Integrar la ciencia en la vida

Portada libro. Alfredo Marcos.

Portada libro. Alfredo Marcos.

 ALFREDO MARCOS
“Ciencia y acción. Una filosofía práctica de la ciencia”
México: Fondo de Cultura Económica, 2010

Por JOSÉ MANUEL CARRIZO
astorgaredaccion.com

“Ciencia y acción”, el último libro del filósofo leonés Alfredo Marcos, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid, propone un nuevo tipo de razón para el conocimiento científico: una razón práctica de carácter prudencial, apicable a todos los contextos de la ciencia. Publicado en 2010, este libro, claro y sencillo en sus contenidos, cuenta con muchos aspectos interesantes, entre ellos, las soluciones que se aportan a los dos problemas más importantes hoy de la filosofía de la ciencia: el problema de la racionalidad y el problema del realismo.

A principios de la segunda mitad del siglo pasado, Popper y Kuhn cambiaron profundamente la filosofía de la ciencia. Con ellos, la imagen neopositivista de la ciencia como un mero conjunto de proposiciones es cuestionada y reemplazada por otra que la presenta como un conjunto de acciones humanas. Pero esta nueva imagen, al vincular la ciencia con la vida humana, deja en entredicho su objetividad y racionalidad, abriendo la puerta al relativismo y al irracionalismo.

Es en este contexto, que ya no es el de la modernidad sino el de la postmodernidad, en el que Alfredo Marcos, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid, sitúa su reflexión sobre el conocimiento científico. Su proyecto es ampliar el ámbito de reflexión de la filosofía de la ciencia y pensar otros contextos, no solo el de justificación, con el objetivo de conseguir una comprensión de la ciencia como un conocimiento enraizado en la vida humana y a la vez objetivo y racional. El primer esbozo de este proyecto, que comenzó a fraguarse hace mucho tiempo, antes del siglo XXI, lo hizo público en forma de libro en el año 2000 con el título de “Hacia una filosofía de la ciencia amplia”. Pero el resultado final aparece en este libro, publicado en el 2010.

En “Ciencia y acción” propone un nuevo tipo de razón para la ciencia: una razón práctica. De lo que se trata es de sustituir la razón algorítmica, recluida en el contexto de justificación, por una razón práctica, aplicable a todos los contextos de la ciencia. Es una razón práctica de carácter prudencial, que, a través del falibilismo de Peirce y Popper, va a encontrar en los textos de Aristóteles, pero, curiosamente, no en los que se ocupan de la ciencia, sino en aquellos otros de contenido práctico.

Con este nuevo tipo de razón logra integrar la ciencia en la vida humana y a la vez preservar su carácter racional y objetivo, superando de esta manera el cientificismo, según el cual la ciencia es el único conocimiento racional y absolutamente cierto, pero sin caer en el relativismo, que la sitúa en el mismo nivel de validez cognoscitiva que a cualquier otro conocimiento, ni rendirse al irracionalismo, que la concibe como el resultado de la arbitrariedad, el capricho o las modas. Posteriormente, ha publicado otras obras, como Paths of Creation, Creativity in Science and Art (2011) y Postmodern Aristotle (2012), que desarrollan algunos de los temas más importantes que se tratan en este libro.

Fotografía: Ranomman Palmero

Fotografía: Ranomman Palmero

10 capítulos

Alfredo Marcos ha estructurado esta obra en 10 capítulos agrupados en dos partes. La primera parte contiene los 5 primeros capítulos, y la segunda, los 5 siguientes. Estos capítulos, por un lado, están interconectados, formando parte de un mismo argumento, y, por otro, cada uno de ellos goza de una cierta independencia, que permite ser leído de manera aislada.

En la primera parte elabora las bases históricas y filosóficas de una filosofía de la ciencia ampliada, que se ocupa de los diversos contextos de la ciencia que se descubren cuando esta misma ciencia deja de ser concebida solo como un conjunto de enunciados, tales como “la fuerza es igual a la masa por la aceleración”, y pasa a ser entendida como un conjunto de acciones humanas, entre las cuales se halla esta misma acción lingüística de formular enunciados, junto con otras, como la de intentar aplicaciones tecnológicas de los resultados científicos.

Y en la segunda parte, explora algunos de esos contextos, distintos del contexto de justificación, aplicando esas ideas abstractas enunciadas en la primera, lo que permitirá ver cómo funcionan en los casos concretos.

Comienza la primera parte, en el capítulo I, revisando el proceso de reducción de la racionalidad de la ciencia a la racionalidad algorítmica. Esta revisión desvela que tal proceso se fundamentó en la creencia de que solo esta razón conduce a un conocimiento cierto y que no se inició con el neopositivismo, sino que finalizó con él, como el último intento por salvar la idea de razón como certeza. También muestra que fueron Popper y Kuhn quienes descubrieron que la racionalidad de la ciencia ni es algorítmica ni asegura la verdad. Pero estos filósofos, al alejarnos de la racionalidad algorítmica, nos ponen en peligro de caer en el irracionalismo y en el relativismo. Por ello, la misión de la filosofía actual es cómo liberarse de la razón algorítmica sin caer en el irracionalismo ni en el relativismo. Alfredo Marcos pretende cumplir esta misión proponiendo un nuevo tipo de razón: una razón que es práctica y que renuncia a la certeza.

El capítulo II se centra en  la autonomía de la ciencia, de la cual se dice que fue, junto a la certeza, una de las aspiraciones de la modernidad, y que, si bien no se ha logrado una ciencia cierta, sí se ha consiguió una ciencia autónoma; pero este logro condujo al cientificismo, el cual provocó la reacción de la anticiencia. Entonces, el problema es cómo integrar a la ciencia en el conjunto del saber y en el conjunto de la vida humana sin que pierda su legítima autonomía. Se busca la solución en un término medio entre el cientificismo y la anticiencia, y para dar con este término medio se va a echar mano de dos de los proyectos más serios de integración de la ciencia en la vida humana, como son el de Evandro Agazzi y el de Jürgen Habermas, que se caracterizan por la utilización de una perspectiva sistémica.

A continuación se ocupa de los dos problemas centrales de la filosofía de la ciencia actual, el problema de la racionalidad y el problema del realismo, que se encuentran en el capítulo III y en el capítulo IV respectivamente.

Fotografía: Ranomman Palmero

Fotografía: Ranomman Palmero

En cuanto a la racionalidad, al cuestionarse la racionalidad de la ciencia como racionalidad algorítmica, surge el problema de si hay que resignarse a que la ciencia sea un conocimiento irracional o si es posible en ella otro tipo de racionalidad. El autor se decanta por la solución de que es posible una racionalidad diferente, y se pone a buscar esta racionalidad, que la encuentra en la noción aristotélica de prudencia. Se trata de la razón prudencial, una razón que es de tipo práctico, aplicable no solo al contexto de justificación sino también a otros contextos, y que renuncia al ideal de certeza. Y respecto al realismo, esta racionalidad prudencial posibilita el descubrimiento creativo de la verdad de la ciencia. Así, la ciencia, aunque ya no busca la certeza, sí busca la verdad, pero una verdad práctica, inspirada en la verdad práctica de Aristóteles, que salva a un tiempo su aspecto realista y su aspecto constructivo, sin que tales aspectos se amenacen mutuamente: la ciencia a la vez que crea se ajusta a la realidad.

Finalmente, con la reflexión del capítulo V sobre si es posible un conocimiento científico de lo individual, se remata la primera parte. Se resuelve que sí es posible una ciencia de lo individual, y que dicha ciencia se puede encontrar en la obra de Aristóteles, donde, si bien hay muchos textos que nos hablan de que la ciencia es de lo universal, también hay otros que apuntan hacia la posibilidad de una ciencia de lo individual. Así, por un lado, se vincula la ciencia y la vida, remediando el malestar cultural contra la ciencia, generado por la escisión entre la una y la otra que ha introducido esa larga tradición que establece que la ciencia es de lo universal, y por otro, responde ante el tribunal de la verdad, de la verdad práctica.

El capítulo VI inicia la segunda parte con una reflexión sobre la comunicación de la ciencia, la cual se ubica en el contexto de educación, y este contexto a su vez en una filosofía de la ciencia ampliada. Puesto que el desarrollo de la tecnociencia no está predeterminado, hay que establecer políticas tecnocientíficas que representen la voluntad de los ciudadanos, para lo cual  la ciudadanía debe estar bien informada sobre las cuestiones tecnocientíficas y los científicos y tecnólogos han de saber lo que quieren los ciudadanos. Esto se consigue con una buena comunicación de la ciencia, la cual requiere un equilibrio entre el sistema político y el sistema tecnocientífico, y ese equilibrio viene dado por la razón prudencial.

El siguiente asunto, el del capítulo VII, es de las relaciones entre la ciencia y la política. Estas relaciones han de estar reguladas por los principios de precaución y de responsabilidad, dos principios prácticos de naturaleza prudencial, cuyo origen es la conciencia de que el conocimiento científico es incierto y falible. Con estos principios se busca un equilibrio entre el sistema de la ciencia y el sistema de la política, que se consigue, cuando en el momento de tomar decisiones políticas, las opiniones de los científicos no son las únicas que se consideran, aunque su consideración tiene más peso, por ejemplo, que las de los adivinos. El principio de precaución se ha aplicado a dos de los problemas ambientales más preocupantes, la disminución de la capa de ozono y el cambio climático.

Fotografía: Ranomman Palmero

Fotografía: Ranomman Palmero

 El capítulo VIII está dedicado a la investigación clínica, la cual se inscribe en el marco de relaciones entre los estudios CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) y la bioética. Los estudios CTS no solo han de ser unos estudios descriptivos sino también normativos. Cuando se trata de las ciencias biomédicas y de la biotecnología, la bioética establece cómo deben de ser las relaciones de estos subsistemas con los otros subsistemas sociales, y, en el caso concreto de la investigación clínica, ejerce, través de los comités éticos, formados por distintos profesionales, incluso legos, un control ético de dicha investigación, que permite preservar la dignidad y la libertad de los seres humanos sin ahogar la autonomía del investigador.

Para el capítulo IX se reserva la filosofía de la informática, un área reciente, que  tendrá sentido en la medida que ayude al desarrollo de la informática, lo cual solo será posible si la reflexión filosófica sobre esta disciplina se da en un diálogo entre los filósofos y los informáticos. Para resolver los problemas que surgen de esta reflexión, cuya mayor parte tienen que ver con la identidad de la informática, se ha de acudir a las concepciones de la ciencia de la tradición filosófica, como la concepción aristotélica, pues la clasificación que hace Aristóteles de las ciencias puede servir para ver las relaciones que hay entre esta disciplina y las demás.

La creatividad científica, que aparece en capítulo X, el último, cierra esta segunda parte, y con ello, el libro. El pensar la ciencia como acción humana permite también ver que la ciencia es una actividad creativa. De esta manera, la filosofía de la ciencia, si quiere obtener una comprensión total de la ciencia, además de una ética y una política de la ciencia, ha de incluir una poética, que reflexiona la actividad creativa de la ciencia. Esta disciplina se fija en la metáfora, que es el máximo exponente de la creatividad, y descubre que está presente en el lenguaje de todas las ciencias. Pero si este lenguaje está plagado de metáforas y no es literal, entonces cabe preguntarse si es posible mantener una concepción realista y racional de la ciencia. La respuesta es que sí es posible, pues las metáforas en ciencia pueden ser verdaderas o falsas, de modo que el elegir unas u otras no es una cuestión de intereses o de gustos, sino un ejercicio racional de búsqueda de la verdad.

Este libro tiene muchos aspectos que lo hacen valioso. Aquí solo se destacarán tres. Uno de ellos es la claridad y la sencillez con las que están expuestos sus contenidos, lo cual hace que su lectura sea fácil, incluso amena. Otro, quizá el más importante, hace referencia al funcionamiento de las ideas abstractas enunciadas en la primera parte cuando se aplican a los casos concretos. Se puede ver cómo la razón prudencial y la verdad práctica, las soluciones que se proponen en la primera parte a los dos problemas más importantes hoy de la filosofía de la ciencia, el problema de la racionalidad y el problema del realismo, surgidos de la contemplación del conocimiento científico como un conjunto de actividades, al aplicarse en la segunda, no solo al contexto de justificación, sino también a otros contextos, como el de comunicación o el de descubrimiento, funcionan adecuadamente, esto es, que, por ejemplo, la actividad científica de descubrir puede muy bien ser regulada por una razón prudencial y conducir al descubrimiento de la verdad, de la verdad práctica. El tercer aspecto tiene que ver con Aristóteles. Este libro demuestra que leer y estudiar aún hoy un filósofo antiguo como Aristóteles tiene sentido, puede ser provechoso, porque se ha visto que en él se encuentran claves para solucionar problemas actuales, como los relacionados con la ciencia que se plantean en la postmodernidad.

 

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