Ramiro Pinto: “Las palabras son un universo paralelo a nuestra conciencia”

Ramiro Pinto Cañón. © Fotografía: ileón.com

Ramiro Pinto Cañón. © Fotografía: ileon.com

Nacido en Madrid, Ramiro Pinto es leonés por voluntad propia y descendencia familiar. Ha visto representadas sus obras ‘¿Quién es Alexandra?’ y ‘Monólogo con Pessoa’. También ha escrito ‘Rejas del alma’, una obra teatral que reconvirtió en novela bajo el título de ‘Reyerta’. En su faceta como novelista, fue finalista del premio La sonrisa vertical con su obra ‘Elevnai’ –en referencia a la mujer de Ceauçescu, presidente de Rumanía–. Es colaborador habitual en prensa y sus colaboraciones han provocado intensos debates. Ha sido impulsor del Ágora de la poesía de León. Ensayos como ‘Contra lo irracional’, ‘Las sectas al descubierto’, ‘Sectas: trampa y engaño’ etc completan una extensa biografía intelectual.

Por ELOY RUBIO CARRO
Desde astorgaredaccion.com

Portada del libro.

Portada del libro.

Acaba de editar el libro de narraciones ‘Cuentos con burbujas’, se trata de una obra muy crítica con esta ‘Sociedad del espectáculo’ que nos ha tocado vivir o que nos vive si creemos al personaje de ‘Los que hablan están locos’. Abundan en el libro el humor, el buen y el mal humor, el sarcasmo y hasta el histrionismo. En cada narración se aborda un aspecto de la realidad de manera subversiva, la técnica es en unos casos, como en ‘El imperdible del tiempo’, la delicadeza que lleva a perder la vida propia; o el descabalamiento de un modo de suceder hasta la parodia disparatada: Léase ‘La jaula del loro’.

— ‘La jaula del loro’, el más largo de sus cuentos, cuenta los avatares disparatados de un paisano de pueblo que utiliza el metro para llegar a su hijo ¿Representa esa aventura disparatada el disparate del mundo en que vivimos?

Sí, de una sociedad desquiciada que no se da cuenta de su manera de vivir, que funciona por inercia, que es desesperante, pero nos adaptamos a dicho mundo y en el fondo algo dramático se puede convertir en humor… para sobrevivir a una forma de vida trepidante, donde la dicotomía entre el mundo rural y el urbano se ve, por otra parte, invadidos ambos, por un mundo virtual, cibernético….

—En muchas de sus narraciones aparecen personajes tachados de locos. Son locos juiciosos, con teorías de la normalidad y de la locura. ¿En qué medida piensa usted que la locura es la manera que tiene la colectividad de hacer pagar a los diferentes su diferencia? ¿Puede ser la locura en ocasiones una manera, aunque dolorosa, de escapar a la unidimensionalidad que impone la vida actual?

—Sí es un escape, a veces de la misma realidad y de uno mismo… suceden casos patológicos porque hacen sufrir a la persona… Pero no se ve la locura que encierra la ‘normalidad’, asumida por definición, que lo es por una manera de vivir impuesta. A quien se sale del molde se le hunde de muchas maneras: social, psicológica, afectivamente…

—¿Cómo entender hoy en día la obra de arte? Si desde Duchamp los artistas pretenden suprimir la distancia entre lo real y lo representado ¿En qué condiciones un estornudo puede llegar a ser considerado como algo valioso, ‘artísticamente’ valioso?

—Todo aquello que se haga con sentido artístico lo es, al menos subjetivamente. Aquello que es creado, aunque repita otras creaciones…  Pero este discurso del arte hoy se ha falseado, porque el problema es cuando con dinero público se paga a unos y a otros no… O los dueños de colecciones privadas… Desde el poder del dinero se quiere definir el arte y se elige quién es artista y quién no, quién es un desarrapado de las letras o de la pintura o de la música. Sucede a esto una rebelión que hace que muchos premios y museos de arte contemporáneo estén desprestigiados como definidores. Forma parte de la sociedad corruptora, que lo es en política, en economía, pero también en el arte y la cultura. De ahí las burbujas en los cuentos.

—La moda es otro de los temas de su libro. En ‘Oh Veccuchio’ satiriza la estética y la tiranía que ésta conlleva. Eso que se vende como libertad ¿puede volvernos presos? ¿No será acaso la moda, en la mazmorra en la que nos hemos metido, el avecilla que alegra al albor? ¿Qué desnudez de alma verán los niños que contemplen al tirano pasar en un desfile?

—La moda es un negocio, pero también una mentalidad construida en la sociedad, nos invade el pensamiento, el gusto, el criterio estético… Nos enfrentamos en el mundo moderno a la destrucción del yo. El arte es una reacción al mundo tecnológico que nos somete. El humor el arma que desmonta su majestuosidad y hace visible su ridiculez en estado puro.

—En otras ocasiones su histrionismo se abalanza sobre el mundo académico y científico en su intento de hacer cuenta de los sentimientos, de los arrebatos, los contagios emocionales. ¿Cree que ese modo de abordaje de la ciencia sobre el sentir humano está condenado al fracaso?

—Se condena al fracaso porque funciona sin sujetos como referencias, sino sobre modelos teóricos… No es más que un lenguaje, como lo fue la teología, las ideologías que asolaron el mundo. La ciencia se hace experiencia, creemos que es un hecho, pero es una percepción mediatizada. La misma ciencia, a medida que llega al fondo, se encuentra con ese ser desconocido que es el ser humano, como analizó hace un siglo Alexis Carrell en su obra ‘La incógnita del hombre’.

Y voy a poner un ejemplo. En los hospitales hay un equipo médico, ya no tienes a alguien concreto con quien relacionarte, a quién preguntar. hay incluso hospitales que ponen en sus paredes “Prohibido hablar con las enfermeras”, entonces ¿con quién? Esto no es un cuento. Bien, pues muchas veces al enfermo ni se le mira, ni se le toca… se lee el informe de los análisis, los resultados de ecografías y otras pruebas. !Y funciona! Pero desaparece el factor humano.

—En el relato ‘Los que hablan están locos’ las palabras son interpretadas como aquello que nos alejó del mundo, de la verdad de la tierra que aún subsiste en el animal. ¿No cree usted que aquel arte de vanguardia pretendería disolver la distancia y llevarnos de nuevo al mundo para dejarnos sin palabras? Y por último ¿no cree usted que la memoria, las memorias que vivimos, son memorias que nos viven, que somos presos de una memoria que ya no es nuestra? (Esto último lo digo por aquello que dice el loco del cuento de que somos instrumentos de los ordenadores, la TV etc)… En fin, demasiados temas para un libro breve de 119 páginas, que daría para seguir hablando y mucho.

—Muchas gracias. has cogido en tus manos la esencia del libro. Las palabras son un universo paralelo a nuestra conciencia. Definen. Por eso nos rebelamos e inventamos. Pero en un mundo repetitivo se convierten en nuestros ‘mandos’. Se llega a un punto en que lo que hablamos nada tiene que ver con lo que pensamos, con lo que sentimos, con nada… sino que las palabras son respuestas aprendidas a estímulos. En esto tiene mucho que ver el modelo educativo, que va más allá de una ley u otra.

Le memoria no existe, es una reconstrucción diseñada por nosotros, por intereses del presente y del futuro. Vale más el olvido, aquello que tratamos de recuperar. Como se puede concluir al leer la obra de Marcel Proust, ‘En busca del tiempo perdido’, este paso de lo temporal no queda fuera, sino dentro de cada uno y es el que encontramos en nuestro ser, somos tiempo, como plantea Martín Heidegger en su obra “El ser y el tiempo”. La memoria sin conciencia nos lleva al no ser, un campo propicio para el tener o envidiar por lo que no tenemos y así caemos en la codicia, en ver al otro como un rival, lo cual se oficializa con la ‘competitividad’ y educan a los jóvenes en estos criterios que llaman ‘valores’ como es eso de ser ‘emprendedores’. Los que hablan están locos porque no pensamos las palabras, las asumimos y nos envuelven, pero los que callan también. ¿No hay salida? Sí, entender que hay muchas formas de locura y lo que hay que hacer es que cada cual elija la suya, no asumir la que le imponen con un horario, con un papel que seguir en su vida… etc.

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