El ritual de las plazas

Actuación de Gorka Ganso en la plaza de Urones de Castroponce (Valladolid), en el marco del FETAL. © Fotografía: Trinidad Osorio.

Actuación de Gorka Ganso en la plaza de Urones de Castroponce (Valladolid), en el marco del FETAL. © Fotografía: Trinidad Osorio.

Por MAGDALENA ALEJO

Estos días en los pueblos se asiste a representaciones, las calles y plazas se llenan de gentes con motivo de las fiestas, de festivales y jornadas culturales. Excusas para juntar alrededor de la plaza del pueblo, en la mayoría de los casos, a vecinos foráneos y veraneantes, turistas e inquietos usuarios culturales ante el célebre acto del ocio veraniego.

Teatro, música, danza y cine llenan las noches y tardes de municipios que acogen el arte de la actuación, de la diversión y entretenimiento; se aplaude el trabajo de los cómicos que llegan una vez más hasta sus localidades a dejar sonrisas, sensibilidades, pensamientos y alguna que otra fantasía en la retina del público que observa el espectáculo.

Estos días, más que nunca, los artistas van con su oficio nómada buscándose la vida.

Se cambia el foco por la farola, el escenario por el adoquinado de la plaza, la butaca por la silla particular, el peine del teatro por el cielo y el aplauso… eso no cambia, de momento.

Festivales históricos, propuestas nuevas, jornadas humildes, todos ellos intentan presentar una cultura, un punto de encuentro que crea vecindad. No solo se trata de ver artes escénicas sino de compartir el momento de encontrarse en el espacio abierto que crea comunidad, por pequeña que sea. Asistimos a un ritual, el de compartir alrededor de un círculo un hecho, en este caso cultural y artístico.

Aparece, en ocasiones, la incertidumbre en la farándula cuando llega a una población de pocos habitantes a la hora en la que la gente echa la siesta. No hay más que la calorina asomada a la esquina viendo cómo montan el tenderete teatral, y muchos son los que piensan: ¿vendrá alguien a vernos? Cuando el sol se esconde, aparece el aire rondando la plaza, y con él la frescura y la gente, aseada, cenada o con el bocata de la mano se acerca a disfrutar de lo que allí suceda. Es un momento de alivio en los artistas —tendrán público—, mucha mierda, y que comience el ritual de convivencia.

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