Reparaciones Valcárcel Medina

Isidoro Valcárcel Medina en el documental "No escribiré arte con mayúsculas".

Isidoro Valcárcel Medina en el documental “No escribiré arte con mayúsculas”.

La poeta madrileña escribe su particular crónica de la presentación hace unos días en Madrid del documental “No escribiré arte con mayúsculas”, sobre el inclasificable artista murciano Isidoro Valcárcel Medina —Premio Velázquez de Artes Plásticas 2015—, realizado por Miguel Álvarez Fernández y Luis Deltell.

Por ANA GORRÍA

¿Está el mundo bien hecho, como decía Guillén? ¿Es posible reparar el daño, los daños, las ausencias, las faltas? Esa pregunta nos asalta a cada momento mientras observamos los testimonios de las soluciones, las acciones y las obras de Valcárcel Medina en el documental “No escribiré arte con mayúsculas” de Miguel Álvarez Fernández y Luis Deltell.

Valcárcel Medina, hoy reconocido con los máximos galardones de la institución y, sobre todo, querido por sus pares, lleva desde los años sesenta del pasado siglo desarrollando su trayectoria a través de acciones, arte sonoro, instalaciones desde una oposición virulenta a la figura del artista como institución, que se ha repetido a sí mismo públicamente a lo largo de estos años que el arte debe ser un ejemplo pero nunca una acción ejemplar.

Bajo este arco argumental, los dos directores proponen una tarea que parece asimilar la poética de Valcárcel Medina en relación a su postura ante el documento, la reproducción técnica y la exclusividad del mercado del arte. Así, se convocan los testimonios, en ausencia de obra, de Maite Angulo, Rocío Areán, Tono Areán, Miguel Cereceda, José Manuel Costa, Norberto Dotor, Carmen Gutiérrez, Pilar Huete, José Iges, Trinidad Irisarri, Jordi Massó, Fernando Millán, David Pérez, Yolanda Pérez Herreras, Esteban Pujals, Alfonso Puyal, Julia Ramírez, María Roeseler, Domingo Sánchez Blanco, José Antonio Sarmiento, Camino Valcárcel, Isidoro Valcárcel Medina, Jaime Vallaure y Pelayo Varela, de manera que se impone la lógica del testigo o del comentarista, del constructor de relatos alrededor de la obra de Valcárcel Medina.

Los protagonistas del documental –en que también se encuentra, como relator de sí mismo, Valcárcel Medina– exponen su relación con la obra y con el artista, comentan sus intervenciones, o relatan el relato que alguien les ha referido, como es el caso de la acción No escribiré arte on mayúsculas . Esta acción es narrada por una niña que no estuvo en el aúla vacía cuando no había nacido. Ella nos refiere que le han contado que Valcárcel Medina contó que en una Facultad de Bellas en la que paseaba un profesor dictaba a sus alumnos la trascendencia del hecho artístico. Cuando el aula se quedó vacía el artista murciano escribió en la pizarra, hasta que la llenó, la expresión No escribiré arte con mayúsculas. La niña cuenta que al acabar de escribir Valcárcel Medina se marchó y al regresar el profesor y los alumnos se encontraron con esa muestra anónima de la que nadie se podía responsabilizar.

La producción examina la trayectoria de Valcárcel Medina desde un viaje en coche al Escorial, en el que Isidoro graba el sonido de los motores y luego lo expone. Los críticos describen la exposición proponiéndola como una de las piezas pioneras del arte sonoro en España. No solo eso, los intervienientes y constructores del relato de No escribiré arte con mayusculas describen las acciones, casi arbitristas, de Isidoro Valcarcel Medina alrededor de proyectos públicos, como es el detalle de las viviendas de protección oficial en el que el artista trabajó con rigor pese a que el estudio de arquitectura que pidió su colaboración no pudiera aprovechar casi nada de los planos en que trabajó.  O la construcción, casi imposible, de su propia casa en Guadarrama. O sus proyectos como la ideación de la Torre de los Suicidas, la Casa del Aire o la Casa del Paro, como nódulos de urbanismo. O la exposición de la Oficina de Gestión de Ideas donde Valcárcel desarrolló una instalación que mimetizaba la burocracia del momento y ofrecía sus servicios a los ciudadanos que se acercaran para «gestionar sus ideas» y resolver los problemas que se le planteaban. Y según cuenta el galerista, Valcárcel desarrollaba soluciones, reparaba, los inconvenientes que se le planteaban. Así, por ejemplo, a una persona que le planteó a Isidoro Valcárcel la imposibilidad de irse de vacaciones porque no tenia dinero, el artista le sondeó para saber qué lugares de Madrid no conocía bien y le gustaría ver. Y al día siguiente, el artista le entregó un croquis con un Madrid para ser viajado. También, se nos cuenta, que Valcárcel se refiere a sí mismo como el inventor de “la performance judicial”, al animar a una galerista, también abogada, a llevar a juicio a una aseguradora por el deterioro de una obra conceptual y llenar el juzgado de tasadores, marchantes, galeristas, artistas, críticos de arte… hecho que movía a la jueza en el procesoa decir a la secretaria judicial, apunta, apunta… con el feliz resultado de ganar el juicio frente a la aseguradora.

Valcárcel Medina también interviene en la pieza para ser testigo de sí mismo, da cuenta de sus orígenes, de su formación, de su relación con el arte y con la práctica artística. Relata su relación con Zaj y su participación en los encuentros de Pamplona. El documental incluye también reflexiones y análisis, como la de Fernando Millán al comentar la acción que realizó en el MACBA pintando un muro blanco de blanco con un pincel del cuatro. El poeta experimental afirma que la obra de Valcárcel Medina es la constatación de la angustia de un individuo que se siente dependiente de su entorno. O el análisis detallado que realiza un especialista en arte conceptual de la pieza conceptual de Valcárcel, la chuleta, con apuntes en la mano para poder comentarla. Además se describen las conferencias en morse que realizó en diferentes países y la inmersión del autor en el proceso por el que durante un período de su vida se comunicó en morse con su entorno. También se introduce la reflexión de Valcárcel sobre la legitimidad del artista para intervenir en el mundo a través de la exposición Interferencias en que el autor acudía a comedores sociales para pedir quince platos de comida y servirlos en el Círculo de Bellas Artes a precio estándar.

El documental concluye con una visita a una de las últimas acciones de Valcárcel Medina. Un apeadero abandonado de un pueblo desierto al que el artista acude a saludar a los trenes. Y se cierra con el vacio de la figura de Valcárcel Medina en ese apeadero en el que ya no se sienta nadie a saludar a los viajeros de los trenes que pasan.

La presentación del documental se cerró con un coloquio con Miguel Alvárez Fernández, Luis Deltell y Valcárcel Medina. Las preguntas fueron pocas, pero se pusieron al servicio de la reflexión en común. La primera preguntó a los hacedores del documental sobre la responsabilidad ante la memoria, cuál era el papel de esta, dada la profusión de testimonios, la ausencia de «una» verdad. Alguien, emulando la acción de 1973 Conversaciones telefónicas, introducida en el documental, se dirigió a Valcárcel Medina para decirle que le gustaría hablar con un artista, y que si podría darle su número de teléfono para hablar con él, cosa que Valcárcel sonriendo hizo. Siendo apuntado además por Luis Deltell que, en la actualidad, Isidoro se encuentra realizando un Diccionario personal y que su contestador saluda al visitante con algunos de los términos con los que está trabajando. Y aquel que llame, que sepa que tendrá que esperar no uno ni dos ni tres sino más de cinco minutos de Isidoro recitando los términos en los que está trabajando en la actualidad.

También, se reflexionó sobre «la incomodidad productiva» que promueve toda la obra de Valcárcel Medina. Sobre el documental como una analogía muy bien conseguida, dada la prevalencia de la palabra respecto no presencia de obra en ningún momento, con el proyecto de Valcárcel Medina orientado a subrayar ausencias, a delatar faltas. A proponer reparaciones dada la imposibilidad de la restauración y recuperación de lo perdido. Se dijo a partir del visionado de la película que parecía que la obra de Valcárcel Medina ponía en tensión los extremos de lo obligatorio, de lo útil y de lo necesario. Y se le preguntó al artista si sentía que su obra se debía a la urgencia de lo necesario, de la necesidad. A lo que Valcárcel dijo: ¿tú crees que esto es necesario?, y no era una pregunta retórica, dijo, te lo estoy preguntando a ti. A lo que le respondieron con convicción que claro que lo era, «para poder construir mi relato». ¿Y por qué escribo yo esto si la obra de Valcárcel Medina nos lleva a preguntarnos sistemáticamente por la relación que existe entre documento y poder, como ámbito de la estructuración de la visión y de la acción del otro frente a «lo ingobernable de la acción» que señaló José Luis Pardo a propósito de la obra del murciano? Porque los testimonios hacen falta, falibles, tal vez absolutamente desconectados del hecho que refieren. Y mis dos amigas Marta Azparren y Sandra Cendal, esta última en los títulos de agradecimiento, no pudieron llegar a Cineteca el día que proyectaron el documental sobre Valcárcel. Eso fue allí y entonces y ya, como el arte de Valcárcel, es imposible de restaurar o de recuperar. Reparar esa ausencia, suya, ese allí y entonces que ya no podemos restaurar, decirles y decirlas para construir un testimonio que pueda convertirse en testimonio de otros testimonios es el objetivo de haber elaborado este pequeño texto que quiere, además, en un futuro no muy lejano, ser acompañado de las palabras de los directores del documental, que se ha construido a base de palabras y palabras y palabras y…

Isidoro Valcárcel Medina durante la presentación de su exposición en el Musac. © Fotografía: Eloísa Otero.

Isidoro Valcárcel Medina durante la presentación de una exposición suya en el Musac a principios de 2015. © Fotografía: Eloísa Otero.

*NOTA: Isidoro Valcárcel Medina ha recibido en 2015 el premio Velázquez de Artes Plásticas, que concede el Ministerio de Cultura a toda una trayectoria y que está dotado con 100.000 euros. En su fallo, el jurado reconoce su “sólida y coherente trayectoria de medio siglo” y “la sobresaliente aportación al arte desde el compromiso ético, político y social, habiéndose convertido en un referente crítico en la escena artística contemporánea internacional”.

Desde que en 2002 el español Ramón Gaya recibiera este galardón en su primera edición, le han sucedido Antoni Tàpies, Pablo Palazuelo, Antonio López, Luis Gordillo, Antoni Muntadas, Jaume Plensa y Esther Ferrer, así como el mexicano Juan Soriano, el brasileño Cildo Meireles, la colombiana Doris Salcedo y el brasileño de origen portugués Artur Barrio.

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