Envío 15 (saxofón, Maizena, la Bolsa…)

© Fotografía de Julia D. Velázquez.

© Fotografía de Julia D. Velázquez.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ 

El músico viejo, avergonzado de su oficio, lleva el saxofón envuelto en un fardel, imitando así la forma de un jamón. Me dio razones y argumentos: prefiere fingir una señal de abundancia antes que mostrar el maletín equívoco. “Al músico aquí se le mira –me dijo– con cierta lástima, con una punta de desprecio”.

Los provincianos profundos suelen pertenecer a dos especies opuestas y complementarias. Hay quien se ve de paseo por los bulevares parisinos, se relaciona de cerca con los amigos surrealistas, aspira desde su rincón a la música de Nueva York. Otros ahondan, escarban la postilla provinciana: dialecto cerrado, cofradía, cecina de Dios nos libre, bar con vergajo.

Otra figura de la memoria comunal es el hombre que lleva un embudo por sombrero. Se le vio en los cuadros de El Bosco, y en las viñetas del tebeo. ¿Y en plena calle? ¿Alguna vez fue visto por alguien en la calle?

Yo sigo viviendo en la ciudad en la que nací; no sólo eso, sino que, desde hace años, cada tanto he de pasar delante de la casa natal, abandonada en la adolescencia. Nunca vi a nadie asomado a las ventanas (la del comedor barnizado, la de la salita, con la luz de sus cortinas de cretona, la del dormitorio, donde casi me matan unas tifoideas infantiles: he vuelvo mil veces a esos huecos, como soñador); tampoco abriendo o cerrando la puerta de la calle (es una casa de dos pisos), puerta que conserva el mismo pomo que yo oprimía en la otra vida. Muchas veces he tenido la tentación de llamar y presentarme a los habitantes: ¿cómo me presentaría?, ¿cómo un vendedor, un revenant, un reencarnado que recuerda sus vidas pasadas? Nunca lo hice.

Y el otro día, por primera vez en tanto tiempo y tantos bucles de la imagen (memoria, nostalgia, miedo, qué sé yo) vi a una mujer y a un niño en el portal abierto de la casa. Y eran, en una rápida ojeada, gente antigua (es una casa pobre en el barrio muy reformado), me parecieron conocidos, familiares (se contagiaron de lo fantasmático que bulle en mi memoria), hubo reconocimiento.

Tal vez en ese portal me espere un poema: Gente antigua abriendo la puerta de la casa natal…

(Y aquí ha entrado a saco todo el imaginario privado, del que tanto recelaba Barthes).

Una mujer madura, salerosa, va contando a su amiga con acento andaluz el éxito de una receta suya de cocina: Que si llevaría harina, que si Maizena…¡y todo está en el meneo! Y se reía con ganas.

Entro en un bar a la hora del café: altavoz del telediario: macros, la Bolsa, se oye hablar de “un banco malo”, índices. A continuación hay una noticia sobre el tráfico de órganos humanos; una voz sin cara anuncia: vendo un trozo de hígado y un riñón por…

Dos o tres clientes ante la tacita de café, sin decir palabra, con la cabeza alzada, miran a la pantalla. (Cuaderno de la crisis)

Son los enigmas de la historia local. En un libro de kiosco se nos cuenta que el alquimista Nicolás Flamel, en el siglo XIV hizo el camino de Santiago y al llegar a León, enfermó. El posadero le trae un médico, Maese Canches, judío converso. Y este leonés, rabí, hebreo que pudo haber vivido en el Torreón de la Plaza de Don Gutierre, resultó ser un sabio cabalista que le entrega al francés el secreto de la alquimia. ¿Lo sabías?

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