Envío 23 (Mussi, Hula Hula, Benjamin…)

"Una garza en el Bernesga" (enero, 2016. Imagen tomada desde el denominado "puente de Triana", en León). © Fotografía: Eloísa Otero.

“Una garza en el Bernesga” (enero, 2016. Imagen tomada desde el denominado popularmente “puente de Triana”, en León). © Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Miré hacia un portal, vi cómo alguien desde el interior barría y venteaba el polvo. La acción, aquel polvo expandiéndose por la calle, era un signo que no podía interpretar. El portal, la mujer con la escoba, la calle, yo mismo, todos estábamos dentro del invierno. Dentro de un lugar bien conocido, pero que se presentaba con los signos de lo alarmante. Sólo la diminuta nube de polvo era positiva, tenía su valor ante la fuerza del invierno.

Ciertos anuncios en las marquesinas de las paradas del autobús: soy un gatito, me he perdido, me llamo mussi… Y Mussi o Pussy anda feliz y salvaje por los basureros, peleando por las gatas, echado al monte, un proscrito despeinado.

Como esas madres que se dirigen a su nene: “Iván cariño, corazón, no te hagas daño…”. Iván pega patadas, se pelea bufando con el guerrero invisible, da gritos, Iván el terrible, cariñín… La ceguera del cariño.

Tres ráfagas en el álbum. Cruzando la pasarela del río, la pasarela ya para siempre de la memoria sangrienta (por la que tanto suspiraba mi madre entonces, para ir a León, evitando el temible puente de San Marcos, estrecho, ventoso, con camiones) oigo a unas mujeres hablando. Pillo una frase, sólo una: Allí ingresada, con tantas gomas.

Subo el talud, hacia el paseo, y una chica le está diciendo a otra: Tengo muy claro, le dije, que eres tú quien habla por boca de tus amigos.

Y ya vuelvo para casa, cuando, frente a la parada del autobús, un hombre más que maduro se despide de una mujer con una bonita expresión antigua: Adiós, criatura.

(La criatura, de su misma edad, iba forrada contra el frío, con unas medias de lana azul que le engordaban las pantorrillas, de por sí bien rollizas).

En la calle de la burguesía los pisos tienen ventanas y balcones macizos. Nunca se asoma nadie, nunca hay una figura familiar ocupando esos huecos. Sólo se pueblan en los desfiles patrióticos, se adornan con colgaduras, proclaman que la ciudad otra vez ha sido tomada por los vencedores: banderas, pendones, trapos teñidos que son símbolos, señales de una conciencia exhibida en el exterior: soy del Madrid…

Un hombre le va diciendo a su mujer: Haberse enamorado de semejante piojoso… El pobre padre ofendido (y celoso), supongo yo en esta ráfaga.

Me crucé con la gran mujer blanca: los ojos desorbitados (como en las muñecas llamadas peponas) detrás de unas gafas de millonaria en Miami, el escote lechoso, prominente. Nos cruzamos, la miro, la adelanto. Entonces, oigo que me llama con una voz ceceante, extremeña, andaluza: “Oye, oye”, me vuelvo, me acerco. Tiene en las manos una cajita de fantasía, una arqueta con brillos baratos. “Mira lo que tengo de Canarias”. En una ráfaga me viene aquella escena de la película Belle de jour, de Buñuel: el japonés que abre otra cajita, no vemos su contenido, sólo la sorpresa de las mujeres al mirar. “Mira lo que tengo de Canarias, qué bonito”. Abre la cajita: dos relojes de imitación, oro falso o bajo, oro alemán, como se llamaba entonces. Qué bonito.

El ídolo del Hula Hula me mira, tristón, desde la pared. Locales de la memoria clausurada. Otro más.

Había en el Rastro de este domingo un viejo caballero musgoso que, gritando “¡barato, todo lo doy barato!”, mostraba su única mercancía a la venta: era un peine, un peine con aspecto de usado, que mostraba en la palma de la mano. ¿Estaba ido? ¿O hacía la pantomima del dicho común: no vendo un peine?

Mañana gélida de enero. Pasa en ráfaga un coche con las ventanillas abiertas, soltando su peste, chunda chunda. (¿Por qué tengo yo que aguantar esto?, ¿sólo por ser conciudadano?). Pasa y me imagino un final para la estampa esa: el tipo recorre la ciudad con su ráfaga de chunda chunda y coge frío, una pulmonía, se le complica. Fin. (Qué difícil a veces no desear el mal ajeno).

Leo el nombre de una calle: Calle ausente. y pienso en la lejanía: Walter Benjamin y su diario de enamorado en Moscú, allá por los años veinte del pasado siglo, que tituló Calle de dirección única. Pienso en él, que escribió: “Importa poco no saber orientarse en una ciudad. Perderse, en cambio, en una ciudad como el que se pierde en el bosque, requiere aprendizaje. los rótulos de las calles deben entonces hablar al que va errando como el crujir de las ramas secas, y las callejuelas de los barrios céntricos reflejarle las horas del día tan claramente como las hondonadas el monte”.

En el escaparate de una librería: QUINCENA DE LA POESÍA LEONESA.

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“Una garza en el Bernesga” (enero, 2016. Imagen tomada desde el denominado popularmente “puente de Triana”, en León). © Fotografía: Eloísa Otero.

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