Querido diario (65)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Quizá sea mera coincidencia, o quizá no, pero aprovechando que el artista leonés Juan Carlos Uriarte cuelga estos días en la taberna leonesa Camarote Madrid un bodegón de su primera época creadora, titulado  “Febrero del 71”, las palabras de esta nueva entrega del diario vienen que ni pintadas…

Por AVELINO FIERRO

Desde que aquel día, al atardecer, en la calle Cervantes Juan Carlos me pidió que le escribiera un pequeño texto para el catálogo de su exposición de esculturas, todo pareció predisponerme para cumplir con ello. El ir en busca de una idea-fuerza que desencadenara una reflexión influiría en mi mirada y mis pensamientos. Las horas que quedaban de esa misma tarde del encargo estuve buscando volúmenes y los espacios que quedan entre los huecos del aire.

Dormí mal, madrugué, y leí a Rilke en su cuaderno de Italia, porque recordé que allí había dejado escrito sobre la escultura del Renacimiento. No encontré nada que me sirviera. Sólo anoté una frase, “en la piedra duradera, en esa blanca y atemporal soledad…”. Miré, sin resultado, en otros libros de la biblioteca.

A los dos días, por mor de la casualidad, todo se reanudó: José S. me llamó para preguntarme si quería conocer a una escultora que iría a media mañana por su taller. De allí salí tras haber escuchado hermosas historias sobre la infancia de la artista, la perfección de los cantos rodados en el lecho de los ríos, y la vida –en los montes– de un cabrero. Y con un libro de la editorial Skira, muy voluminoso, sobre la escultura. Esa mañana tan colmada me hizo suponer que nada más sucedería relacionado con mi búsqueda, pero en casa de Piedad, donde nos dejó la media tarde tras recorrer algunos barrios tomando cervezas, en la mesa baja del salón, estaba el viejo catálogo de la exposición del British en el 2008 sobre la época del emperador Adriano. Y en el aparador, una urna ovoidal contenía unas cenizas.

Yo miraba alternativamente las fotografías de aquellos hermosísimos bustos de mármol y alabastro, el yelmo Ribchester y la vasija. Todo parecía hablar de la eternidad. Por fin iban apareciendo intuiciones algo más sólidas que pompas de jabón, alrededor de las cuales podría construir un relato sobre la fugacidad de las vidas y la persistencia de las obras de los creadores.

Y aquellas imágenes de guerreros y yelmos, cuadrigas y caballos eran muy parecidas a las de la última exposición de J.C. que yo recordaba.

Además –y eso me tranquilizó aún más– desde el principio tenía en la recámara otra forma de abordar una posible historia, una idea sumergida, encerrada en un tarro transparente, que se agitaba como un geniecillo inquieto desde el inicio del encargo: contar la historia de nuestra amistad, cómo J.C. y yo nos conocimos hace más de cuarenta años, cómo pasábamos muchas mañanas en su librería y tantas tardes en el estudio de la calle Santa Cruz, en el barrio viejo. Ahí escuchábamos música y pintábamos; él, con esa pulcritud de siempre. Recuerdo aquel gran cuadro sobre tabla con la efigie de Durero

Eso funcionaba como un valor seguro, la vivencia es para Dilthey la unidad básica de conocimiento en las ciencias del espíritu y la materia prima de la creación literaria. Y yo, sin duda, podría exprimir, para manchar un par de folios, aquellos recuerdos de nuestras biografías, de nuestro pasado, un retrato de artistas casi adolescentes.

Todo se fue al traste cuando recibí en el ordenador una fotografía de la pieza sobre la que tendría que escribir. Era algo así como una caja de piano –lo cierto es que la imagen era muy borrosa– que tenía en su interior letras de madera, un abecedario susurrante compuesto por tipos móviles de una vieja imprenta tipográfica. Y el título era “La caja de música de Gutenberg”. De poco me valdrían ya aquellas cuatro frases que tenía anotadas sobre la escultura clásica. En su lugar recuerdo que escribí: “¿Qué pasa con la música en tiempos de G.?”. Y también “J.C.: Su voz siempre ferruginosa y musical”.

Hasta que otros hallazgos quizá no tan inesperados –ya digo que durante esos días estériles había dejado funcionando una especie de radar en mi cabeza, emitiendo señales en busca de complicidades por la geografía de mis pasos, mis libros y mis recuerdos– vinieron en mi ayuda. Una anotación sin duda desechada para algún intento fallido: “En su sangre perduraban como rastros oscuros el duro fanatismo del calvinista y las supersticiones de la pampa”, y la fotografía de una abadía centroeuropea que encontré marcando las páginas de un libro sobre el arte cisterciense.

La visión imprecisa de la obra, la fortaleza monástica y el aroma de un mundo antiguo se fueron fundiendo hasta mostrar su alma. Puede que se diera ese momento del que habla Joyce, ese instante de emoción o epifánico que impulsa la creación artística. Así surgió este relato que pretende una precisión cartesiana o spinoziana –el rigor de aquel pulidor de lentes– y a la vez aspira a la vibración de todo lo indefinido y del misterio, a esa formidable erosión de los contornos de la que habló Nietzsche.

“A finales del otoño de 1735, Hinrich Brunsberg, que había estado paseando cabizbajo por el puente que une el Hoch y el Mittelschloss en el castillo de Marienburg, en la antigua Prusia occidental, contemplando cómo el viento arrastraba las hojas de los abedules por el lago inmenso que en otros siglos había servido de foso y a una bandada de alocados estorninos que se recortaba sobre el cielo color cereza de aquel atardecer, volvió a su celda.

Había tomado la decisión de abandonar sus estudios de filosofía y regresar a su ciudad natal para seguir en el negocio familiar de orfebre. Mientras pensaba en ello, había mirado repetidamente sus manos, que eran hermosas y de dedos recios y suaves a un tiempo. Ese gesto mecánico, alejado de las volutas caprichosas del pensamiento abstracto, le había determinado a ello.

La estancia no era monacal, más bien pudo servir de lugar de descanso a algún privilegiado de la orden teutónica. Hasta la luz era aristocrática, servida al interior desde un alto friso geométrico de cerámica vidriada. La recorrió con detalle, algo que no había hecho en la rutina absorta de aquellos meses de estudio. En un pequeño altillo, en una hornacina disimulada tras un ventanuco ciego, encontró lo que parecía un pequeño códice.

Pudo observar que estaba impreso en Maguncia, en 1448, por Johann Fust, al que Hinrich recordó como socio de Johannes Gutenberg. Era un libro de música. Sobre los pentagramas estaban, escritas a mano, de manera delicada y bella, las notas del cantus planus. En otras hojas reconoció un psalterium y una pequeña colección de motetes. Pero al final del volumen le sorprendieron unas notaciones en caracteres desconocidos, y líneas y planos que parecían configurar un artefacto sin aparente utilidad.

Retrasó su partida, pero los días que el tratar de desentrañar el hallazgo lo retuvieron, ayudado por el maestro de capilla y un estudioso de la vecina Stratsund, no fueron fructíferos. Y las horas de estudio sólo sirvieron para provocar su inquietud, y quizá un vago temor.

La notación era singularmente burda, pero en aquella caligrafía repetitiva que quería ser musical rezumaba una incierta melodía. El musicólogo quiso aventurar que había similitudes con la grafía de la tosca cerámica de los galata, los hombres de gran cuerpo blanco, “habladores temibles”, según Michelet, que cultivaban los claros del bosque y eran adoradores de Esus, al que complacían colgando de los árboles cuerpos desmembrados. Pero nada habían dejado escrito; sólo los mitos que se mezclan con los de otros pobladores de la Gallia.

Esas leyendas dicen algo de una especie de aullidos sin estridencias, de lamentos, de sonidos que curaban a los animales, adelantaban las cosechas y detenían el hielo. Sólo los pronunciaban los más salvajes y obstinados, de rostro más oscuro, y el don perduraba a través de la sangre y de las aguas ferruginosas en algunos elegidos.

Sin que nadie viniera a interesarse después en él, el manuscrito se pierde en la Gran Guerra al derruirse en aquel ángulo oeste del castillo unos arcos de descarga.

De los aulladores ha hecho mención Rainer María von Rilke en sus escritos de juventud, en el diario de Schmargendorf, anotación del 3 de noviembre de 1899, en la que extrañamente precisa que son horas de la noche, de un silencio hondo y ancho, y los sigue tildando de acérrimos y salvajes, aunque, a veces, de corazón oprimido. Y también Franz Kafka, el funcionario que escribe hasta altas horas de la madrugada, en las notas previas a la redacción del coito de K. con Frieda en El Castillo, para describir la extrañeza y el extravío de los amantes en el mundo ajeno: einer Fremde… der Fremde… vor Fremdheit. Explica que esas frases pronunciadas repetidamente pretenden desacelerar el tiempo del amor y otorgar al texto una cadencia nostálgica.

Lo que podía ser copia de los planos de la caja o máquina para emitir lamentos, o quizá el Verbo primigenio de los que nos decimos cristianos, apareció a finales del XIX en la pequeña biblioteca instalada provisionalmente en el refectorio de verano del gran maestre en Neustadt, en la vecina Polonia. Pero, sea por lo inescrutable de los antiguos saberes o por el temor a despertar sonidos como aquellos que un día llegaron a derribar las murallas, nadie se había atrevido a construirla”.

"Febrero del 71". © Pintura de Juan Carlos Uriarte.

“Febrero del 71”. © Pintura de Juan Carlos Uriarte.

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