Envío 22 (mercados, yupis, parejita…)

© Fotografía: Eloísa Otero.
© Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Ahí va ese con una jaula en la mano y dentro un canario amarillo y cantarín.

Cruzando la ciudad, de punta a punta; en la mochila, secretos que pesan, pruebas de una intimidad. Si la cartera volcase su contenido en plena calle, al aire, a la vista de todos, ¿se formaría un corro, llamarían a la autoridad competente?

Cada ciudadano y cada ciudadana con sus mochilas, con sus secretos, garantía también de su propia condición. De un extremo al otro, cruzando el río, las vías del tren, yendo, volviendo a casa.

Sucedió en un mercado de los domingos, sentí que el ser más minúsculo y desprotegido, Garbancito, se movía en medio de la multitud, se confundía con todos, él mismo era esa multitud. Bajo los soportales dos mozos con los antebrazos tatuados ofrecían su mercancía: una jaula con hurones. Uno de ellos husmea libre, vigilado por la mano fuerte del mozos. La multitud está bajo la luz cegadora del domingo; pero yo me quedo clavado ante la jaula: las bestezuelas tienen los ojos encarnados, como grosellas. Son demonios menores y muy activos. Entonces oigo que en una esquina de la plaza surge el grito mínimo de Garbancito, pues él también ha visto los ojos de los hurones, los cazadores que entran hasta lo hondo de la madriguera para morder a ciegas, sólo morder y arrastrar. El chillido de ese ser minúsculo es creciente, ahoga todo el bullicio de la multitud festiva.

Había en otro mercado unos niños que iban recogiendo del suelo restos de las verduras; ellos eran diminutos y las hojas de col, en comparación, parecían venidas de un huerto hiperbóreo. Las alzaban sobre la cabeza, como si fuesen en procesión alegre y adornada, un domingo de ramos. Entre risas llevaban los despojos verdes hasta la olla de la madre.

Dos paisanas se saludan en la calle; una dice, cuando la otra se dirige a ella: Digo, voy a dejarla a ver si me ve. Leonesas.

A plena luz me encontré ante unas grandes puertas; me asaltó la memoria predecible y vi salir un carro tirado por vacas; un hombre guiaba a la pareja con la aguijada; vi más atrás: el portal y el acto de uncir a las bestias. Entonces se abrieron las puertas y salió un anciano con una carretilla para recoger cartones.

Por la noche, en casa, oí a los esposos que mullían la cama como se mullía la paja en el establo.

El contribuyente indignado. Oye a lo lejos una sirena, se va acercando, pasa ante sus narices el camión de los bomberos a todo gas. Y él exclama, le sale: ¿A dónde irán esos mangantes? Con mi dinero.

Hay una nueva generación de yupis. Trajes muy ceñidos, bufanda y corbatón. Como unos adolescentes que hubieran crecido muy deprisa, ahora parecen raquíticos. Pero no. Si los comparamos con aquellos otros de hace veinte años, qué diferencia (con sus trajes desgarbados, sobrando tela, sin aire alguno). Estos son figurines, gente guapa, los nuevos gestores de la miseria común.

Ver venir a uno que te parece conocer (“a ese le muerdo yo”, decía Andrés), pero está mucho más joven que la imagen que guardabas de él, alarmantemente joven; y trae una cara de plato, una cara de pasmado… Ahí salta la ciencia ficción. Imaginar que hay un programa de rejuvenecimiento en marcha, y algunos se han acogido a él, a partir de ahora deberás ir más atento por las calles, irás descubriendo más de estos rejuvenecidos estupefactos.

La parejita de novios gordos, van cogiditos de la mano, tan jóvenes y tiernos. Cuando se cruzan conmigo, le oigo decir a la mofletuda, como en una ráfaga, tres palabras: Desayuno, comida y cena… Y nada más. La maldición de la coherencia.

Acabo de llegar a una ciudad de la cual desconozco su nombre. Hombres, como yo, circulan por las calles. Nada me liga a ellos. No soy conocido en la ciudad; yo no conozco a nadie. Esto me da una independencia, de que gozo, porque sé que nadie vendrá a perturbar mi libertad.

Observo: casas, calles como en todas partes, vehículos, plazas… y siempre el SOL, el cielo, la geometría de las alineadas casas y el árbol, el agente de seguridad, las tiendas, y la estación del tren.

Circulo entre la gente, oigo sus voces, una sonrisa, un gesto, dos que hablan en una esquina, otro que saluda… ¿Qué me liga a todo esto? Nada, y todo. Nada, porque a nadie conozco ni sé de nadie; pero todo, porque yo también soy un hombre. Y si ahora hiciera un gesto extravagante, dejaría al momento de ser ese hombre libre que circula: despierta la atención sobre mi persona, ya entraría en relación de algún modo, con los que me rodean…”. Lo ha escrito el pintor montevideano Joaquín Torres-García.

Tantas veces las ganas de hacer ese gesto.

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