El taller de Kintsugi

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Con la punta de los dedos, de forma parsimoniosa, iba convirtiendo en migajas el mazapán sobre el plato. Después, sin ningún gesto brusco, ofrecía sobre la mesa pequeñas porciones a un reducido grupo de gorriones. Como cada día a la misma hora. El camarero de la terraza le observaba distante y atento. Y la mujer. Había reparado en él semanas antes. Sentía curiosidad por ese hombre solo, sentado al sol de marzo, con su taza de té humeante al principio, frío y sin ningún valor al rato. Jamás le había visto tomar un sorbo. La única ocupación en que se le veía poner cierto interés era la de alimentar a aquellos pajarillos que cada día ocupaban las sillas adyacentes, la mesa, los alrededores de aquel náufrago que parecía llevar en su mirada todos los inviernos.

Un día, después de muchos en que ese ritual de alimentar aves y echar a perder infusiones se había repetido casi de forma exacta, ella decidió conocerle. Dejó unas monedas en el plato de la cuenta, se levantó resuelta y se encaminó hacia él. Era una mujer menuda, de ojos muy vivaces, con un cigarrillo marronuzco en sus dedos y ese aspecto de persona que ha viajado mucho sin caer jamás en el turismo. Le abordó sin muchas contemplaciones, aunque no hubo en ningún momento rastro alguno de ese incómodo y brusco sobresalto de quien invade el espacio ajeno de un desconocido. Tan sólo se inclinó frente a él apoyando una de sus manos en el respaldo de la silla y con una suave voz de mujer joven que fuma a las 10:45 le dijo: “el té que hacen aquí es horrible. Por mucho que sigas viniendo no mejorará. Hay cosas que nunca lo hacen. Mi taller está aquí cerca. El mío es algo mejor”. Y firmó su comentario con una sincera sonrisa que además proyectaba sus aromas. Vainilla. Tabaco. Cuero. El hombre notó que los gorriones no habían huido a la llegada de la intrusa. Se retiraron un momento, pero de inmediato continuaron desayunando mazapán. Quizá ellos sí habían reparado en ella hacía semanas y la habían incorporado al paisaje de aquel ecosistema que les daba de comer, y por eso no la consideraban amenaza.

Se miraron un momento. Ella expectante por tener tan cerca aquella mirada quebrada, apagada, aquella mirada que mostraba de forma tan prístina una sala de máquinas herida. Aquella mirada que parecía haber dejado de pedir auxilio y ahora, velada, tan solo mostraba muy al fondo la pequeña luz del candil de la elemental supervivencia.

El hombre sostuvo unos segundos las migas en sus dedos. Se desprendieron y rodaron por la mesa. Todo lo que llegaba de aquella mujer era bueno. No fue capaz de elaborar un pensamiento más complejo. Se levantó y comenzó a caminar junto a ella sobre el empedrado de la plaza.

El taller era amplio. Prevalecía el blanco. La luz se colaba por todas partes, y había sido tamizada de forma tan armoniosa que aportaba equilibrio y serenidad. No habían hablado en todo el camino, y al entrar, el hombre buscó con su mirada instintivamente útiles, herramientas… aquellas cosas que se supone debe haber en un taller. Le pudo al fin la curiosidad y preguntó: “Creí entender que tenías un taller…”. Su propia voz le sonó extraña. Hacía tiempo que no se oía hablar. “Sí. Eso dije. Un taller. Aquí arreglamos cosas”, fue la respuesta de ella mientras se descalzaba y le indicaba a él que hiciera lo mismo. Preparó tranquilamente el té mientras hacía flotar en el ambiente una nube de reposo tal con su actitud que le decía claramente al hombre sin palabras que no necesitaban hablar. Tan solo estar. Tan solo compartir aquella luz. Le ofreció un recipiente de piedra lleno de agua para que aclarase la boca y las manos antes de sentarse. En la pequeña mesa, la tetera de hierro aguardaba acompañada de unos cuencos de porcelana que llamaron de inmediato la atención del hombre. Era evidente que se habían quebrado en algún momento y habían sido reparados aparentemente sin cuidado alguno, mostrando unas largas costuras doradas con relieve que les daban un aspecto muy extraño. Parecían el resultado de un mal trabajo escolar. Sorprendía en aquel entorno tan armónico. Ella se dio cuenta y le hizo una pregunta que no esperaba respuesta. “¿Has oído hablar del kintsugi? Es una vieja técnica japonesa para reparar objetos de cerámica que se han roto. En occidente procuramos que no se noten las reparaciones. Que desaparezca el rastro de aquello que ha sido arreglado. Ellos creen que las roturas forman parte de la vida de un objeto. Que aquello que se ha quebrado es más bello por haber estado roto. De hecho, usan lo mejor que tienen para repararlo. Después de unir las piezas con un fuerte adhesivo vegetal, rocían la grieta con polvo de oro. Lo hermoso y paradójico es que esa grieta será después la parte más fuerte de la pieza…”. El hombre tomó aquel té exquisito a pequeños sorbos. Ella se levantó un momento. Desapareció de su vista. La sentía a su espalda. Experimentó un instante de felicidad plena en aquel silencio, con aquella luz perfecta y con los ligeros sorbos de té caliente.

Despertó solo en el taller. Ella no estaba. Junto a una bolsita de tela del tamaño de un paquete de tabaco había una nota que decía “cierra al salir y disfruta del té”. Caminó hasta su casa tranquilo y al llegar preparó una nueva infusión. Sentado en su cocina comenzó a tomarla y sintió como aquel polvo de oro líquido iba llenando cada una de sus grietas. Las más recientes y aquellas que casi ni recordaba ya. Y sintió una tristeza infinita. En realidad las sintió todas. Pero no estorbaban. Estaban sin dañar. Las aceptó. Y de su mirada desaparecieron todos los inviernos.

© José Pajares Iglesias 2015

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