Envío 19 (callejinas, pecado de usura, el álbum…)

© Fotografía: Eloísa Otero.

© Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Así es la identidad. Un hombre camina, avanza un tramo en su movimiento. El ojo que le mira descompone sus pasos, fotograma a fotograma. En el intervalo, en la grieta, canta la copla de su identidad, allí canta su canción del hueco. Pero el ojo que mira y la boca que canta saben que ese hombre no es el mismo a su salida que a su llegada, el camino le transforma en otro.

En el tren. No escucho nada exterior a mi lectura, la fantasía blanca, la nube del semisueño lector. De repente, una frase penetra en el cerco del viajero aislado, le oigo decir a un paisano: Allí pasaba el tiempo sin sentirse.

Callejinas. El taxista marroquí me dice que su pueblo está cerca de Fez. Hablamos de Fez. Él se refiere, de un modo natural, a sus callejinas (sic), las callejinas de Fez.
Es la misma palabra que yo empleé cuando estuve en Fez. El taxista es ya medio leonés: con la palabra emparenta aquel laberinto y la Callejina del Cine, allá, en mi villa inaccesible.

Pecado de usura, escribía el poeta Ezra Pound, atribuyéndole la causa de los mayores males del mundo. Ahora la usura ciega y apaga la ciudad; cada día son más los locales vacíos (hasta aquellos del COMPRO ORO van cerrando), más huecos tristes, más puertas y ventanas emparedadas. No se abren ojos a la calle, sin escaparates, sin puertas batientes, la ciudad sin saloon. El dinero de unos pocos ha ganado. La usura.

Imaginación del bar El Ruedo, en la Gran Lejanía: toman sus vinos los saxofonistas de León, el gremio de los saxofonistas. Yo, en un bar todavía existente, converso con uno de ellos, el que me llama Fonso, con entera familiaridad; hablamos, claro, de lo mal que están las cosas. Y fuimos nombrando al señor Bandín, a Avilés, a Carlos el albino. Vuelvo a imaginar: Antolín el forzudo pone los vinos, y ahí están, a la espera de un bolo: Chomín, Llamazares, Brea, Caíto, el señor Alfonso, Toño Cardiaco, yo mismo,  Rubén, casi recién llegado…

En el autobús, suena la radio, no sé qué emisora. Pero la noticia es un sorteo a propósito de la conmemoración del peregrinaje de San Francisco de Asís a Santiago de Compostela: 1215, 2015. Nada menos.
Vivimos ya con entera naturalidad en un medio saturado de integrismo católico, es galopante, nacionalcatolicismo se llamaba entonces, todavía no sé cómo llamarlo ahora (o puede que sea lo mismo).

En un banco de la Condesa, una paisana a otra: A la concuñada de mi hija el marido la dejó plantada por una de Interné. Literal.

El álbum está cargado de fascinación, asombro, proximidad. Es como si le estuviese agradeciendo al mundo su persistencia en originar especies variadas, que siga gestando hormigas y elefantes, paisanos del Condado y chinos del Mekong; todo lo distinto que debería hermanarse, porque difiere y es resistencia al rostro repetido de las pantallas, el que no tiene piel.

“La melancolía se transformó de pronto en algo básicamente distinto: algo nunca antes experimentado, maravilloso, inaudito y súbitamente evidente e incluso entusiasmante que se llamaba “soledad”; no es como mi destino, sino como la circunstancia. Y esta palabra se hizo convincente por una imagen: en una calle de la mañana se encontraba la barandilla más corta del mundo, ante la entrada de una casa. Apenas alcanzaba la longitud de la mano, sirviendo para el último escalón; pero tenía la forma de un arco muy pulido y brillaba en un aire de lo más puro”. (Peter Handke)

Paso una vez más ante la ventanilla del antiguo Cine Trianón. Me asomo y veo ladrillos recientes. Han emparedado ya el hueco de las  ilusiones perdidas.

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