“Celorio el de Geras. Tú sabes”, el relato de José María Menéndez López que inspira la “ruta del Celorio”, en León

©Ilustración del escultor Amancio González Andrés.

© Dibujo del escultor Amancio González Andrés que sirve de logotipo a la “Ruta del Celorio”, en la provincia de León.

Reproducimos un relato del escritor y editor leonés José María Menéndez López, que en realidad es el emotivo canto a los valores de la amistad, la tolerancia y el respeto en el que se ha inspirado la denominada “Ruta del Celorio”, un trayecto en la comarca leonesa de Gordón, en pleno corazón de la Reserva de la Biosfera del Alto Bernesga, que se inaugurará de forma oficial próximamente y que cuenta con la literatura y la escultura como principales atractivos.

Esta ruta, de unos 5,5 kilómetros por la montaña leonesa, estará coronada por una impresionante escultura realizada por Amancio González Andrés de cerca de 1,5 toneladas de peso. La pieza, tallada sobre mármol negro, representa una mano que sale de la tierra con el objetivo de alcanzar las estrellas que coronan el cielo de Paradilla de Gordón.

“CELORIO EL DE GERAS. TÚ SABES”

Por JOSÉ MARÍA MENÉNDEZ LÓPEZ

Celorio viene al mundo fuera de tiempo, a sangre, de nalgas: su madre lo nace en las tierras, en Geras, y su padre, comadrón por necesidad, deja en claro la azada para arrancárselo del vientre a fuerza de manos, que las tiene como garras. De aquello le queda a Celorio un hablar timbrado, la frente desacostumbradamente ancha, unos ojos afilados y como llenos de agua, y cierta apariencia de ave zancuda; le queda también el cuello rígido y un no poder acostarse para dormir, ni para nada, cosa que hace de pie, estribado en una estaca, en una sebe, o contra un árbol, o en cualquier sitio si tiene gana.

Cuando pequeño, la primera vez que lo llevan a la escuela, se pierde durante el recreo, la segunda se escapa y la tercera no va. En realidad, no huye: le tiene gusto a subir como otros escogen arrastrarse: trepa al crestón de granito de Paradilla que domina el valle y gasta allí las horas mirando el cielo de frente, que hacia arriba no es capaz, o espigando guijarros de colores en los quiebros de las torrenteras, jaulas de luz que luego intercambia por un rato de amistad entre los otros críos del pueblo. El maestro entiende cabal dejarlo en paz, porque Celorio sin duda está loco y el maestro no está para locos.

Un día Celorio hace aparte y cuenta una treintena de guijarros, los mejores de su colección: casi un millar. Busca al Paco, de quien no recuerda un solo agravio, y le entrega el regalo. El Paco, un rapaz de naturaleza reposada, desorbita los ojos al recibir el tesoro, hipa de gozo y dice «Gracias», no dice nada más porque no lo espera y porque, a su idea, no tiene cosa alguna con que agradecer. Celorio, que no entiende de deudas, le taja una de sus miradas y resuelve con voz campanuda: «Luego de muerto, que me entierren arriba, tú sabes, entre los peñascos, cara al cielo, que ahora nunca puedo verlo».

Veinte años después, mediada la guerra, al Paco lo reclutan de oficio porque tiene hechuras y conoce el monte. Le dan un fusil y una gorra y lo mandan a vigilar desde lo alto las maniobras del enemigo. El Paco obedece y vigila y no ve nada durante meses, hasta que una tarde, él y otros tres son convocados a las afueras del pueblo por el capitán, un tipo ventrudo con trazas de asesino, para cuadrar un pelotón de fusilamiento: van a ejecutar al Celorio, a quien han encontrado la noche anterior dormido en la tienda de mando, y como que dormía de pie y tampoco se avino a explicarse, lo juzgan de espía.

El negocio queda emplazado para el atardecer. Llega la hora, solos capitán, pelotón y reo; se lee la sentencia y se organiza el tinglado; a la voz de fuego, al Paco lo ciega el recuerdo de los guijarros, se llena de coraje, maldice el reglamento y apunta alto; los otros, que también conocen al Celorio, deciden, cada uno a su manera, matarlo sólo un poco, y el infeliz cae al suelo con dos balazos en un hombro y otro en el vientre, pero cae tan falto de ministerio, que se tronza el cuello contra un pedrusco y va contrayéndose hasta quedar así, acurrucado, paralizado pero vivo, gimiendo de estupor como un niño.

El capitán estalla en blasfemias, luego escupe sobre el cuerpo, desenfunda la pistola y se apresta a propinarle el tiro de gracia. «Si lo hace, lo reviento», oye a su espalda, y se vuelve: el Paco lo está encañonando ahora. «¿Me entiende, cabrón? ―el Paco insiste, tiene los ojos anegados de guijarros de colores―: ¡Si aprieta el gatillo, juro por dios que lo reviento!» El capitán vuelve a escupir: «¡Imbécil!», masculla con indiferencia suicida mientras amartilla el arma y apunta a la sien del caído. El disparo se produce a bocajarro: suena como un golpe de agua abierta, y apenas si tiene persistencia, excepto por el eco.

El cuerpo del capitán voltea y se desmorona como una corteza seca; los demás, perplejos, ni se mueven cuando el Paco se vuelve contra ellos, interrogándolos en silencio. Un instante después, se ahombra al moribundo y lleva el paso hacia Paradilla, hacia lo alto, «tú sabes». Los otros lo dejan ir sin mediar palabra; esperan allí las cinco horas que le toma subirlo a la cumbre para tenderlo cara arriba, entre las rocas; esperan todo el tiempo que vela su agonía mientras lo escucha susurrar poniendo nombre a tantas estrellas que nunca ha visto; esperan a que lo entierre y esperan aún más, hasta su vuelta.

Amanece cuando regresa. Para entonces, sus compañeros han acordado un informe donde la muerte del capitán sobrevino como consecuencia del rebote fatal de una bala. El Paco se opone, no entiende el porqué de arriesgarse por su causa. Uno de ellos, uno de su mismo pueblo, responde con otra pregunta: «¿Y por qué lo hiciste tú?». Al Paco se le vienen de nuevo los guijarros a la mirada: siente rabia: no quiere llorar, pero sus ojos destellan. «Por un amigo», contesta. «Ya…», replica su paisano con voz ahogada; mira al punto a los otros y zanja de una vez la polémica: «Pues por lo mismo nosotros».

: : Sobre José María Menéndez López

Escritor y editor, José María Menéndez López nació en León en la década de los 60. Ha publicado libros de relatos—Cuentos de Otros (1990), Retablo impío (2011)—, novelas —Markham (2001), Memoria del odio (2010) y El libro de la pausa (2010)— y libros de narrativa —Apócrifos (1997), Cento (2000) y Crónicas (2003)—. También ha participado en un puñado de libros colectivos y ha ganado una docena de premios de relatos. Se pueden leer textos suyos en su página web: www.jotamml.com

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La ruta del Celorio

Un paseo entre Geras y Paradilla de Gordón, más cerca de las estrellas

La “ruta del Celorio” —inspirada en el magistral relato de José María Menéndez López: “Celorio el de Geras”, reproducido más arriba— compone un trayecto a pie, de mínima dificultad y apto para todas las edades, por una hermosa zona de la montaña leonesa entre Geras y Paradilla de Gordón. Consta de unos 5,5 kilómetros y alrededor de una hora de duración, y al realizarla se podrá disfrutar y contemplar un paraje natural bellísimo a lo largo de todo su recorrido, para culminar con unas vistas espectaculares desde el mirador de Paradilla, quizás la aldea más pintoresca de La Reserva de la Biosfera del Alto Bernesga.

La ruta se inicia en las inmediaciones de la ermita del Santo Cristo de Geras, del siglo XVIII, al pie de la carretera comarcal LE-473, que conecta la Pola de Gordón y Aralla de Luna, y finaliza en una cortada natural cercana a la ermita de Paradilla, de clara inspiración románica.

El texto del relato irá desgranándose a lo largo del trayecto en ocho estaciones o hitos, de manera que el paseante siga un itinerario imaginario, a la par que avanza entre los parajes que tan eufónicamente describe su toponimia: Se sale desde Los Pisones por el camino del Avesedo de Lagos y continuando por Los Prados de Lagos. Comienza a subir por Tras del Cueto. Arriba, Las Collás, La Montaña, La Sierra y Valpandín por la fuente de La Fontanilla. Ya en Paradilla, cuando el camino alcanza la carretera, Las Xeras, La Collada y El Alto la Sierra para finalizar en La Mosica.

La “ruta del Celorio” estará coronada por una impresionante escultura realizada por Amancio González Andrés de cerca de 1,5 toneladas de peso. La pieza, tallada sobre mármol negro, representa una mano que sale de la tierra con el objetivo de alcanzar las estrellas que coronan el cielo de Paradilla de Gordón —estrellas que dan sentido a la historia del Celorio y que el viajero sentirá que casi puede tocar con sus dedos cuando culmine el trayecto.

El proyecto de esta ruta ya ha sido presentado ante los servicios territoriales de Medio Ambiente y de Espacios Naturales Protegidos de la Junta de Castilla y León, y cuenta con una subvención de la Diputación de León, con la financiación de la Junta Vecinal de Paradilla de Gordón, promotora de la iniciativa, y con la colaboración del Ayuntamiento de La Pola de Gordón, la Junta Vecinal de Geras y la Reserva de la Biosfera Alto Bernesga. Una vez que se tengan todas las autorizaciones medioambientales, se iniciarán las obras para que el proyecto pueda ponerse en marcha el próximo verano.

Está previsto también que la escultura de Amancio que dará un sentido especial a esta ruta se presente el próximo sábado 9 de abril en la galería Ármaga, donde el escultor muestra este mes una magnífica exposición titulada “Metal”.

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La idea de la ruta

La “ruta del Celorio” se le ocurrió hace unos años a los hermanos Orlando y José Manuel González Fernández, como una manera de revitalizar la zona y de mostrar al mundo la belleza y la singularidad del entorno de Paradilla, su pueblo. La fatalidad hizo que entre los seis mineros que perdieron la vida en octubre de 2013, tras un escape de grisú en el Pozo Emilio del Valle de la Hullera Vasco Leonesa, se encontrara Orlando.

Tres años más tarde, su hermano José Manuel —presidente de la Junta Vecinal de Paradilla— ha querido sacar adelante este proyecto que ideó con su hermano, para lo que ha contado con la ayuda y la complicidad del escritor Juan Carlos Pajares y del escultor Amancio González, quienes han dado un sentido mas trascendental a la ruta a través de la escultura de la mano y del relato del Celorio, de José María Menéndez.

Información complementaria:

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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