En los alrededores de “La mirada cercana”, el libro de fotografías de Vega

Portada del libro.

Portada del libro.

Reproducimos sendos textos de Víctor M. Díez y Luis Grau Lobo, leídos durante la presentación del libro “La mirada cercana” (Eolas Foto 2015), del fotógrafo leonés José Ramón Vega. El volumen se presentó el pasado 21 de mayo en el Museo de León.

En los alrededores de “La mirada cercana”

Por VÍCTOR M. DÍEZ

“En el fondo la Fotografía es subversiva, y no cuando asusta, trastorna o incluso estigmatiza, sino cuando es pensativa”. Roland Barthes. La cámara lúcida.

En La mirada cercana (José Ramón Vega, Eolas Ediciones, 2015) cada personaje saluda al contiguo con educada y afectuosa serenidad, sin decir casi nada: ladeando la cabeza, levantando las cejas o con un leve movimiento de la mano. En este libro blanco, hay una vecindad de ventana a ventana, un azaroso encuentro de personajes venidos de muchos lados, que acuden a una llamada. La biografía personal del fotógrafo se extiende hasta crear un hábitat, un microclima, una comunidad de seres que se comportan como cómplices mudos de su generoso anfitrión y que, entre ellos, parecen compartir un secreto en su comuna imaginaria. Más que un secreto a voces, parece un secreto susurrado.

La magnífica arquitectura del libro: su diseño de luz, su maquetación impoluta, permiten crear ese espacio casi irreal en que la vida se muestra por derecho, a la cara, pero sutil, luminosa y llena de matices… Hay franqueza, hay colegueo en estas instantáneas. Es, podríamos decir, la mirada cercana frente a la presbicia endémica de los tiempos.

Es un libro de relectura, que se impone como una canción que nos obsesiona, que escuchamos en bucle una y otra vez, hasta romper la cáscara y ver todas las capas. Pero es inevitable que el primer acercamiento sea desde la superficialidad curiosa y hasta cotilla, como de portera de finca urbana: quiénes salen, cómo están, dónde fue, eh, usted a dónde va… Esa primera lectura epidérmica sitúa lo escenográfico, reparte los papeles, aclara aspectos dramatúrgicos y, si me apuran, nos deja oír el ritmo de su música.

Hay gentes en el libro que van y vienen, que viajan desde los ochenta hasta aquí: dando la hora, siendo el tempo. Entre ellos, personajes del paisaje general y también del ámbito privado del guardés. Ahí están en diferentes épocas los hermanos Pajares, José Luis y Juan Carlos, Zapico, Gelen, Aníbal, Eva, Rosario, Héctor. (Bueno, y luego está Toñín Cardiaco vs. Eknorfu Palig, que parece romper el tiempo, por esa forma suya de estar siempre igual, sin ser nunca el mismo)… Compañeros de viaje, fieles, cómplices, miembros de una hermandad de vida. Están otros que aun bailan a Elvis en el Oasis, o pinchan en La Hila (o el Layla) las canciones de los muchachos y las muchachas. Los Cardiacos, los Deicidas, los Flechazos. No es pura nostalgia, porque el fotógrafo se comporta con la crudeza de un taxidermista, que nos deja ver aquello que fue como la luz diferida de una estrella.

Así lo cuenta Aníbal Vega en su texto del prólogo: Así éramos, así somos.

La música, siempre la música. Aunque Barthes decía que la fotografía estaría más emparentada con el teatro primitivo porque es una perpetua manera de convocar a los muertos. Y ahí están, junto a los que fuimos, los que se nos fueron demasiado pronto como Manu Tejada y Macario. Otra vez la música como leit motiv en esta pieza de armonía clásica.

Sin embargo, no falta en el álbum, una alegría contenida en los rostros que se muestra, cada tanto, en un juego de manos, en un reflejo de cabezas ladeadas, en un diálogo de brazos recogidos. Y hasta cierto punto de humor, como cuando Atanasio Gallego, el de Los Oteros, pertrechado con su mono y su verdugo, ve bajar a Belén vestida de novia modernista por una escalera de Figueras. Y qué decir del muchacho de la camisola de piel de vaca, todo chulo, con las piernas abiertas y sombrero ante el maizal o de Antonio con la camisa de flores y bolsito en un bosque de Camposagrado… Eso, por nombrar sólo algunas imágenes que suscitan cierta hilaridad.

Sí, amigos, este es un libro de santos. Y no faltan, en el encadenado de rostros, los cromos, las getas conocidas, los rostros pálidos de famosos que se entremezclan en la baraja de los personajes, con una naturalidad que no admite sotas, caballos ni reyes. Ni más ni menos valen los Leopoldo María Panero, Antonio Gamoneda, Carmen Linares, Alberto García Alix, Carmelo Gómez, Héctor Alterio, Alicia Alonso, Goytisolo, Ana Curra, Juan Gelman o John Banville… que los Manu en la tienda, Santi Tomé, Susi y Jose, Cova Villegas o Aldo Sanz, por decir algunos.

Los jichos dejan la marca de los intereses de Vega: la música, la literatura, los viajes, el arte en general… Pero también la comida, he contado, no menos de una docena de personajes gastronómicos: entre cocineros, camaretas, comensales. Reunimos lo que amamos o, acaso, como decía Kafka: fotografiamos cosas para ahuyentarlas de la mente. Algo de ambas cosas hay por aquí.

Cuatro ideas a desarrollar y una postdata

1 El retrato con personaje, llamémoslo así, es sólo uno de los registros de Vega como fotógrafo. Están además sus retratos no protagonizados por personas y otros que, a mí, personalmente me interesan bastante y que son esas fotos robadas, sin permiso, sin consciencia del modelo: “A hurtadillas” como diría el maestro Cartier Breson. Pero esas son vertientes ajenas a este libro y para hablar en otra ocasión. (En la presentación, el fotógrafo dijo estar cada vez menos interesado en este tipo capturas. ¡Lástima!)

2 Con todo, y volviendo a La mirada cercana, me interesaba poner el acento en la capacidad del fotógrafo para crear personaje, para dirigir la foto. Eso, me parece es un hilo umbilical en toda su obra y afecta a todos los personajes sea cual sea su lugar, su tiempo y su ethos. Es algo generalizado en esta pléyade de personajes. Give it to me (–dámelo, dámelo– nos decía Butch Morris, como desesperándose y seduciéndote, a la vez, cuando nos dirigía en la Orquesta FOCO). Y así fotografía Vega, lo sabemos los que hemos sido víctimas suyas. No pide, exige la foto como si supiera que le puedes dar más y remoloneas la entrega de tu personaje.

3 El retratista retratado. Hay delaciones en los retratos y autorretratos de Vega. La fotografía en que riñe a la cámara es muy reveladora. Es una manera de mostrar la insatisfacción que produce lo inaprensible del retrato. Ese gesto huraño como preguntando ¿qué pasa, maldito aparato, no te vas a disparar? (Nada que ver con esa última foto que ofreció, fuera de libro, en el encadenado de imágenes con la que finalizó la presentación. Esa en la que aparece, junto a Eva, con una sonrisa de otro tiempo, ambos risueños y con signos de “conciencia acrecentada”). No se ríe a menudo el fotógrafo en las fotos, su ceño fruncido parece una marca de agua en la foto. Hablando del artista retratado, no quería dejar de recomendar El oficio pausado de mirarnos, el prólogo de José Luis Pajares. De manera señalada, el retrato que hace del propio Vega en la primera parte.

4 Y siguiendo con las contradicciones, la sociología del libro no oculta la intimidad de los retratos de Vega. Viendo su trayectoria, algo se gana y algo se pierde en la evolución. El fotógrafo maneja la luz de manera menos azarosa en los últimos años. Lo que en los primeros retratos parece una luz general más amplia, se focaliza y se convierte en un personaje más, cuanto más nos acercamos a los últimos. Pero eso prefiero dejárselo a los expertos en el arte de la fotografía, como el maestro Amando Casado, que estuvo al pie del libro desde el principio hasta el fin.

Posdata. Busquen y encuentren en el libro dos o tres ojos cerrados, y sobre todo una foto que a mí me parece que contrasta y casi desdice la mirada abierta que lo puebla. Busquen al tío Gregorio de Sobredo, un hombre casi ciego que busca como si escondiera. Esa fotografía tiene el magnetismo que revela el alma de un verdadero fotógrafo, bajo aquel lema tan infrecuente en nuestros días: ver sin ser visto.

Re-tratos y relámpagos

Por LUIS GRAU LOBO

José Ramón Vega me pone en la tesitura de presentar al presentador, por lo que, para esquivar redundancias, me ceñiré a un par de avisos para navegantes (asistentes). Para todos los amigos que han venido, que están aquí o allá, y en las gavias a las que nos encaramamos de cuando en cuando en la red. Para cuantos hemos pasado por ese lugar (sea cual fuere) donde prepara su filtro de mago circunspecto; un par de avisos.

Pese al tópico, la fotografía no inmortaliza a nadie. Hace, precisamente, lo contrario: nos hace punzantemente conscientes de la crudeza del tiempo, de sus trucos y de las devastaciones que consuma sin que nos percatemos, de la violencia que desata si lo provocamos con nuestras pretensiones de ralentizarlo, de detenerlo, capturando (inconscientes) un momento que nadie es capaz de asir, ni siquiera el fotógrafo. La fotografía solo nos envejece. Quizás más despacio y dulcemente. O quizás no.

(Tengo un amigo que no se deja fotografiar y hace mucho deporte, quizás sea por ese motivo).

Tampoco (estamos atiborrados de tópicos) la fotografía atrapa un instante fugaz. Eso es sólo la mecánica del aparato, nada más. Una foto no es una instantánea, sino todo lo contrario. Es un tiempo largo, encerrado, que transcurre desde que es tomada hasta que se contempla. Sólo entonces se libera y actúa, vitriólico o indulgente, con toda su extensión y precipita sobre nosotros su carga de días y de noches no contadas. El tiempo de las fotografías transcurre de repente, independientemente de su prolongación, y nos abre en canal con una cuchilla largo tiempo afilada. El fotógrafo (sí, tú, Vega) nos asesta una puñalada. Pero eso sí: de frente.

Quizás por eso, se habrán fijado o lo harán, casi todos los retratados de Vega miran a la cámara (quien en apariencia no lo hace, simplemente no le mira con los ojos). Vega no intenta pillarnos in fraganti (aunque lo haga), ni roba (aunque nos saquee) ni captura (aunque detenga): solo dice lo que nosotros decimos…. No es, por supuesto, cosa de objetivo u objetivos. Todos son re-tratos (etimológicamente), pues nos tratamos de nuevo, y el quid reside en reconocer qué queda de nosotros, si aún nos trataríamos, nos re-trataríamos. Dice hoy Vega en la prensa que lo primero es empatizar: son fotos de amigos.

Pero como somos amigos, no le deis demasiado las gracias a Vega, no creáis que os complace u os elogia. Con sus relámpagos (algunos casi olvidados) nos alumbra una mortalidad más consciente y rabiosa, más carnal, más turbadora. Su libro, en cierto modo, es una escabechina. Él, y creo que todos nosotros, sabemos que solamente (y ahí es nada) se trata de un gesto cómplice, sin azúcar, sin tapujos. Uno de esos que solo se hace con los amigos.

Tampoco el blanco y negro distancia, como suele decirse, ni convierte las cosas en algo más ideal o, al menos, más irreal. El pasado se revela en blanco y negro (los sueños, solo tal vez), porque los colores no existen, son un trampantojo de nuestra visión, un truco del ojo. El b/n arroja sobre nosotros una realidad sin travestismos o mermeladas. Lo que hay es la escala de grises.

La mayoría de los pueblos primitivos a los que hubo ocasión alguna vez de mostrar un daguerrotipo, una imagen fotográfica, no reconocieron nada en ella. Era normal. Alejadas de su forma de representar la realidad, extrañas a su concepción del mundo y a sus iconos, aquellas imágenes de –por ejemplo– un caballo, no podían ser un caballo: no olían, ni piafaban, ni relinchaban, ni sus crines se agitaban con el viento. No eran un caballo. Porque son otra cosa. En color, en blanco y negro, desenfocadas o nítidas. Otra cosa.

Vega es un gran tipo, no hemos venido aquí a hablar de eso, aunque muchos (quizás todos) estemos aquí sobre todo por eso. Pero sucede que además estamos aquí porque es un gran fotógrafo: QED. Y por cierto que lo parece: es lacónico (y lapidario), fotogénico, taimado a veces, otras evidente, todas preciso. Como su personaje numinal, ese Maqrol de Mutis, que es pura imagen detenida y puro relato-retrato. Habla con la cámara igual que entona tangos, con voz quebrada. Y desde que le conozco lo único que no le perdono es la goleada que nos endosó Holanda en su casa.

El libro se esperaba. No voy a glosarlo, sería inapropiado. Y la actitud de sus imágenes, las más de las veces, las torna espejos, que especulan con lo que somos y descarta lo que no llegamos a ser o no somos ya, algo que parece flotar detrás, en las sombras. Decía Scott Fiztgerald que vivir era un lento (o no tanto) proceso de demolición. Quizás por eso necesitemos las fotografías, para reconstruirnos al menos sobre el papel (o la pantalla). Fotógrafos y arqueólogos (y recordad que esto es un museo muy arqueológico), por tanto, debemos compartir esa afición y esa emoción por lo que fuimos y queremos pensar que seguimos siendo. Una emoción que, seguramente, compartimos hoy todos. Gracias, Vega, por traerla hasta aquí.

Luis Grau, Víctor M. Díez, José Ramón Vega, Héctor Escobar y Amando Casado durante la presentación del libro el pasado 21 de mayo en el Museo de León.

Luis Grau, Víctor M. Díez, José Ramón Vega, Héctor Escobar y Amando Casado durante la presentación del libro el pasado 21 de mayo en el Museo de León.

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