para subir al Teleno: tomando la “senda de los peregrinos”.

Concha Espina. La esfinge maragata

 I

Concha Espina llegó a Maragatería para reescribir el relato de su alma, dispuesta a coser los pedazos ajados de un corazón que se le había ido destruyendo en caminos impuestos. Y ella, que tan acostumbrada estaba a valerse de la escritura y la costura para sobrevivir consigo y con los demás, encontró un territorio donde las maragatas le ofrecían complicidad de hilos invisibles con los que tejer palabras ausentes, palabras por llegar capaces de restituir valores y voluntades. Fragmentos de dignidad ocultados entre los pliegues de la historia que, sin embargo, esperaban los dedos sabios de tantas mujeres semejantes en las distancias de la Tierra.

Respiró, reconociéndola, la soledad de un país tan real como simbólico –ese País de los maragatos– donde los hombres eran remota lejanía que llegaba de Argentina o de Cuba en una carta; o en lo imprevisible, por improbable, de un día cualquiera cuando un ya desconocido, después de meses que podían ser años, aparecía en Boisán o en Castrillo de los Polvazares, o en Valdecruces, para quedarse lo justo: ha llegado el marido, la estirpe continuará, y él se volverá a ir dejando a su mujer embarazada y otra vez sola, con los hijos que crecen en ella y junto a ella esperando las decisiones del destino y el dinero para que la naturaleza y el futuro sigan dando fruto en Maragatería.

Se encontró con tejedoras de universos asfixiantes en su reiteración. También pudo reconocerse en ellos. Eran esfinges que conocían la respuesta del enigma, pero que no podían dejar de lavar la ropa de otros en las aguas heladas de los ríos, que seguían cubriéndose el cabello con un pañuelo negro a partir de la primera muerte familiar, que se callaban ya para siempre, que acataban la costumbre en el sacrificio de sus ilusiones. Y Concha Espina vio, en la radicalidad de tales circunstancias, el destino esencial de las mujeres, de ella, de sus contemporáneas a pesar de las advertencias. Era un 1914 de infamia y guerra, cuya violencia ignoraba la cordura y el llanto de tantas madres, de tantas mujeres intentando evitar el cementerio siniestro en el que Europa se convertía. Parecía una novela de antiguos amores y renuncias, de fanatismos costumbristas. Pero era mucho más, es mucho más, de ahí la paradoja del rechazo a La esfinge maragata, la incomprensión por parte de tantos, y que su autora recibiera, a la vez, el Premio Fastenrath, que otorga la Academia de la Lengua Española, en ese 1914 que cambio ilusiones por sangre. La escritora contó la crónica de un mundo que, en nombre de extrañas honras y patrias, asesinaba sueños creadores y juventud.

Concha Espina había nacido, en Santander, el 15 de abril de 1869, en una familia de propietarios acomodados cuya fortuna cambia al hacerse cargo el padre de una sociedad minera que los arruina. La familia va sobreviviendo cada vez con mayor precariedad, la misma precariedad de estímulos intelectuales que se le van restando a la joven Concha, que tendrá que hacerse cargo de su familia tras la muerte de su madre, “la única persona –dirá– que me apoyaba en mis inclinaciones literarias”. La boda, muy joven, con Ramón de la Serna la lleva a Chile donde él debe ocuparse de una propiedad familiar heredada. Nuevas preocupaciones económicas, nuevas decepciones personales, pero comienzo de las publicaciones en algunos periódicos chilenos, que le permiten disminuir la ingente cantidad de horas que pasa cosiendo para sostener lo exiguo.

En 1898, la familia regresa a España. Diez años después se separa, definitivamente, y se traslada a Madrid, donde inicia una relación libre con el escritor Ricardo León. En Madrid, mantendrá una tertulia literaria en su propia casa casi hasta el final de sus días, en 1955. Estaba ciega desde 1940, Ricardo León la había abandonado, dos de sus hijos militaron en las tropas de Franco, ella se retira a Mazcuerras, el pueblo santanderino donde se había casado… La ciudadana parece adaptarse a los avatares de la historia; la escritora, se rebela contra ellos. Por eso, no es justo resolver su contribución con unas meras líneas de compromiso en los manuales de historia de la literatura española. Además de los reconocimientos señalados, en 1924 la Academia de la Lengua vuelve a premiarla, esta vez por su obra Tierras de Aquilón. En 1926, obtiene el Premio Nacional de Literatura por Altar mayor. Y todavía en 1950, consigue el Cervantes de novela por Un valle en el mar. Propuesta en tres ocasiones para el Premio Nobel de Literatura, en 1927 se quedó a un voto de conseguirlo, aunque ese año obtenga, sin embargo, la Rosa de Oro de la Hispanic Society.

Fue una mujer de su tiempo, fuera de su tiempo…

Aunque, ¿alguna vez ha sido el tiempo de las mujeres?

En La esfinge maragata, Concha Espina narra, con conocimiento de los hechos pero, sobre todo, con el significado profundo que conllevan, imágenes sociales que remiten a otras, donde las mujeres “de su tiempo fuera de su tiempo” pueden encontrarse en la similitud traicionera de la costumbre y sus miedos, capaces de desvirtuar la Belleza que muchas de esas imágenes regalan. Pero, sobre todo, construye, con las páginas de su novela, un manto de vivencias y caminos y reflexiones y matices, donde los tonos de las conversaciones o el silencio llegaban de sus propias experiencias, de su propia expresión anímica compartida con la de los personajes de su obra. Voz, pájaros o viento, Sagrado Teleno, adobe o carros horadando los caminos, enseñan cómo romper la cadena de la adversidad, de la resignación aunque la novela no se cierre con un final  feliz y parezca expresar lo contrario. La propia Concha Espina dice de sí que la educaron con mucho esmero, pero sin prepararla para luchar con la vida, solo para gozarla y recoger sus frutos: “yo era una niña seria, algo melancólica, muy llena de curiosidades, influida ya por la intuición y el presentimiento”.

Fue una mujer de su tiempo, fuera de su tiempo…

Aunque, ¿alguna vez ha sido el tiempo de las mujeres?

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II

…y yo estoy en Boisán, una tarde de marzo, en compañía de mi querida Marina Fuertes. Para que los disfrutemos juntas, ella me enseña primores guardados en los mejores arcones del tiempo. Primores creados por la imaginación y las manos de nuestras antepasadas maragatas. Aquellas esfinges –muchas de las cuales fueron las mujeres a las que yo seguí con la mirada cuando era una niña que intuía aprendizajes no registrados en ningún libro– llevaron puestos estos mantones, bordaron estos delantales, arroparon a sus hijos en esa frisa que María Moliner define así en su Diccionario de Uso del Español:

Especie de manta fuerte con que se cubren las maragatas desde la cabeza hasta más debajo de la cintura.

Esa frisa con la leyenda “Viva mi dueño” que, como las cintas también casi centenarias que fotografío, se adorna con textos escritos para que quienes las portaran, quienes bailaran con ellas puestas, quienes se cubrieran con tales palabras, fueran sembrando de felicidad el universo. Siempre me ha parecido que esas leyendas hiladas tienen algo del espíritu de las banderas de oración de Nepal, de India, de China, de Japón… Las mujeres se hacen portadoras del texto, una sentencia o un poema o un cariño ofrecido por el enamorado: “Cuando este pájaro vuele te olvidará quien te quiere”. El pájaro es una inocente y preciosa imagen bordada. Una y otra vez, para que no se olvide nunca: Valentía, Valiente… al lado de “Maragato”. Valor: el de las flores, un jardín sobre los hombros, un jardín en el regazo, un jardín donde guardar los escasos dineros. Flores sobre las cabecitas de los recién nacidos, una tela leve adornada para cubrirles la fragilidad. Delicadeza de los pañuelos, algunos de ellos, comprobamos, sin estrenar…

Concha Espina intuyó tales jardines custodiados por la esfinge maragata. Su protagonista se llama así: Florinda, Mariflor. Como aquellas vestales del Mediterráneo de los orígenes, sacrificará su amor humano para perpetuar la vida de los otros. Concha Espina sabía del engaño de tales actitudes, sabía de lo que significa portar una carga que nadie ha preguntado si quieres portar. La resignación, escribía un filósofo tan certero como heterodoxo, es el único pecado porque se paga con la condena eterna. Y así lo cuenta Concha Espina, así queda en el alma el regusto de la amargura y la impotencia cuando acabamos de leer el libro.

Marina y yo tocamos las telas, las extendemos en el suelo, las guardamos, otra vez, en sus baúles. Sabemos que, esa tarde, la habitación está llena de mujeres hilanderas de sabiduría. Decimos mil veces en voz alta el asombro que nos produce, la admiración que por ellas sentimos leyéndolas en tales trabajos, en tales hermosuras, cómo eran capaces de bordar y embellecer la extrema dureza de sus vidas. Alrededor del canto y de los cuentos, en filandones mágicos al “serano” en la calle o en la calidez  de las cocina en el invierno, las niñas aprendían a ser jóvenes, las jóvenes a ser adultas, las adultas imaginaban su rostro cuando llegaran a ser tan ancianas como aquellas ancianas… Cosiendo, hilando, tejiendo misterios. Sin atreverse a ser la que cortaba el hilo-cadena, el tejido-resignación. O, quizás, era precisamente lo contrario: tejedoras de sueños, le dejaban al porvenir el legado de un reflejo que podría haber sido y no fue, en el que otras, después, tendrían que hacerse posibles, tendrían la obligación de convertir en sendero y en ágora y en urna de decisiones y en respuesta. Y en voluntad. Y en abrazo amable. Y en respeto. Con su fuerza, con su valentía, acumulada en el tiempo, guardada para que el porvenir aventase el tesoro, lo hiciera presente.

Concha Espina escribió La esfinge maragata para ti, para mí. Porque lo contrario del olvido es la verdad, y solo la verdad obra convivencias. Cien años después de aquel 1914 de dolor y sinsentido, La esfinge maragata llega, esta tarde del 8 de marzo, como un sutil alegato a favor de la paz y la igualdad. A veces, las palabras hacen extraños viajes, se disfrazan de carnaval como la primavera antes de su llegada, para alcanzar la puerta y abrirla, e invitarnos a pasar, abandonando el temor, al otro lado, donde nos espera, cálida, perfecta, acogedora, nuestra propia habitación. La habitación propia de las mujeres, la que ellas eligen, las que ellas inventan. Las que elegimos, las que inventamos, en las que toda derrota debe arrepentirse antes de entrar…

8 de marzo de 2014

La esfinge maragata, de Concha Espina.

La esfinge maragata, de Concha Espina.

: : El programa de las jornadas

Concha Espina, una mujer de su tiempo
Centenario de la publicación de ‘La esfinge maragata’ (1914-2014)
Jornadas: 13 y 14 de marzo (Astorga)

13 de marzo de 2014

  • 19’00. Inauguración de las Jornadas.
    Breve semblanza de Concha Espina en torno a Astorga, por Martín Martínez (cronista oficial de la ciudad).
  • Concha Espina, homenajeada por Marzo en Femenino. Una mujer de su tiempo para un tiempo de mujeres, por Victorina Alonso, Alcaldesa de Astorga.
  • 19’30. Conferencia a cargo de Rogelio Blanco (editor y escritor). “Ritos de paso en la mujer rural de la época de La esfinge maragata”

14 de marzo de 2014

  • Mañana: Pase de la película “La esfinge maragata” (Bachillerato y/o Secundaria) Comentarios de Anna Caballé sobre las razones que explican el rechazo que sufrió la novela en la ciudad.
  • 18’00. Conferencia a cargo de José Manuel Sutil (archivero de Astorga). “La esfinge maragata. Entre la geografía real y la inventada.”
  • 19’00. Conferencia a cargo de Anna Caballé Masforroll (profesora de la UB, biógrafa y crítica literaria) “El papel de la mujer en el fondo gris de Valdecruces”.
  • 20’00. Intervención de Carmen de la Maza (actriz, nieta de Concha Espina). “Mi recuerdo de la escritora” y lectura de un breve pasaje de La esfinge maragata.
  • Clausura de las Jornadas: Mercedes G. Rojo.

Lugar: Biblioteca Municipal de Astorga (León).
Coordina las Jornadas: Anna Caballé Masforroll.
Moderadora de las sesiones: Mercedes G. Rojo.

Un Comentario

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