“Lurrean etzanda”, Ruper Ordorika. Versos vascos de rock

Portada del disco.

Portada del disco.

Tras tres años sin material nuevo de Ruper Ordorika, el músico vasco regresa en su mejor versión, donde la sobriedad y la emotividad conviven en perfecta sintonía para formar un conjunto de canciones que miran hacia la luz de la vida.

Por KEPA ARBIZU

El público que se acerca a la música rock, por norma general, acepta sin ningún tipo de cortapisa disfrutar de ella mayormente en inglés, por poca idea que se tenga de dicho idioma e incluso sin que ésta sea la lengua vernácula del propio intérprete. Esa superación lingüística, aunque es cierto que se sustenta mucho en la tradición, no parece tener una representación tan obvia con otro tipo de idiomas, que incluso quedan mucho más cerca. Sólo esa “realidad” puede explicar que alguien como Ruper Ordorika no tenga un mayor, y mejor, reconocimiento fuera de las fronteras vascas.

En la figura del músico de Oñati conviven, y son principalmente las que perfilan su forma artística, las inquietudes literarias, no obstante formó parte del movimiento/grupo de vanguardia en ese ámbito como fue Pott (por allí estaban también Juaristi, Atxaga o Sarrionandia); el evidente influjo de la canción/cultura tradicional vasca y la influencia del rock clásico. Toda esa amalgama de sensibilidades le convierten en un creador singular, donde música y letras trabajan en un campo común.

“Lurrean etzanda” es la primera colección de canciones originales desde “Hodeien azpian”, en el 2011, en medio publicó un disco como “Azukre koxkorrak”, una curiosa revisión de temas ajenos. Si hace tres años se presentaba “bajo las nubes”, ahora nos lo encontramos “tumbado en el suelo”, un acercamiento a tierra firme que logra, al contrario que en el citado pasado trabajo donde sonaba algo más plano en relación al actual, una tonalidad más variada, más viva e incluso en lo instrumental más rico, donde las guitarras toman mayor presencia y más contundente, elemento este importante a lo largo del álbum. Sensaciones todas ellas inducidas, en parte, por una grabación analógica y realizada prácticamente en directo.

Como ya es norma habitual en Ordorika, se hace acompañar en estudio de músicos extranjeros, en este caso una banda formada por Leo Abrahams, Simon Edwards y Kenny Wollesen. Todos ellos dan forma a un trabajo en el que palpita en sus memorables textos, norma común en el autor pero que no dejan de asombrar, una idea común como es la de acercarse a la vida con una actitud más luminosa, encontrando, o intentándolo por lo menos, los espacios de felicidad posibles, apoyados en las cosas /personas que nos permiten ese camino.

Ya desde el inicio, con “Giltz-gordea”, se hace patente ese papel primordial que tiene la instrumentación, que si bien es orgánica y sin alardes se presenta de forma rotunda, en este caso en un medio tiempo habitual del músico vasco en el que se dan la mano la sobriedad y lo evocativo. Todavía ese papel acompañante toma más presencia, principalmente en la distorsión de sus guitarras, en temas como “Bizitza eder denean”, más incisiva y con ritmos, aunque pueda sonar extraño cuando hablamos de Ordorika, entre el funk y el hard rock, siempre envueltos eso sí en su típica elegancia y sin estridencias, o en la más melódica y pegadiza “Euria atergabe”.

La presencia hasta ahora comentada de la banda, también va a tener derivaciones en otro sentido, en este caso podríamos hablar de una búsqueda de lo ambiental, ya sea en un tono casi litúrgico y por momentos recitativo, como es en la adaptación del poema de Dionisio Cañas aquí traducido a “Zerutik gertu ez da ondo egoten”, en los leves toques jazzísticos que asoman en “Liluraren ondotik” o en la bellísima y frágil “Itzala”. Aunque la influencia del sonido americano es palpable casi en todo momento en los modos del intérprete, su manifestación más palpable llega en la (también bajo un trabajo instrumental sorprendente y genial) melancolía de “Ordu txiki horietan” o en la más country, con su típico paso rítmico, “Egia da”. “Isidrorena”, que cierra el álbum, mezcla ese influjo de las raíces norteamericanas con una forma de entonar y de cantar que remite a la tradición vasca.

“Lurrean etzanda” es un canto a la, en apariencia quizás no demasiado atractiva pero aquí presentada con un excitante poder poético, virtud de saber mirar (o atrapar, e incluso actualizar el recuerdo) hacia la parte optimista de nuestras vivencias. Para ello Ruper Ordorika recupera, si es que en algún momento lo perdió, el pulso musical en su expresión más pura y a la vez trabajada de su estilo, en el que esa aparente sencillez para dotar a la sobriedad de emotividad, se convierte en su gran logro.

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  • Nota: En la página web de Ruper Ordorika se pueden leer los versos de este disco traducidos al castellano y al francés.

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