Noche de amor en el Hotel Monterrey

© Fotografía: Agustín Berrueta.

© Fotografía: Agustín Berrueta.

Trigésima tercera entrega del narrador y profesor universitario leonés, quien colabora en TAM TAM PRESS con una singular sección quincenal de pequeños relatos cuyo título, “Lenta es la luz del amanecer”, quiere ser todo un homenaje al fallecido escritor Antonio Pereira. En cada ocasión, los relatos aparecen ilustrados por el fotógrafo leonés AGUSTÍN BERRUETA.

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Por FRANCISCO FLECHA

El Sr. Castelló, viajante de material de corsetería de la prestigiosa firma “Hilaturas de la Viuda de Don Jacinto Montaner i Calvó”, llegó a la jubilación con su pelo engominado, su traje gris marengo, su olor a “Varón Dandy”, su maletín con las muestras del oficio (raso, satén y piel de ángel, aceros y ballenas, ojeteros y elásticos blancos, negros y salmón para ligueros), aquel aire lánguido y cansado que tanto gustaba a las mujeres y que había ensayado durante años, copiando a Humphrey Bogart y un montón de anécdotas recopiladas tras cuarenta años de hoteles y clientelas.

Aunque, de todas ellas, sin duda, la más celebrada era la que contaba que le había ocurrido en el Hotel Monterrey de Salamanca.

El Monterrey era ya un poco como su casa. Después de todos aquellos años de absoluta fidelidad como cliente, no necesitaba ni siquiera reservar:

—”Sr. Castelló, bienvenido a esta su casa. ¿Qué tal por Barcelona?. Por aquí, ya ve usted: resistiendo, como siempre. Tenga, la 225. ¿Le despertamos a las siete?”

Pero esta vez notó como un cierto nerviosismo en el conserje.

—”Ya ve usted, Don Javier, tendrá que disculpar. Tenemos un jaleo inmenso. La cosa de una Cumbre Extraordinaria de las Academias de la Lengua de todos los países de habla hispana. No se puede usted imaginar: esto es un Babel, hablando todos a gritos y a la vez. Siento tener que decirle que, ya ve usted, por primera vez no vamos a poder darle la 225, que la ocupa el Embajador de Costa Rica. Pero no se preocupe, ¡Estaría bueno!, que para usted siempre habrá un hueco, aunque alguien tenga que dormir en la escalera. Mire usted. Está libre la 418. Es pequeña, al lado del torreón. Recogida y silenciosa, aunque hoy, no sé qué decirle, porque la torre la tenemos reservada para una pareja de recién casados y ya sabe usted que aquí los muros no son todo lo discretos que debieran”.

—”Bueno, bueno, no me importa. Comprenderá, Fermín, que después de todo un día conduciendo no creo que me enterara de nada aunque les diera por rebrincar junto encima de mi cama”.

Pero allá por las tres de la mañana, aliviando la vejiga por la cosa de la próstata, le pareció escuchar los suspiros y quejidos de una moza, débiles y espaciados al principio, pero aumentando en el ritmo y en la urgencia.

Y quién lo iba a decir, después de tantos años, sólo, en medio de esta ciudad hermosa y mesetaria, sintió, como en la mili, la bravía llamada de la sangre entre las piernas.

Salió de aquello como pudo, imaginando las suertes eternas de la lidia entre los machos y las hembras. Y se durmió como un niño, rematada la faena.

Cuando cerraba la cuenta, con Fermín, por la mañana, como obligado a compartir con un amigo la experiencia, le dijo:

—”La habitación, bien, pero tenías razón, Fermín: ¡Qué poco discretos son los muros!. La pareja cumplió. Es más, puedes certificar, si es necesario, que el rito del matrimonio ha sido consumado”.

—”No, Don Javier, que se equivoca: La pareja anuló por la noche la reserva. La habitación se la dimos, a última hora, a una pobre muchacha con un dolor de muelas y un flemón que daba pena.

— — —

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