“Huesos de Jum. Huesos de Gur”, por José Ramón Vega y José Pajares Iglesias

Vega y José Pajares Iglesias, en el Babylon, durante la presentación del libro.

Vega y José Pajares Iglesias, en el Babylon, durante la presentación del libro. © Fotografía: Gallo García.

Reproducimos, bajo estas líneas, los textos que leyeron el fotógrafo José Ramón Vega y el escritor José Pajares Iglesias durante la gozosa y entrañable presentación del libro de relatos de este último, “Huesos de Jum. Huesos de Gur” (Canalla Ediciones), el pasado viernes 29 de julio en la sala Babylon (León).

Relatos con fotografía y música

Por JOSÉ RAMÓN VEGA

Bueno, como el Pájaro me insistió en que fuese yo quien presentase su libro, no me ha quedado más remedio que leerlo. Todos conocéis la amistad que me une con esta persona, así que lo que aquí yo diga o apunte mejor lo ponéis en cuarentena, pues seguramente seré todo lo que sea menos objetivo.

Pensaba leerlo tranquilamente en mi aldea berciana, pero he tenido que leerlo a toda leche y con premura para poder escribir estas líneas. He dicho leerlo y he dicho mal, porque este libro, esta colección de pequeñas historias que nos trae Jose, el Pájaro pequeño, no lo he leído, lo he devorado.

Algunas historias ya las conocía, otras las he leído una y otra vez, fijándome unas veces más en la forma, otras veces más en el fondo. Esta colección de cuentos es como una caja de bombones, nunca sabes qué esconden dentro hasta que les hincas el diente y os aseguro, amigos y futuros lectores, que os podéis encontrar, perfectamente amalgamados, sabores familiares junto con otros venidos de remotas tierras, sabores dulces y sabores amargos, sabores placenteros y sabores dolorosos. Sí, una caja de bombones o de pequeñas píldoras, pequeñas cápsulas concentradas, llenas de esencias, gestos manuales, sensaciones que se te meten en el estómago, guiños, nanosegundos que son eternos, sustancias dopantes, agujas hipodérmicas, nicotina, amores delicados y amores prohibidos, whiskys, anillos de fuego y cerezos en flor.

El otro día Vicente Muñoz comentaba muy acertadamente que prácticamente todas estas pequeñas historias giran en torno a dos de los grandes temas: la muerte y al amor o el amor y la muerte, como gustéis.  Es cierto, hay mucho de ambas cosas ahí dentro y muchas camas, mucha horizontalidad, mucho tálamo, mucho amor y mucha muerte conjuntadas en torno a un lecho, el lecho como escenario en donde se concibe la vida, lugar en donde querer, y el lecho como último soporte físico antes de último suspiro.

No soy crítico literario, ni mucho menos. En el instituto siempre discutía con los profesores de literatura porque me negaba a hacer aquellos horribles “comentarios de texto”, pero sí he leído bastante, nunca lo suficiente, como para disfrutar plenamente de la buena literatura y distinguir de una manera subjetiva lo bueno de lo mediocre. Veo estas historias como recreaciones sugerentes, historias montadas en torno a una idea, unas veces inventada y otras veces real. Tu escritura rebosa de imaginación y de concisión. Alguno de los relatos incluso se me queda corto, me hubiese gustado más desarrollo, como una película que te tiene atrapado y temes que se adelante el final. Pero Pájaro es certero y rápido de escritura, con una narración tremendamente concisa, le bastan apenas dos pinceladas para crear el ambiente y meterte de lleno en la historia. Al leer tus relatos, a veces yo buscaba más códigos y más referentes, pero no los precisaba, quería alargar el plano, pero tú lo has querido así, el contexto daba para más, pero tú te has contenido, has ido al grano y no necesitas de más introducción ni de más extensión. Principio y fin. Punto.

Hay fotografía en estos textos, imágenes nítidas, un enfoque abierto, en gran angular, con toda la escena montada y cada objeto colocado en su preciso lugar. Yo lo veo en blanco y negro, todas y cada una de las ambientaciones de estos textos los imagino en un blanco y negro puro, contrastado, dramático, a veces crepuscular. Hay fotografía y hay música, mucha música, hay satánicas majestades, guitarreros albinos, hombres de negro, canadienses errantes, pelirrojas con la garganta y las venas destrozadas, trompetistas del bebop… y hay olor, un sutil olor a cloroformo, a éter, un olor que te embriaga y que todo lo envuelve.

Es difícil crear y sobre todo crear algo nuevo. Lo que más valoro del proceso creativo son dos cosas. La originalidad y tener un sello propio, te puedo asegurar, amigo Pájaro, que tú tienes las dos. Has tardado en llegar, pero has llegado para quedarte.

Vega y José Pajares Iglesias, en el Babylon, durante la presentación del libro. © Foto: Juan Carlos Pajares.

Vega y José Pajares Iglesias, en el Babylon, durante la presentación del libro. © Foto: Juan Carlos Pajares.

“Y armé mi relato…”

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Les encontraron abrazados. Frente a frente. Con los brazos entrelazados. Un hombre y una mujer jóvenes. La edad no llegó a desgastarles. Aparecieron en Mantua, en Verona, donde Shakespeare situó el drama de Romeo y Julieta mucho tiempo después. Ese abrazo permaneció intacto hasta que una excavación arqueológica de 2007 dejó que el sol se posase sobre ellos por primera vez en 6000 años. Sobre aquellas calaveras enamoradas. Se les conoce como los amantes de Valdaro, y son el único caso conocido de doble sepelio en la Antigüedad. Demasiado bueno para dejarlo pasar, pensé al leerlo. Y armé mi relato. Y les nombré. Porque intuí que vivieron en todas las fronteras. La que separa al animal de ese otro ser capaz de elaborar relaciones afectivas complejas. La que, despreciando el gruñido funcional de su grey, ideó los rudimentos de un lenguaje propio. Una jerga callejera antes incluso de que hubiese calles. Los fundamentos de un código que les permitiese la llamada. Una llamada que propiciase la parada nupcial diferenciándose de todos los demás sonidos del bosque. Imaginé que el ser humano inventó el lenguaje en aquel lecho de aquel río italiano para encontrarse con el depositario de todos sus deseos. Y les llamé Jum y Gur. Y un escalofrío de emoción me recorrió entero la primera vez que les oí llamarse el uno al otro. Con los pies en el agua y el deseo percutiendo en sus gargantas. Porque al nombrarse se volvieron únicos. Dejaron atrás a la bestia que simplemente se aparea propiciando el cortejo y la certeza del otro tras la llamada pactada. Os tengo que confesar mi debilidad por ellos. La ternura que me provocan en su ímpetu pionero. Muy efímero. Muy intenso. Muy puro. Vivieron deprisa. Murieron jóvenes. Y dejaron hermosos cadáveres. Por eso ésta colección de relatos lleva sus nombres. Por eso ellos aparecen en la preciosa portada que, reinterpretando la foto del yacimiento arqueológico, ha hecho mi amigo Torri de forma magistral. Ellos cierran la colección de relatos. Porque he querido llevaros desde el día de hoy hasta esos días de peligros y fronteras en que casi no éramos ni humanos, pero intuíamos que debíamos nombrar lo amado para acercarlo, para hacerlo posible. He querido pensar que nuestra primera palabra no fue para nombrar un arma de guerra, sino que fue un dulce aullido de deseo. Ese poso de la antigüedad que no era más que una foto en páginas de arqueología me dio pie para imaginar. Les miraba buscarse. Les vi encontrarse muchas veces. Y les vi morir a la orilla de aquel río. Quizá despertaron en mí preguntas dormidas. Porque seguí hablando de otros. De otras peripecias vitales. Siempre eran parejas. Casi siempre había un lecho. O la posibilidad de él. O su insinuación. Lechos que funcionan como cuarteles generales. Camas en que alguien ha quedado varado sin el timonel de su dicha y se convierten en yacer doliente y en reposo del último aliento. Estancias donde alguien invita a quien lleva una vieja herida a unos minutos de paz y sosiego. Habitaciones de hotel donde alguien oculta un terrible secreto en un pañuelo manchado de sangre. Camas compartidas con huéspedes inoportunos que aspiran a robarnos el alma mientras dormimos. Los puntos de vista eran infinitos. Conocí anécdotas de personajes reales, célebres, que se mezclaban con las de otros inventados por mí. Mentí narrándolas todas porque deseé que las sintiéseis reales. Veréis desfilar por éstas páginas a Clark Gable, a Johnny Cash, a Robert Capa, a Janis Joplin, a José Antonio Primo de Rivera. Suicidas japoneses se confunden con espectros y demonios más intuídos que manifiestos. Santa Teresa de Jesús espera paciente en un patio y Robinson Crusoe añora su isla. A su lado, hay quien venera un recuerdo aferrado a un bote de pastillas letales y un montón de fotos. Pero el denominador común es casi siempre el mismo: el deseo. Un deseo innegociable que ignora lo establecido y se derrama el sirope de chocolate por encima de forma impúdica y descarada. Un deseo que burla unos instantes a la muerte aunque la sepa inminente. Y la conjura con placer.

Todo esto fueron durante mucho tiempo un montón de relatos de temática común. Todas esas parejas se iban quedando por casa con sus afanes, y yo las miraba cómplice pero sin hacerles demasiado caso.

Yo había visto sus pequeñas muertes, y en algún momento reparé en que la otra, la grande, la definitiva, sobrevolaba toda la colección de alguna manera. Coincidió con una búsqueda en la red que me llevó a la relación existente en la Grecia clásica entre thanatos y thalamon. (La raíz etimológica de Thanatos es Tha y la única otra palabra griega con la misma raíz es Thalamon, el tálamo nupcial. Thalamon es el lugar de la casa donde habita la esposa, es la habitación central y también la más oscura. Thanatos o la muerte aparece vinculada, por un lado, a la oscuridad y al encierro y, por otro, a la mujer y al amor)

Creo que en ese momento tomó forma el libro que hoy presento. Había desde el principio un sustrato no consciente que hacía convivir a los amantes en casi todos los relatos con sus circunstancias y al mismo tiempo con la presencia permanente de esa muerte. En ocasiones el placer es la antesala última de ese destino. En otras se intuye el drama y éste se demora aún algún tiempo. En los casos en que esa muerte ha sido buscada, se convocan los espectros de aquellos a quien más se ha amado para desenvolver el trance con esos últimos placeres. Cuando la vieja de la guadaña se presenta de improviso, sin embargo, se apuran los nanosegundos que quedan de hálito vital rememorando esos encuentros. La vida intenta imponerse en las últimas batallas. Las que están perdidas de antemano.

Ese fue el instante en que todos éstos amantes pidieron vivir en éste libro. Se asomaron uno tras otro a la tumba de los amantes de Valdaro y fueron componiendo el relato, un electrocardiograma que comienza a imprimirse en la Prehistoria y se detiene en un piso de Barcelona, en una alcoba pequeña con una cama grande, donde yace alguien que se cansó de la soledad irreversible y de leer mapas en los que ya no hay vida alguna. Son lechos….o son tumbas?

El modo

¿Cómo les engañaba para que hablasen?. Los que me conocéis sabéis que llevo una guitarra eléctrica colgada del cuello desde hace más de 30 años. Muy arriba, en mis particulares altares paganos, están ellos. Los Rolling Stones más sucios. Los más empapados en blues y opio. He leído todo aquello que ha caído en mis manos al respecto de ellos pero, sobre todo, su exilio del sur de Francia a principios de los 70 es de mis pasajes favoritos. Allí se hizo el inmenso “Exile on main street”, quizá su obra maestra. Oigo ese disco varias veces al mes. Sé cómo lo hicieron. Dormían. Y se encontraban en el sótano para tocar y ver dónde les llevaba ese blues de adormidera. Todos éstos relatos han sido mi jam session particular, a la manera de los viejos Stones. He dado vueltas con todos los personajes. Les he provocado. Les he enfadado. Les he dejado tranquilos. A la vuelta de varios días, o semanas, estaban listos para tocar conmigo. Entonces me sentaba a escribir. Quería su pulso nervioso. Su sinceridad a bocajarro. Pensarles vivos a mi lado ha sido una ayuda. No es escribir lo más crítico de todo el proceso. El esqueleto. Los huesos erguidos son lo importante. No puedes ayudar a que se alcen. Hay un tempo. Hay un tono. No funciona de otro modo. Vengo de una sala de juegos donde sonaba rock and roll. Vengo de las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía. Vengo de forma muy especial de los viejos comics de la Marvel, repletos de super héroes. De ver mucho cine. Alguno hasta bueno. De mirar embelesado las portadas y las contraportadas y los insertos de los discos cuando tenían un tamaño suficiente como para tapar tus rodillas. Vengo de abrir un libro que me compré en el Rastro hace 25 años con las letras de Dylan traducidas y recuerdo esa fascinación al sentir que el Rock, esa música que hasta entonces sólo había servido de entretenimiento, decía cosas que otros muchos libros no decían. Ahora veo los vasos comunicantes entre todo aquello que ha llamado mi atención toda la vida. Creo que estoy empezando a contarlo.

Releyendo éstos días Huesos de Jum Huesos de Gur me he dado cuenta que la oscuridad hace acto de presencia con frecuencia. Lo curioso es que yo creo que cada pequeño rayo de luz que se cuela por las rendijas de éstos relatos parece brillar con el doble de intensidad. Esa luz de vida no nos miente sobre la tristeza, la soledad o la muerte. Simplemente se impone como una luz de vida que conjura esa muerte cierta. Por eso creo que es nuestra obligación devorarla.

Presentación de “Huesos de Jum. Huesos de Gur”. © Fotografía: Andrés Edo.

Presentación de “Huesos de Jum. Huesos de Gur”. © Fotografía: Andrés Edo.

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“HUESOS DE JUM. HUESOS DE GUR”

Hilos. Dos hilos. Dos hilos finos. Dos hilos finos de sangre resbalaban por la cara interna de los muslos de la muchacha. Plantada en medio de un claro de aquella fronda exuberante, con las piernas algo abiertas, el pelo mojado pegado a la cara por el intenso aguacero, las manos también impregnadas de sangre, giradas hacia sus propios ojos, mirándoselas con sorpresa, sin entender. El chico se quedó quieto frente a ella, oliendo el aire que le llegaba desde allí, con su zurrón de harapos a la espalda. Dentro, una pequeña musaraña muerta y un puñado de arándanos maduros. En su mano, su lanza con punta de sílex. La misma lluvia violenta de primavera mojando al macho y a la hembra. Él no reconoció el olor de su grey en ella. Sí el de un instinto lacerante que le hizo temblar, como cuando lo hacía la tierra y del monte salía aquel fuego pastoso, letal e incomprensible. Ella siguió asustada un segundo, viendo cómo la sangre abandonaba su cuerpo despacio, sin que fuese consciente de haber sido herida por alimaña alguna, ni de haberse alejado del área de seguridad tanto como para ser atacada por algún extraño. Pero el muchacho que estaba frente a ella no le era familiar, y puso en guardia todos sus sentidos, aunque entendió casi de inmediato que la huida era imposible en esa distancia tan corta. Así se quedaron un minuto que pareció una jornada. En un momento, él comenzó a acercarse con la mirada algo humillada, dando a entender con el gesto que no tenía intenciones depredadoras. Ella le observó y, de forma inexplicable, se fue tranquilizando a medida que se acercaba. Usaron todos los sentidos para investigarse. El olfato, sobre todo. Ella olía a sangre, sin duda. Pero había algo más en aquel perfume regalado por el bosque esa mañana. Un olor de llamada. Algo que él reconoció sin haberlo olido antes. Ella olió el sudor. Picante, dulzón, adolescente. Y de su boca salió un sonido. Una pequeña tos neolítica nerviosa, como una carcajada a la que le hubiesen cortado los brazos y las piernas, y sonase corta, intensa, una tos que verbalizase la alegría y el deseo de todo el valle, el río, y todas las criaturas que compartían en ese instante la peripecia vital de estos dos ejemplares perdidos. Él se acercó tanto a su cara que rozó las guedejas de pelo revuelto, mojado, con algún resto de barro. Le pareció la criatura más hermosa. Ella mostró las palmas de sus manos. Quizá le quería decir que estaba herida. Las manos de la muchacha terminaron en la cara del joven, dejando una marca de vida que no borraría ya ni ese agua ni la del resto de los días. Los cuerpos rodaron por el barro casi hasta la orilla de aquel río que les daba cada día a ambos de comer, en diferentes tramos de ribera. Y se alimentaron saciando un hambre que nunca antes habían tenido. Una que ya no dejarían nunca de tener.

La noche había caído, y ellos dormían abrazados, sobre hojas húmedas, ajenos a los peligros del bosque en esas horas de caza nocturna de tantas alimañas. Ella despertó. Le miró y, en un gesto instintivo de defensa, se fue. Él tardaría algunas horas en despertar. La buscó aquel amanecer. La buscó los siguientes. Cada vez que salía, solo o en compañía, a recolectar o a cazar, la presa codiciada siempre era ella. Y aquella mañana de verano la encontró. Estaba metida en el río hasta la cintura. Intentaba pescar torpemente. Él se acercó. Le reconoció y emitió aquel sonido, aquella protopalabra que sonó dulce, lasciva, inocente. Gur. En el lecho de aquel río, aquella mujer nombró a su amante. Él abrió la boca y de su garganta salió nítida, prístina la palabra Jum. Ellos no lo sabían, pero aquel era un bautismo pagano avant la lettre. Sólo tenían el lenguaje de sus cuerpos hasta entonces. El de las miradas. Desde ahora también estaba el de la identidad. El que les hacía únicos para el otro. El que les distinguía de todos los demás. Ahora, cada vez que se separaban y volvía cada uno con los suyos, se despedían tranquilos. Habían dado un salto de gigante. Cada vez que se añoraban, volvían a sus tierras de romance, a su territorio de sublime caza, y sólo tenían que aullar aquellos nombres inventados, funcionales. Gur. Jum. Y el otro acudía a la llamada. Acudía presuroso por la umbría y el claro como los jabalíes salvajes tras sus crías. Acudía con el corazón botando en el pecho. Acudía casi aullando.

La mañana en que ella no acudió, en la zona oscura del bosque, el rocío no se derretía ya en las horas centrales del día. El verano había acabado y era ya preciso cubrirse con más pieles. La buscó por todo el bosque hasta que dio con ella. Tendida en el suelo. No contestaba a la llamada. Jum. Jum. Jum… La zarandeó un poco. Le horrorizó que le hubiese pasado lo mismo que él ya, tantas veces, había visto. Cuando la vida abandona los cuerpos y ya no vuelven a levantarse ni a comer ni a cazar. A medida que pasaban las horas fue cediendo a esa idea y pensó en irse. Pero, entonces, notó aquel escalofrío en la nuca. Se llevó la mano al cuello y la empapó en su propia sangre. Cayó fulminado hacia delante. Vio los pies de aquella gente. Los aullidos guturales de uno de ellos abrazando el cuerpo inerte de la chica. Las lágrimas, los infernales cánticos, mientras a él la vida se le iba en ese fino hilo de sangre que caía al lado de sus ojos, en las hojas, y se precipitaba despacio hasta el río. Pensó que el río benefactor se alimentaba ahora de él. Que era justo. Oyó el canto de algún pájaro en medio de un sopor casi dulzón. Notó cómo su corazón perdía brío. Pero aún tuvo tiempo y fuerzas para girarse y mirarla. Ausente de la grey desconocida y enemiga, hizo algo que desarmó a todos los guerreros. Abrió su boca por última vez y la nombró. Jum. Después la abrazó. Y después murió. Quizá la superstición nació aquel frío día neolítico al lado de aquel río italiano. El hecho es que ninguno de aquellos hombres tuvo valor para separar a los amantes. Allí fueron enterrados. Ningún abrazo humano ha durado tanto. El río sigue pasando. Pasmado. Aún espera volver a bañar algo tan hermoso.

"Huesos de Jum. Huesos de Gur".

“Huesos de Jum. Huesos de Gur”, un libro de relatos de José Pajares Iglesias.

 

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