Previsores

Fragmento del altar de Domitius Ahenobarbus (Museo del Louvre).

Fragmento del altar de Domitius Ahenobarbus (Museo del Louvre).

Por LUIS GRAU LOBO

Entre los pueblos antiguos, una de las profesiones más acreditadas se dedicaba a escudriñar el futuro en las entrañas de los animales sacrificados, el vuelo de determinadas aves o las más peregrinas manifestaciones de la mudable naturaleza que imaginarse puedan. Hombres poderosos y sensatos confiaron en esas adivinaciones hasta el punto de poner en peligro sus vidas y el destino de naciones por causa de una tonalidad menos carmesí de lo común en la sangre de un becerro. Aún hoy, pese al descrédito de las supersticiones, proliferan pitonisas y arúspices en canales de televisión infames y nocturnos, destinados al saqueo de almas cándidas sin que a nadie se le ocurra vetar tales embaucamientos.

Quizás sea porque hay quien vive de fraudes similares hoy día. ¿De qué otra cosa sino de revelaciones agoreras podemos calificar los alarmantes avisos de entidades crediticias, banqueros y agencias calificadoras cuando nos persuaden sobre a quién tenemos que preferir, dónde tenemos que encaminar nuestra voluntad de ciudadanos si no queremos perder de vista ese crecimiento económico convertido en piedra filosofal de la deriva de Occidente? Y no solo se trata de defender a los propios, cosa que se deduce llanamente cuando comprobamos el apego de estos adivinos de pacotilla hacia las derechas de toda la vida. Esto siempre fue así: los hechiceros se postraban mezquinos ante el poderoso como una forma de justificar y aferrarse a su vil canonjía. Solo que ahora sucede al revés: el poder se arrastra ante tales adivinaciones como si fueran reales, porque acabamos por temerlas. Pero aún hay más. En la época de –pongamos por caso– Julio César, estos oráculos habrían dado con sus huesos en galera. No otro lugar merecen sus sonoros desatinos y el descrédito ganado con predicciones una y mil veces rectificadas, una y mil veces falsas, una y mil veces interesadas. Pero ahí siguen, señalando que todo irá mal si no hacemos lo que dicen. Y hacemos lo que dicen. Y todo va mal.

(Publicado en La Nueva Crónica de León, el 20/2/2016)

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