2 / Informas y anomalías

"Errantes 2". Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

“Errantes 2”. Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

El poeta leonés Aldo Sanz prosigue con la escritura de un relato urbano que tendrá continuidad, y que en cada nueva entrega aparece acompañado por una obra del pintor Esteban Tranche realizada al margen del relato. 

Entregas anteriores: 1 / La laca Nelly

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Por ALDO SANZ

Revolotean angelotes, amorcillos y ratas con alas alrededor de la ventana. Humo ascendente hacia el extractor de la cocina. Fuera de la casa los primeros síntomas de un calor sofocante. Coge una uva y  la lleva a la boca. Besa los pies de san Antonio, patrón de los días perdidos y evalúa seriamente vestirse o seguir durmiendo.

El urbano número 20 rodea Spolónplatz. Sugiere algo de anguila en busca de su presa. El señor de las gafas metálicas se embelesa mirando el muro de la cárcel vieja. El señor de las gafas metálicas es la presa de la anguila. A estos peces de cuero no se les puede contar ni un trocito de tu vida. Adivinan la debilidad, la sopesan tranquilamente y sobre el tapete verdusco de los fondos resbalas sin pensar en otra cosa.  No importa. Estás pringado de ideales sombríos que te parecen fantásticos, te das cuenta? Qué te vas a dar cuenta. Nadie conoce la complicidad de los actos simples, domésticos, actos ante los que es improbable que nos involucremos ni a media consciencia: dame la mano, dibújame una casa, ladea más el sombrero. Ese tipo de actos. Los días pasan rápidos, como la púa de los laúdes sirios.

Difícil continuar si no tienes la certeza de que algo vas a liberar, de que un manto de nutria alada te va a envolver y, por un rato, vas a dejar de jugar al quetepillo-quetepillo.

Fin de trayecto. El edificio tiene dos plantas. La planta de abajo funciona como vestíbulo. En el mostrador de la derecha hay montones de programas de mano con la relación de artistas, el título de sus obras y una pequeña introducción a lo que se expone en la segunda planta. En público sube y baja las grandes escaleras saludándose místicamente. La ocasión lo requiere. Todavía no han llegado las autoridades y aún todos somos semejantes a todos. Hierve el ambiente, si se puede decir hervir al zigzagueo desordenado de la gente. La mujer que parece tocada con un gato negro en la cabeza sube suavemente a la planta superior. Un guarda-jurado, con la energía que se le supone, aparta a uno de los artistas y le larga secamente: según usted, que algo sabrá de ésto, no puede haber una exposición conceptual sin ideas, no es así? No, no la puede haber, responde el artista arrinconado. Los ojos del guarda-jurado están clavados en los del artista que, casi sollozando, balancea la cabeza y confiesa: bueno, ahora ya sí, pero no tiene mucha importancia. Caravaggio, sin ninguna sorna, acerca su boca a la oreja de un visitante y dice: ponte más a la sombra, partiéndose de risa; plugiera el cielo que ahora mismo se derribaran los santos torreones, el delirio, el contrapeso de los sentidos, que no son más que tesón y dinero. El hombre de las gafas metálicas ha llegado huyendo de la anguila que le engulle. Siete rodillazos en el estómago de un lienzo abstracto. Ni uno más. El ascensor  que sube a los inválidos a la planta superior no acaba de funcionar. El artista sentado a su grupa no está desesperado. Mira con ternura el cielo de la   otra planta. Inalcanzable, de momento. Ese cielo. Las autoridades cogen sitio en la tarima del fondo. El público se arremolina para escucharles. El artista inválido no acaba de subir. La mujer del gato negro en la cabeza cierra los ojos. Respira hondo en una atmósfera irrespirable. Todos saben lo que es el latido de un corazón sin aire. A la silla de la reina, que le suban a la silla de la reina. No hay más que máscaras de geometría, de conversaciones oficiales, de fantasía. El elevador tiene un enganche desencajado. Cada uno sugiere una solución. Si viniera Marinetti lo arreglaría todo de inmediato. El discurso de las autoridades va a comenzar de un momento a otro. Hay que seguir intentando que la máquina se eleve. Las autoridades siempre tienen mucha prisa y no es cuestión de hacerles esperar. El artista sentado en la plataforma  huele el delicado perfume de la grasa que un funcionario esparce sobre los engranajes del elevador. El hombre de las gafas metálicas cree que ha despistado a la anguila. Se le ve mucho más tranquilo. Los aplausos de la planta superior preceden el discurso inaugural. Damas y caballeros…es aquí donde el arte adquiere su sensibilidad….por lo que es obvio decir que el buen gusto que nos acompaña….la palabra arte nunca la pronunciaremos de una manera gratuita….. La mezcla de grasa y artificio hace que la máquina, al fin, se eleve poco a poco hacia el sagrado cielo del aplauso….es de agradecer a los sectores más progresistas de la ciudad……¿De qué vale exactamente una plegaria?….siempre llevaremos con nosotros el aura vivificante del arte….¿y el hermoso refugio del amor?….en esta sociedad engrandecida por la cultura y el arte que tan bien representáis…..Los aplausos son unánimes. Las autoridades desaparecen de repente y el público comienza a descender. La máquina y el artista inválido llegan a la planta superior. La sala extenuada, casi vacía. A lo lejos, inalcanzable, los lienzos. En un rincón unas colillas apagadas con los pies ensucian el suelo resplandeciente. El señor de las gafas metálicas le da la bienvenida: no se preocupe por el suelo. Lo limpiarán y yo ya me he tragado todo el humo.

(…continuará)

Todas las entregas del relato, hasta el momento, aquí:

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