Te pensé una cienmilésima de segundo antes de morir

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

Gerda Taro (Gerta Pohorylle), pionera de la fotografía de guerra, compañera profesional y sentimental de Robert Capa (Endre Ernö Friedmann), murió en un hospital de El Escorial el 26 de julio de 1937, durante la Guerra Civil española, tras ser atropellada por un tanque ruso un día antes accidentalmente en la batalla de Brunete. Robert Capa moriría reventado por una mina en la guerra de Indochina el 25 de Mayo de 1954. Jamás la olvidó.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS 

Faltan cinco minutos para las tres de la tarde, piensa Robert mientras hace la penúltima foto de su vida, con la Nikon S cargada con película de color. Al hacer la última, en blanco y negro, disparando la Contax IIa Black Dial, en aquel gran arrozal ubicado a la izquierda de la carretera que conduce a Thahn Né, en Indochina, oyendo silbar las balas de los francotiradores del Viet Minh, se da cuenta que en realidad ya no faltan cinco minutos para nada. El suelo acaba de acorcharse bajo su pierna izquierda y el sonido y el tiempo desaparecen. Su vida les seguirá casi de inmediato, cuando los pulmones se nieguen a beber más aire. Al sentir que el sudor provocado por el asfixiante bochorno se hiela de pronto como un trozo de hielo en una copa un sábado noche y resbala casi arañando la piel aterida del joven cadáver. Sabe que son décimas ya de un segundo lo que resta para empacar y emprender viaje. No es mucho, y ensaya una cámara lenta de vida con artes de tahúr, manteniendo un equilibrio físico y del alma que a él mismo le parece largo, aunque en realidad sea la cienmilésima parte de un minuto. La imagen nítida de la chica de los zapatos de tacón y los labios rojos paseándose por el frente en Brunete durante la Guerra Civil española, despertando jovial el ardor guerrero entre los jóvenes milicianos, con sus Leicas al hombro, un cigarrillo, la boina ladeada, mientras la Legión Cóndor y los fascistas italianos masacran el suelo y el cielo a las afueras de Madrid, llega dulce a sus ojos y hace brotar de sus labios casi amoratados: Gerta… En realidad no sabe si lo dice o sólo lo imagina. Herido de muerte, su pierna deshecha y una profunda zanja de sangre en medio del pecho le traen las noticias que lleva tantos años presintiendo. Se muere. Se muere en el frente, reventado por los odios de otros hombres. Ya le llega el olor de su carne asada a la dinamita y decide prescindir de ese sentido también mientras ve a la muchacha danzando por aquella habitación de la pensión madrileña en que el aroma de Zotal en suspensión se mezcla con el de la combustión de picadura de tabaco y el aliento de ginebra a granel en las bocas de los jóvenes fotógrafos. Robert y Gerda, unidos por el amor y la guerra. Escondidos tras esos nombres inventados por ella para huir del zarpazo del odio en la Europa de entreguerras. Aún conserva en su bolsillo el Zippo abollado y con una calavera que ella le dio. Un comunista norteamericano del Batallón Abraham Linconl se lo había regalado a Gerda poco antes de volar por los aires en Belchite. Ella decía que esa abolladura traía suerte al que lo llevase. Ninguna otra herida se acercaría jamás a la piel de quien encendiese con él sus cigarrillos. Robert jamás iba al frente sin él. Bien cargado de gasolina. Con la mecha y la piedra siempre listas. Ella se lo había regalado unos días antes de aquel fatídico 25 de Julio de 1937, cuando Robert viajó a Paris y encargó a su amigo Ted Allan que cuidase de ella. Gerda, Gerda… cree mascullar en el último soplo de vida mientras ve casi con paz el inmenso arrozal, el fuego cruzado, el bochorno de la tarde que sabe no verá convertirse en noche. Todo parece un escenario hermoso al fin. Me voy en medio de una lluvia de balas y metralla. Agradezco no haber visto a Gerda quebrada como un pelele roto. Ella, que siempre fue tan fuerte, tan irrompible. Mejor recordarla así, erguida en el frente con sus Leicas…

Capa jamás volvió a usar esas cámaras después de aquella guerra en España. Su sólo tacto le parecía una caricia de muerte. Las cámaras ensangrentadas de Gerda se volvieron sagradas e intocables. Aquellos dos satélites perpetuos de los que jamás se despegaba, aunque no hubiese casi película con qué cargarlas en tantas ocasiones. Robert la ve tecleando en su máquina de escribir alguna crónica para acompañar un nuevo lote de fotografías valientes. Tecleando, con el cigarrillo subrayando adjetivos y acentuando verbos. Tecleando, con aquella combinación negra de raso que le daba un aire distinguido y sensual en aquel cosmos proletario. Aquella combinación negra de raso coincidió en el alma malherida de aquel cuerpo moribundo con una nueva esquirla de metralla y con una porción del segundo final de esa vida que llevaba una micro eternidad abandonándose a la nada. Aún la rozó con la punta ensangrentada de sus dedos. Creyó llegar a mancharla un poco de vida mientras ella se iba vaporosa y él se desplomaba en aquella albufera vietnamita mezclándose para siempre con aquel charco de arroz en el medio del infierno. Dos borbotones más y ya. Lo que no es. Lo que no está. Lo que no duele. Unos últimos gritos con sordina y tan lejanos que no merecen su última atención. La última se la lleva el sonido de un cuplé entrando por la ventana de la pensión madrileña claro y fresco en medio de una guerra asiática. El olor a Zotal y a aquella mujer tan guapa saliendo del suelo embarrado. Una noche española de verano con certeza de victoria fumando abrazados. Después… ya no hace falta más aire en aquellos pulmones. Ni tampoco ya la muerte importa demasiado.

  1. Il Pájaro

    Encogido el corazón por este vívido relato. Gracias por llevarnos de la mano con esa maestría a mundos íntimos y eternos.

  2. Tino Morán

    Huele a Zotal y tengo un sabor acre en la garganta…

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