Venancio Iglesias: “No escribas ni enseñes nada que no hayas vivido intensamente”

Venancio Iglesias con Luis Miguel  Suárez, durante la entrevista. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Venancio Iglesias con Luis Miguel Suárez, durante la entrevista. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Luis Miguel Suárez entrevista al escritor leonés Venancio Iglesias Martín, ganador en dos ocasiones del premio ‘Antonio Machado’. Ha publicado libros de relatos cortos como ‘Esperando a Susana’, ‘Sombras en el camino’, ‘El león del Atlas y otros relatos’ y ‘Moquito’. Es autor de la novela ‘La soledad de Alvarito Somoza’ y durante muchos años ejerció como profesor en diversos centros de Enseñanzas Medias.

Por LUIS MIGUEL SUÁREZ
astorgaredaccion.com / Contexto Global

—Su primer libro, ‘Moquito’, es del año 1993, y hay que esperar hasta 2003 para que aparezca el siguiente. ¿Se trata de un  escritor de vocación tardía o simplemente de publicación tardía?

—Comencé a escribir muy pronto. Estuve destinado en Murcia, en el instituto de Alcantarilla, y allí ya empecé a escribir con unos 30 años de una manera sistemática cosas y cosas, después iba rompiendo, claro, rompí muchísimas. En el 85 me dan el segundo premio de relatos cortos ‘Antonio Machado‘, de la RENFE. Era Cela el presidente del jurado y eso me animó mucho; eran dos relatos breves que aparecen después, creo, que en ‘Esperando a Susana’. Y Cela me dijo: “continúe usted escribiendo”. Yo iba el décimo en la lista de los premiados, y pensé: “Soy el último, me darán un accésit”. Y cuando empezaron dando los accésits por arriba, digo, “pero Dios mío, si me han dado el primero”. Pero al llegar a los dos últimos cambiaron el orden. Ya estaba editado el folleto en el que me concedían el primer premio pero al final  se lo llevó Jesús Torbado.

—¿Torbado o Umbral? 

—Bueno, con Umbral me pasó algo parecido: también fue un segundo premio. Resulta que yo ya no asistí al acto,  porque me despisté y había allí un follón de gente. Pero luego en el hotel me acerqué a Marina y le digo: “¿Puedo hablar con Don Camilo?” y me dice, “sí, sí está de buen humor”. Así que fui a hablar con él y le digo: “Mire, soy el que ganó el año pasado el segundo premio del ‘Antonio Machado’”. Y me contestó: “Coño, y este año también, el segundo premio —yo no me había enterado—. Y es que el primero hemos tenido que dárselo a Umbral, que se presentó a última hora”.

Y esos son los dos primeros cuentos que se publicaron en revistas. Después escribí ‘Moquito’ y ‘Algún alma en pena se comió las amapolas’, dos relatos que publiqué en un volumen ilustrado por Modesto Llamas. Más tarde, en 2003, gané el primer premio de cuentos ‘Ciudad de Coria’ (volumen editado por la Diputación de Cáceres). Luego he ganado unos cuantos premios pero me desentendí un poco de esos asuntos y publiqué cosas como ‘El león del Atlas’. Yo había estado ya por primera vez en Marruecos y por ello hay varios cuentos de tema marroquí, el más largo de la colección el que da nombre al título, es un relato interesante. Luego, en 2010 se publica ‘Esperando a Susana’;  recogí en él la mayor parte de lo que tenía, 26 relatos breves que había ido acumulando. En 2012 publiqué  ‘Sombras en el camino’ y por último la novela ‘La soledad de Alvarito Somoza’.

—Salvo esta última, se ha decantado por el cuento fundamentalmente.

—No, tengo cuatro novelas.

—¿Editadas?

—No, editadas todavía no, salvo ‘Alvarito Somoza’. Ahora estoy corrigiendo algunas y escribiendo otras. Por ejemplo, ‘La carcoma’ es una novela que quería haber publicado antes de la Semana Santa, pero sigo retocándola.

—¿Qué diferencia hay a la hora de escribir novela y cuento? No es fácil que un escritor domine con cierta perfección los dos géneros…

—Yo creo que quien escribe buenos cuentos es muy capaz de escribir una buena novela, pero son dos géneros que siempre me han dejado un poco perplejo; ambos parecen abrir una ventanita sobre la existencia. En el caso de la novela quien mira por la ventana se acerca mucho al paisaje y ve en gran dimensión, con mayor heterogeneidad, mayor profundidad y mejor definición de los objetos. Mientras que el relato corto es lo mismo, pero muy sintético: es como si el que mira desde la ventana se alejara y el ángulo desde el que percibe fuera mucho más estrecho, como si se mirara con un teleobjetivo; se estrecha el ángulo, pero la profundidad es la misma.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—¿El escritor de cuentos, como decía Poe, tiene que tener todos los detalles de la historia en la cabeza antes de ponerse a escribirla? 

—A mí no me ha ocurrido eso, excepto algunos que he meditado durante mucho tiempo y de repente me siento a escribirlo y sale entero. Por ejemplo, si dejas un monólogo interior interrumpido durante largo tiempo no vas a sacar un  buen relato. La forma en que hago los relatos es distinta de lo que piensa Poe, yo parto siempre de imágenes, mis relatos son casi todos ellos muy visuales y las imágenes son siempre necesariamente impresionistas. Y el relato corto, cuando estás inspirado, lo puedes hacer de una tirada. En cambio la novela te permite esa tranquilidad de recuperar el tono, recuperar la intensidad, recuperar la atmósfera.

—Ha sido profesor de literatura durante muchos años. Esa condición de profesor de literatura, ¿cómo ha influido a la hora de escribir? ¿Ha sido conflictiva esa cohabitación entre el crítico y el creador?

—Me he dado cuenta de que en las clases lo que haces es contactar con almas muy juveniles apenas saliendo de la infancia, descubriendo mundos, descubriendo el erotismo, un montón de cosas y yo creo que es ahí donde el escritor se nutre de limpieza de imágenes. Puede ser que en ese sentido la enseñanza me haya ayudado mucho a la hora de escribir, pero yo creo que fue sobre todo mi madre y un tío que tenía, que era un narrador maravilloso. Mi madre contaba sus desgracias con un humor extraordinario y mi tío contaba su vida de una manera magnífica. Luego, claro, pues tienes toda una historia de la literatura detrás que te va dando un poso y una  gran visión variada y heterogénea de la escritura.

—En su obra hay muchas referencias literarias, pero también se adivinan algunos rasgos autobiográficos y, claro, otros elementos muy imaginativos. ¿En qué medida se alimenta su literatura de lo leído, lo vivido y lo imaginado? 

—No sé muy bien qué decirte. La interacción, la mixtura de los ingredientes… Por ejemplo, en las clases de literatura yo solía decir a los compañeros: “No expliquéis  nada que no os guste porque es preciso transmitir una cierta vida de la obra, la vida que tú le has dado cuando la has leído. Si os aburrió, no expliquéis el Padre Feijoo, no se lo expliquéis mal, porque vais a castrar al chico para la lectura posterior. ¿Cómo interactúan esos tres elementos que mencionabas? Pues no sabría muy bien…

—El personaje del profesor es uno de los que más aparece en sus cuentos y suele mezclar literatura y vida.

—Sí, claro, no puedes prescindir de tu vida profesional. En general, ese tipo de personajes tienen muchos elementos autobiográficos, sigo la idea de ‘no escribas nada ni enseñes nada que no hayas vivido intensamente’. Y las  clases de literatura y la relación con el profesorado fueron muy intensas durante muchos años, entonces la experiencia de ese mundo influye mucho, y luego está esa intertextualidad, esos autores que te surgen cuando escribes. En fin, hay una interacción entre todos esos elementos que no podría diseccionar así de pronto.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

—También el humor es un ingrediente fundamental en sus cuentos que muestran, a la vez, una visión un tanto desolada de la vida.

—Sí, el humor es un elemento distanciador que te permite observar mejor determinados aspectos de la vida, echar una ojeada humorística sobre tu propia vida o sobre las ajenas que dibujas en un relato… Desde luego es un mecanismo extraordinario de observación, y luego esa visión desangelada, que es otra forma de humor, una visión que destaca los aspectos más duros  y sombríos de la existencia (en ‘Esperando a Susana’ hay un relato terrible, ‘Pedrito’). Pero tampoco es la mirada del entomólogo que observa su presa y destroza, hay siempre un fondo de afecto aun en los relatos más desangelados y terribles.

—En su última novela, ‘La soledad de Alvarito Somoza’, une esos dos elementos: por un lado el humor y por otro esa visión terrible de la existencia. ¿Es un homenaje a ‘La familia de Pascual Duarte’?

—De hecho tenía la intención de dedicarla a ‘Pascual Duarte’. Es un gran homenaje, porque esa fue una de las novelas que cuando estaba en la universidad leíamos. Fue la primera novela con la que yo entré en contacto con ese torrente de literatura que fue Cela. Y me impresionó mucho la estructura del relato, con ese juego del editor que transcribe unos papeles que ha recibido y con esos epílogos. Esa forma de construcción me gustó mucho y eso lo reflejo en mi novela; pero el contenido ya es absolutamente distinto.

—¿Se trata de una parodia y de un homenaje a un tiempo?

—No, parodia no. Es un ‘Pascual Duarte’ más tierno, tan desamparado como aquél sino más, pero sin la crudeza ni la  brutalidad del originario.

—También algunas páginas de esta novela tienen cierto tono del realismo mágico de los autores hispanoamericanos.

—Sí, Rulfo, en concreto. Yo mismo me he dicho en algunos pasajes: “Esto parece que lo hubiera escrito bajo la influencia de Juan Rulfo”. La muerte de don Eliseo podía ser de Rulfo. Pero también en otros relatos —por ejemplo, ‘Mi querida sombra’— se puede encontrar algo de Gabriel García Márquez o de Mario Vargas Llosa. Es la intertextualidad, está debajo: has leído mucha literatura y de repente aflora esa vena…

—Anteriormente se ha referido a sus novelas, algunas de próxima publicación…

—Sí, ‘La ciudad de los mil ojos’ que lleva ya escrita unos 30 años. Se me ocurrió cuando estaba destinado en el instituto de Alhucemas, donde permanecí cuatro años. Alhucemas era un pueblo bellísimo, frente a la costa de Granada, pero parece un lugar maldito. Dos años después de los problemas de la subida del pan, en el que Hassan II a punto estuvo de bombardear Tetuán, en Alhucemas no se anduvo con chiquitas, llegó el príncipe mismo y entró a saco en la ciudad… y se percibía aún un ambiente terrible, se hablaba de 600 muertos, cada cierto tiempo venía un barco y se llevaba sin más ni más 40 o 50 jóvenes destinados a combatir al Sahara. Y yo lo que sentí allí, sin saber nada de esto, era la atmósfera pesada en una ciudad tan hermosa como Alhucemas. El gran problema que me obsesionó allí fue la mirada, el que no hubiera ni un solo momento de soledad, estabas seriamente observado en todos los sitios, por todos los lugares donde anduvieras, ojos petrificados de ansiedad observándote. De ahí ese título de ‘La ciudad de los mil ojos’.

Cuando comienzo a escribirla, me doy cuenta de que desconocía el bereber, que desconocía  el árabe y que sin entrar dentro de esa cultura no podía escribir nada a fondo, y entonces pienso en otra cosa, y es que la ciudad, como en Kavafis, va dentro de ti, es decir, en ti mismo. Y así la novela se convierte en la mirada sobre tu propia ciudad y tu vida en la que aparecen miles de ojos. Es una novela muy intensa y a ratos muy dura, pero creo que es la mejor novela que he escrito. Claro, ha quedado ya un poco desfasada, no solo en estilo, sino en vivencias. Ahora el joven que se enfrenta a una novela de estas dice “¡Puf, esto no hay quién lo aguante!”. Además, con el monólogo interior por medio, no tengo mucha esperanza de éxito con esa novela, pero tampoco me interesa mucho el éxito…

Luego hay otra novela, ‘La carcoma’, que es una alegoría: un cura en la montaña más olvidada de León se enamora de una muchacha recién acabada la guerra. Se va para allá como si fuera el cura de Ars, de Bernanos, ayuda a todo el mundo, también a los guerrilleros que aparecen  de vez en cuando. A su iglesia se la está comiendo la carcoma. El Cristo con el que habla recuerda a Giovanni Guareschi. Ese Cristo se lo lleva la carcoma. La carcoma termina lo que no acabó la guerra. Una alegoría linda, muy directa, al alcance de cualquiera, aunque los ambientes puedan ser un poco más complejos.

Y después tengo otras dos medio terminadas, una sobre educación y otra, otra no lo sé, sobre violencia doméstica quizá, violencia familiar, no lo sé; es un poco más actual, mucho más cercana  a las vivencias actuales de la gente.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

Venancio Iglesias. © Fotografía: Eloy Rubio Carro.

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