“De lo no dicho”, por Gonzalo Abril

Gonzalo Abril Curto.

Gonzalo Abril Curto.

Recuperamos un hermoso y viejo texto del profesor Gonzalo Abril, doctor en Filosofía y catedrático de Teoría General de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, escrito en 1980 y publicado en el libro ‘Presunciones’ (Valladolid: Junta de Castilla y León. Colección Barrio de Maravillas, 1988).

DE LO NO DICHO

Por GONZALO ABRIL

En memoria de G. Bateson

Nunca podré decirte sino una parte de cuanto yo puedo decir.

Nunca digo lo que digo, digo mucho más. Pues parte de lo que digo no se ofrece como parte de mi decir.

Cuando te digo (algo), es mi decir quien simula que no he dicho parte de lo dicho, quien te presenta como algo que yo no he dicho. Y en tu decir ocurre otro tanto.

Si ahora yo te digo que “volveré a cierto lugar”, no te digo que antes estuve allá, diciéndotelo. Si añado que “me sentiré solo durante el viaje”, puedo estar diciéndote: “quiero que me acompañes”, sin decírtelo.

Mi decir se entreteje de dichos y de no dichos. Es mi propio decir quien los entreteje.

Si nos decimos (algo) el uno al otro, comenzaremos al mismo tiempo a no decirnos (algo).

(Esto nos ocurre no sólo porque no podemos decírnoslo todo. Preferimos, además, no decirnos algo a no decirnos nada. Sospechamos que nada puede no ser dicho, y que (la) nada no puede decirse).

Mi decir rotura un espacio de no dichos, y en él se instala. El espacio de lo no dicho es el recinto de lo decible.

– – –

Mi espacio de lo no dicho linda con lo indecible (por mí). Para los efectos, con el no-espacio.

Es un buen punto de partida que tú no digas lo que yo no puedo decir, que coincidamos en lo indecible.

No puedo entender lo que no puedo decir. Tal vez ni siquiera sabría determinar si tú lo has dicho o no.

Si tú conoces todo cuanto me es indecible, lo sabes todo sobre mí.

Si sólo sabes lo que he dicho, lo ignoras todo. Pero me parece imposible que sólo sepas lo que he dicho si sabes realmente lo que he dicho.

Para mí es importante que yo no necesite decirte lo que me sería decible pero no he dicho. Esta es la condición para que hablemos.

Pero también me importa que no consideres superfluo cuanto no he necesitado decirte.

En ocasiones, cuando yo te digo algo sin decírtelo, tú sabes comportarte como si yo no hubiera dicho lo que efectivamente no he dicho.

(A menudo se requiere también que te comportes como si yo no hubiera dicho lo que he dicho).

– – –

Si yo no digo algunas de las cosas que digo es porque están antes o después. Es mi decir quien las hace estar allí.

Puesto que cada cosa que no llego a decir va restringiendo la posibilidad de cuanto diga o no diga después, conviene que sepas hasta dónde vas a tolerar que no diga lo que digo.

Acaso después no podré decir lo que puedo decir ahora. Y viceversa.

Tú sueles saber cada vez mejor lo que podré decirte más tarde, y lo que ya no podré decirte.

Pero puedes (y sabes) disimular ese saber. Y yo puedo (y sé) disimular que sé que lo sabes.

(No vamos a hablar necesariamente mejor por saberlo todo. Basta con que sepamos lo suficiente sobre lo que sabemos el uno del otro acerca de lo que sabemos).

Puede que te interese sobre todo lo que no he dicho.

Acaso yo mismo he intentado que ocurra de ese modo. Acaso este intento mío forme parte de lo que no he dicho, que es lo que te interesa.

Si te digo que “volveré a cierto lugar” te permito entender que me es posible no volver allá. No sólo te digo que volveré; te hablo al mismo tiempo de la posibilidad de (no) volver. No puedo decirte algo sin decirte (no diciéndote) su contradictorio.

– – –

No seré otra cosa que la historia de mi decir lo dicho y lo no dicho.

Si es a ti a quien ahora yo digo y no digo mi decir, lo que digo y lo que no digo es en parte asunto tuyo.

Si hablas conmigo estás en mi historia.

No me digas que es cosa mía el no haberte dicho lo que no te he dicho.

(Además, si sabes lo que no te he dicho, te he dicho todo).

Si ‘otro’ busca la verdad de lo que (nos) decimos tú y yo en lo que hemos dicho efectivamente, no va a encontrar más que silencio. Hacemos falta los dos, tú y yo, para la verdad de lo que (nos) decimos, y por eso no (nos) hemos dicho gran parte de ella.

(Las verdades que más nos importan, escribía Gracián, vienen siempre a medio decir).

No hay sino verdades a medias, esto es, compartidas.

– – –

Si otro busca la verdad de lo que tú y yo decimos en la ignorancia de lo que no (nos) decimos, no sabe nada sobre nosotros.

Saber algo sobre nosotros –sobre cuanto decimos– es para otro un saber acerca del lugar desde el que decimos lo que decimos.

Pero ese lugar, inevitablemente, está más allá de lo que hemos dicho y de lo que no hemos dicho.

Nuestro decir y su verdad son inasequibles para quien no entienda que lo dicho se explica por lo decible (o lo indecible) que no se ha dicho (o no se ha podido decir).

Cuando sabemos que otro nos observa en nuestro decir, decimos cosas que no diríamos o no decimos cosas que diríamos si no supiéramos que nos observa. Entonces no puede alegar que es asunto nuestro. Entonces el otro es .

– – –

Nuestro decir (lo que decimos y lo que no decimos) es un hacer.

En el decir nos hacemos.

Una de las cosas que el decir hace es decir lo que no se dice.

Si el otro sólo repara en lo que hemos dicho, ignora nuestro hacer.

Yo te hago una petición al decirte que “me sentiré muy solo durante el viaje”, y tú no puedes ignorarla. No puedes hacer como si yo no hubiera dicho (hecho) algo, aunque de hecho no he dicho nada.

Y aun cuando tú no hicieras (dijeras) nada, yo estoy ahora obligado a entender que tu silencio quiere decir (hacer) algo.

El decir hace decir al silencio mismo.

Mi decir hace hacer, hace decir y hace ser.

Mi decir hace a veces como que no hace nada: lo que no dice se da por dicho. Otras veces manifiesta lo que hace: es él quien da como descontado lo que se da por descontado.

E inevitablemente se cuenta con lo que se da por descontado.

– – –

Pero seguimos sin saber muy bien quién es se.

Seguimos ignorando quién (se) habla a través de nosotros.

Por lo que a mí respecta, yo sé que cuando (te) digo algo no soy un estado, ni soy un baluarte, ni soy. O soy, en todo caso, los movimientos en los que me reconstruyo (y me reconstruyes). Y ya voy siendo demasiado, para ser yo.

Al final, yo soy siempre otro.

(Del libro ‘Presunciones’. Valladolid: Junta de Castilla y León. Colección Barrio de Maravillas, 1988)

Portada del libro.

Portada del libro.

Un Comentario

  1. Anónimo

    Aora ya se porque yo habces pieso cosas como estas qque tu as escrito. Soy primo carnslal tullo
    Me llamo carlos abril
    Un abazo

    Okey

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