Bares y soledades: la Mazmorra, el Darío, el Tubillas

© Fotografía: Agustín Berrueta.

© Fotografía: Agustín Berrueta.

Vigésimo quinta entrega del narrador y profesor universitario leonés, quien colabora en TAM TAM PRESS con una singular sección quincenal de pequeños relatos cuyo título, “Lenta es la luz del amanecer”, quiere ser todo un homenaje al fallecido escritor Antonio Pereira. En cada ocasión, los relatos aparecen ilustrados por el fotógrafo leonés AGUSTÍN BERRUETA.

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Por FRANCISCO FLECHA

La Mazmorra

Volvió después de treinta años y doscientas derrotas a la espalda al bar donde venían por entonces a cantar, con la fiera ternura de la edad, canciones de Paco Ibáñez y Pablo Guerrero, convencidos como estaban que habría de llover, habría de llover, habría de llover a cántaros.

Ahora, después de tantos años y algunas lluvias tímidas todo parecía igual y al mismo tiempo tan distinto en este viejo mesón de La Mazmorra: abajo cantaban los tunos de un encuentro.

Eran otras las canciones, las caras y quién sabe si también las esperanzas.

El Darío

Las tardes eran lentas (como los amaneceres en aquellos aeropuertos del poeta) y la soledad, paciente y silenciosa como la novia primera, cuando venía a acurrucarse al lado de la estufa en la cantina de Darío.

Adormecido por el calor y la monserga de los partidos del domingo en el sonido confuso de la radio, el sacristán del Mercado repasaba, una vez más, las doscientas aventuras amorosas que podía haber tenido y que no tuvo.

Que no hay nada mejor que el recuerdo amodorrado de las cosas que no han sido cuando te pilla la noche, la nostalgia y el cansancio en una de estas cantinas del Mercado.

El Tubillas

Decían que Laureano, el de la casilla de la Renfe, había sido atacado por esa rara enfermedad que nos borra todas las huellas del pasado y que se pasaba el día mirando a la pared con los ojos pasmados de los muertos, pero en vida.

Efrén, en el Tubillas, defendía que no. Que no era eso, sino que, en estos tiempos de derrotas, había perdido la ilusión de inventarse los recuerdos.

Que no es otra cosa la memoria, decía mojando la galleta en el vaso de aguardiente, que esa puta manía que tenemos los pobres de inventarnos un pasado que convenga.

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