Un mundo y un lenguaje inusitados: Algunos poemas sobre la locura

El Ángel. © Alberto García-Alix

El Ángel. © Fotografía: Alberto García-Alix.

 Aprovechando que en el Musac acoge estos días La Encrucijada de poetas ‘Nombrando el porvenir’ y que el sábado 31 de Mayo —entre las lecturas de David González y Carlos Salcedo y las de Silvia Chica, Abel Aparicio, Xen Rabanal y Vicente Muñoz ÁlvarezAna Curra y César Scappa leerán un ramillete de ‘Los planos de la demolición’ de El Ángel; publicamos un breve estudio de José Antonio Carro Celada sobre los inusitados lenguajes con los que la realidad suele versarse. Ángel o diablo. ‘Los planos de la demolición’ o ‘Poemas del manicomio de Mondragón’ (Leopoldo María Panero). Pero, ¿hay acaso un lenguaje?

Por JOSÉ ANTONIO CARRO CELADA
Desde astorgaredaccion.com

La poesía española está cargada de ‘mansa locura’ expresiva o de locos y apasionados lenguajes que alguna vez tomaron el camino de la desmesura, se entregaron a mecanismos imaginativos que a un profano le suenan a calenturientos. Siempre que la poesía se comprometió con el intimismo, se acercó al complicado mundo psíquico y formuló, mediante paradojas, esa perplejidad que todos llevamos dentro. Ya en este siglo, y coincidiendo con los avances del psicoanálisis, la poesía se revistió de experimentaciones que abrieron la puerta a las vanguardias y tomó direcciones surrealistas, automatistas, etc. Desde ese momento se ensancha el mundo lírico, buscando modos inéditos de discurso, atrevidos simbolismos. El agrandamiento de la materia y su expresividad ha puesto en evidencia la distancia entre el lenguaje poético nuevo, proteico e imaginativo y el ya asimilado y codificado como razonable. Pese a este código inusitado, a las indagaciones solitarias, a la arborescente personalidad que, a veces, asoma a la poesía española de nuestro tiempo, sólo en contadas ocasiones ésta aborda frontalmente la problemática de la locura.

Juan Ramón Jiménez, Gloria Fuertes, Concha Zardoya…

Hay un especial pudor en llevar al mundo poético la realidad de la locura. Siempre se toca con registros paternalistas, dulcificando o sentimentalizando el problema o se manifiestan los comportamientos y desequilibrios con estereotipos líricos. Juan Ramón Jiménez, tan doliente y soledoso, dedica un capítulo de “Platero y yo” al loco, que es él mismo, tal y como los niños de Moguer apodaban al vagabundo estrafalario que paseaba con Platero. Es, sin duda, un trasunto del cabalgador y andariego Don Quijote, el gran loco del que se burla la gente y que, pese a su ‘enajenación’, imparte una concepción idealista de la vida.

No van mucho más allá la mayoría de las alusiones, sólo alusiones, que dedican los poetas a la locura. Se pueden fijar dos actitudes, una compasiva y otra burlona, las mismas que recibe el enfermo don Alonso Quijano. Y ésas son las más repetidas literariamente hasta nuestros días. No falta en la poesía de nuestro siglo una ‘niña loca’, ni una ‘madre loca’ que —como la paloma de Alberti— equivoca o distorsiona la realidad. Por ejemplo en la ‘Canción de la niña loca’ de Gloria Fuertes, la niña cree que se cae la luna, que la luna se come la punta del ciprés: pura escenografía que, sin embargo, ayuda a experimentar un sentimiento de soledad, de vida inconsistente, de desmoronamiento personal. Al igual que cree que se cae la luna, lo que en substancia cree la niña es que se le cae la vida. Toda una estética e ingenua definición de su problema:

“¡Ay, la vida, madre!
¡Cómo pesa su nombre!
¡Ay, que se cae mi vida!
¡Que se me rompe!”

La estampa de ‘La madre loca’ —enloquecida a causa de la muerte de su hijo— se repite más de una vez en la literatura como unasecuela modernista, pero en el poema de Concha Zardoya con una superación del tópico y una especial finura para sugerir el contraste entre la realidad y el deseo, la brutal realidad arrolladora del deseo:

“Buscabas entre ruinas y tristezas
la claridad de un niño,
la pureza de un sueño.
Revolvían tus ojos los escombros
para hallar sus cabellos:
encontrabas espejos”.

Si la niña del poema de Gloria Fuertes se asusta porque se cae la luna, pero acaba reconociendo en ella su propia vida y su desmoronamiento, la madre del poema de Concha Zardoya va buscando la vida del hijo entre las ruinas, las tristezas, los escombros, las raíces, las “viejas calles / comidas por la guerra, / quemadas por el hambre”. La imagen de la madre loca no puede ser más demoledora, su recorrido obsesivo por reencontrar vivo a su hijo —su forma de reencontrarse también— no le produce más que decepciones, equivocaciones, puros reflejos, espejos, espejismos:

“Si buscabas, buscabas el retrato
de aquel tu niño muerto
en un niñito vivo.
Pistas falsas, a veces, te llevaban
a la orilla del río.
¡Oh, mentira del agua!”.

Y hasta en su trayecto de búsqueda le hacen ‘muecas tristes’ las ventanas, las puertas rechinan ‘histéricas’ y vaga y flota y no le quedan lágrimas. Ha descrito todo el desolado mundo que le cerca, su propia e inconsistente realidad, reflejada en su vagar flotante.

Rafael Morales, Carlos Edmundo de Ory

Con otra densidad poética y valiéndose de los contrastes, Rafael Morales escribe en su libro ‘Los desterrados’ un poema a los locos. Destaca, en una simbólica contraposición, por un lado su «inmensidad y poderío»,  «cual soberbias llamas, / amenazando al cielo con su brío», y por otro los ve como «harapos ardientes y violentos», «pobres guiñapos»,  pues lo mismo «van raudos, tenaces, sin destino» que «tranquilos, misteriosos, / llenos de humilde  pena  de grandeza». Estas cualidades descriptivas —contradictorias— de su comportamiento, arrancan en la voz del poeta esta visión concentrada de menesterosidad, pero también de predilección divina:

“¡Ay, pobres locos del amor, de anhelo,
de la nada simiente y alimento,
mitad tierra sin nadie, mitad cielo,
carne de Dios en la mitad del viento!”.

El mismo Morales en otro poema se refiere a estos enfermos cuyo dolor, corazón y mirada parecen vaciados de esperanza:

“Un dolor en su cuerpo que ni siquiera duele;
un corazón, un nido donde nunca hubo un ave,
y sus ojos, que miran torpemente las flores,
son dos pájaros muertos de tristeza en el aire”.

Otros poetas ofrecen chispazos de aproximación al mundo de la demencia y ensayan un juego, entre literario y experimental.  Llegan a decir, como Carlos Edmundo de Ory, que “la locura es una hoja de papel / con una mancha en su virginidad”  donde el parecido con la greguería —“escuchando cantar a los locos en mi infancia lo extraño se me hizo familiar”— no supone incomprensión hacia este mundo extraviado; al contrario, el poeta reconoce sus propios latigazos, en una muestra onírica muy de su gusto:

“Y cuando en mí una loca risa rompe
las tablas de la ley mental, entonces
comprendo que ha saltado la cuerda
de mi ser y respiro carbono”.

Entramos ahora ya no en una valoración del problema ajeno sino de las asechanzas propias guardadas bajo la llave pudorosa del símbolo. Son frecuentes los recursos a la personalidad escindida, al espejo, a la máscara, al desconocimiento de uno mismo, a la carencia de identidad, al desdoblamiento. Muchas imágenes literarias empleadas y difundidas por grandes poetas sin esta pretensión —el caso de Antonio Machado con su “busca en tu espejo al otro”— son reutilizadas y reivindicadas para describir el fenómeno de la enajenación y de la dualidad. También Concha Zardoya se refería en el poema mencionado a los ‘espejos’ de la realidad, a las pistas falsas que conducían “a la orilla del río” (otro espejo) que se convierte en la “mentira del agua”.

Alfonso Costrafreda

De un modo personal, Alfonso Costafreda, excelente poeta que puso fin a su vida en 1974, descubría ese factor espejeante, tal y como se refleja en toda su obra, donde la propia identidad, la soledad, la pesadilla ocupa buena parte de sus poemas, convertidos en espejo de su propia vida y tal vez en espejo del rostro del lector:

“Apuntes de una vida, indicios
de otra, si alguien me lee acaso
en este espejo torpe
verás su propio rostro”.

Cuenta el prólogo de su ‘Poesía completa’, escrito por Pere Rovira, que Costafreda se supo siempre con vocación de marginalidad y “quiso con la poesía borrar el sinsentido de la existencia, pero no halló respuesta, y en la cruda exposición de su derrota encontró, sarcásticamente, el triunfo de la autenticidad”. Esta elección de la poesía como confidente, como psiquiatra salvador, le lleva al intento de superar, con la escritura, la pesadumbre, el mar de sombras y conquistar la claridad, el sentido de la vida. En esta personalísima ‘ars poética’ explica el porqué de sus versos:

“Todo es inevitable. Ahogando la luz surge,
poderosa y tenaz, la pesadilla.
En el cuerpo ligero late la pesadumbre:
un mar de sombras se desborda de la orilla inmortal a nuestra orilla.
Pero versos escribo en busca de claridades.
Y en la fe de mi verso sabiendo, sin vacilar afirmo
el absoluto sentido de la vida
en una tierra sin sentido”.

Otro de sus poemas representativos es ‘No sé quién soy’ y se plantea el problema de la identidad. Comienza con un asedio verbal en primera persona, pero proyectado en un tú, cuyo descubrimiento puede alumbrar quizá su identidad:

“Insistiré, insisto,
te interrogo, te pierdo
y te vuelvo a encontrar,
huésped de mis palabras, reflejo
de la interrogación.
Mas nunca cesaré mi asedio
hasta descubrir quién eres;
quizás descubrir quién soy”.

Demanda angustioso, en otro lugar, la acogida de los demás, la comprensión, la compañía, porque «la soledad es el amor sin dueño, / un camino que conduce al aire».

Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero es, sin embargo, el que ha entregado toda su obra a explicar y explicarse la locura. Poeta marginal donde los haya, perteneciente a la “Generación de los 70”, huye sistemáticamente de las cadencias usuales de la lírica —no porque las desconozca, ya que su poesía está llena de referencias literarias y de desdoblamientos culturales— y se proyecta en un lenguaje discursivo, anunciador de “la catástrofe de la realidad, / de la que la locura es la representación cabal”. Sus poemas están cuajados de excesos, de crudo exceso y no constituyen tanto una provocación —que también— cuanto el síntoma de un mundo en el que, como dice Jenaro Talens, responsable de la edición de la antología ‘Agujero llamado Nevermore’, “nunca hubo un paraíso”.

poemas panero

Portada del libro.

Internado sucesivamente en diversos centros psiquiátricos, Leopoldo María Panero ha ido decantando su obra hacia el tema de la locura, los locos y su desvalimiento. Ya en “Teoría”, en “Narciso en el acorde último de las flautas” y en “Dioscuros”, pero sobre todo en “Poemas del manicomio de Mondragón”, en “Aviso a los civilizados”, donde escribe en prosa contra la psiquiatría, o en “Piedra negra o del temblar” el tema es recurrente. Preparó y prologó también una antología de textos de internos de Mondragón que apareció con el título de “Globo Rojo”, nombre tomado de la revista de aquel centro.

“Dos atletas saltan de un lado a otro de mí
lanzando gritos y bromeando acerca de la vida;
y no sé sus nombres. Y en mi alma vacía escucho siempre
cómo se balancean los trapecios. Dos
atletas saltan de un lado a otro de mi alma
contentos de que esté tan vacía”.

Toda una constatación de sus conflictos de identidad y de cómo —tal como escribe en “Dióscuros” “ser dos es todo”— se siente

“…un hombre perdido
para siempre al fondo de los hombres
extranjero en el mundo, un extraño en su cuerpo,
una interrogación tan sólo…”

Esta extranjería en el mundo le descubre su pérdida en el camino de la vida, le lleva a reclamar a los hombres ayuda para clarificar su identidad. Es una llamada de auxilio, una demanda de comprensión en la que se interfiere el interrogante de la muerte. De esta manera expresa el desconocimiento de sí en “Last river together”:

“Si no es ahora, ¿cuándo moriré?
Si no es ahora que me he perdido en medio
del camino de mi vida, y voy
preguntando a los hombres quién soy, y
para qué mi nombre, si no es ahora
¿cuándo moriré?”.

 Y sin embargo el poeta ya se ha atrevido a definir su locura, su internamiento, como una muerte:

“Somos los muertos como enfermos
y el cementerio el hospital
para jugar aquí a los médicos
sábana blanca y bisturí
y tantos hombres como lechos
para soñar: y son tan blancos esos huesos
padre tan blancos: como soñar.
…Padre, estoy muerto, no estoy solo
padre, estoy muerto, tengo amigos
con quien jugar”.

Pero quién es el culpable de este “esperpento”, se pregunta Leopoldo. Y se encara y trata de convencer a la gente que pasa ante la puerta del jardín del hospital de que no se debe a ninguna voluntad sagrada sino al azar. Parece como si tratara de ganar la comprensión de los que cruzan por su vida:

“Hombre normal que por un momento
cruzas tu vida con la del esperpento
has de saber que no fue por matar al pelícano
sino por nada por lo que yazgo aquí entro otros sepulcros
y que a nada sino al azar y a ninguna voluntad sagrada
de demonio o de dios debo mi ruina”

Son tantos los poemas y tan intensa la forma de expresar su psiquismo que la producción de Leopoldo María Panero parece materia poética para un historial clínico, duros alegatos subversivos que, a veces, se disuelven en un desarmado desvalimiento. Sobre su malditismo, radicalidad, incomprensibilidad y toda la galería de símbolos (espejos, máscaras, monstruos) y uso de tabúes con que se entreteje y enmaraña su discurso poético, ha escrito el profesor Tua Blesa el valioso estudio: ‘Leopoldo María Panero, el último poeta’.

Portada de "Los planos de la demolición", de El Ángel.

Portada de “Los planos de la demolición”, de El Ángel.

El Ángel

Menos discursiva y más narrativa es la poesía de El Ángel, un compositor de canciones urbanas, nacido en Madrid hace 54 años, colaborador de “El Canto de la Tripulación”y “El Europeo”, que ni siquiera siente la vanidad de firmar con sus apellidos “Los planos de la demolición”  y se contenta con el nombre que le dan sus amigos. Se trata de un poeta interesante, un contador eficaz que ha dibujado narrativamente los planos de su propio desmoronamiento y el de sus “colegas”, por quienes entona un réquiem nombrándoles uno a uno por sus aficiones y manías:

“Por aquellos hospitales donde me encerraron en su día por todos mis locos compadres que siguen allí todavía
¡…Réquiem!
¡Réquiemm al infinitum!”.

El mundo de la droga, la marginación callejera, todo lo que acaba siendo carne de prisión, de sanatorio o de psiquiatra está presente en este libro provocador y testimonial de ese mundo y sus comportamientos. El terror al confinamiento en un hospital le produce un deseo incontrolado de “saltar al vacío” y huir, aunque sea con un tobillo roto, para ganar una sonrisa y la libertad del aire. El poema “Psiquiatría (segundo piso)”, tras enunciar una situación agobiante —”zumba, caóticas, fauna”— se concentra en tres interrogantes acerca del lugar, de que le han traído y de dónde está la salida. La salida si no es la solución, es al menos el deseo más vehemente:

“Me zumba la cabeza
hay tubitos de plástico transparente cayendo a mi alrededor como caóticas
enredaderas
todos terminan insertándose en mis venas
¿Dónde estoy?
¿Dónde me han traído?
¿Dónde coño está la salida?
Una fauna increíble me rodea…”

La conquista de la libertad a veces resulta efímera, por eso se rebela contra las presiones de la ‘luna llena’ y prefiere elegir el largo método de la locura y dejarse llevar por ella, como único refugio de alegría, tal vez como única forma condicionada de libertad:

“La luna llena no me atrapará esta noche entre sus redes y las flores
que se marchitan sobre mi mesa seguirán despidiendo su fragancia
gloriosamente efímera junto a los ladrillos de los cuatro muros
que encierran mi libertad y los interminables escalones que nunca
debí subir para arrojarme despreocupadamente al vacío.
Aprender el método de la locura requiere años de agonía e impaciencia.
Dejarme llevar por la locura es la única alegría que me queda”.

Otro de los poemas recurre a una imagen —”internado” igual a “muerte2— muy utilizada por L. M. Panero. Sofocado por ese subterráneo de soledad, desconfía de su contexto real y piensa que ya no es posible pedir ayuda. Busca en sus deseos de liberación un lugar donde estar mejor que muerto:“¿Estoy realmente solo?

¿Estoy siquiera despierto?
He olvidado mi pasado
no puedo pensar en nada
el tiempo pasa y se oscurece pero se hizo tarde para pedir ayuda a nadie
se hizo tarde ya para volver atrás…
… Descubrí que me gusta ver las cosas desde lejos y sé de un lugar
donde voy a estar mejor que muerto”.

Por muy radical que resulte este lenguaje y por muy extraviadas que parezcan estas entonaciones poéticas, son más que un grito personal un clamor que, subrayando la soledad, reclama acompañamiento, acogida e integración. No pueden seguir siendo estos enfermos “como un perro apedreado”. Hay que borrarlos de la lista negra para “que Dios se encuentre a gusto si baja”.

El Ángel.

El Ángel.

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“Nombrando el porvenir. Encrucijada de poetas”
PROGRAMA COMPLETO y noticias relacionadas AQUÍ

  1. Gracias a Eloy J. Rubio por rescatar este pequeño estudio de José Antonio Carro Celada.

  2. Reblogueó esto en poesia salvaxey comentado:
    Aquí no hay lugar para la cordura del necio, LA QUE EL PODER ejerce y propaga, aquí nos ponemos en pelotas ante la lujuria de la nada, solo nos fumamos sin tregua las mondas del alma, y caemos en la cuenta del vacío con una mano delante y otra en el ojal de los espejos,
    Ir y venir, siguiendo el tic tac de los ojos de un animal vacuno. Ir y venir, por la infame corredor de la muerte siempre tan concurrido, PRECIOSOS ALMACENES a ambos lados, sonrisas carnosas, y yo con el inútil nombre de mi dolor todo el puto día mentido entre las uñas.
    No, aquí no hay lugar porque esta el Otro, el Otro, el Otro, el que nos precede, y tu, por rentabilidad e higiene, ya te has ido.

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