Manuel Cuenya: “La mejor manera de viajar es sentirlo todo excesivamente y de todas las maneras”

Manuel Cuenya-

Manuel Cuenya.

El escritor berciano Manuel Cuenya presenta el miércoles 28 de septiembre, a las 20 horas, su último libro de viajes, “Mapas afectivos”. El acto tendrá lugar en la sala Región del Instituto Leonés de Cultura (calle Santa Nonia), y el autor estará acompañado por el periodista y escritor David Rubio, director de La Nueva Crónica de León.

Unos días antes, este jueves 22 de septiembre, Cuenya participará a las 19 horas en una jornada sobre literatura de viajes junto al director del Teatro Bergidum, Miguel Ángel Varela. En la charla-coloquio, que tendrá lugar en el Museo de la Radio de Ponferrada, abordarán los diferentes tipos de libros o relatos de viaje, así como los principales autores del género a lo largo de la historia.

Por ELOÍSA OTERO

Portada del libro.

Portada del libro.

Manuel Cuenya (Noceda del Bierzo) acaba de publicar Mapas afectivos (León, La Nueva Crónica, 2016), un libro de viajes pero también de emociones en el que su autor calca su huella por distintas ciudades y territorios de España, Europa, Norteamérica y Norte de África, sin olvidar los caminos que recorren El Bierzo, su comarca natal.

Profesor, escritor, viajero, editor de la revista cultural La Curuja, y columnista en distintos periódicos —Diario de LeónLa Nueva Crónica, ileon.com—, de Cuenya escribe Julio Llamazares, en la contraportada del libro, que “viene de la estirpe berciana de Enrique Gil y Carrasco, de Carnicer, de Pereira, de Mestre, pero también de la rama dorada de los escritores viajeros” (Miguel Torga, Unamuno,  London, Chatwin, Baudelaire, la monja Egerea….), “esos hombres y mujeres que han vagado por el mundo en busca de explicación a su desasosiego pessoano, a su incomodidad espiritual y a su afán por conocer países”.

—¿Qué es “viajar” para ti, qué supone, qué te aporta, qué buscas en un viaje?

—Viajar es una forma de estar en el mundo, un modo de conocer, de confrontarse no sólo con tu propia realidad sino con otras realidades, con otras culturas, con otras gentes. Cuando viajamos nos exponemos a situaciones en principio desconocidas, lo que nos ayuda a percibir las cosas de otra manera.
Viajar es una forma de aprendizaje, genuina quizá, sobre todo cuando uno viaja con los cinco sentidos, abierto a nuevas sensaciones y experiencias, con la mirada y el olfato, por ejemplo, puestos en otros horizontes. Acaso porque la mejor manera de viajar es sentir, sentirlo todo de todas las maneras, como quisiera Pessoa, sentirlo todo excesivamente. Viajar es algo extraordinario, aunque uno no haga grandes viajes ni vaya a lugares supuestamente exóticos, porque en cada viaje uno puede extraer muchas enseñanzas. En los viajes podemos experimentar la sensación de alejamiento y a la vez acercamiento a la realidad, lo que nos permite tomar cierta distancia para ver mejor el punto de partida, o para verlo simplemente. Viajar siempre resulta estimulante e instructivo, y ayuda a dejar de mirarnos el ombligo y a quitarnos la caspa. Incluso nos enseña a situar los países en el mapa, y las ciudades en el lugar exacto.

Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación, como bien nos dijera el escritor Céline.

—¿De dónde nace tu pasión viajera?

—Tengo la impresión de que mi pasión viajera tiene que ver con haber nacido en el útero de la Sierra de Gistredo, en un amplio y nutricio valle, como el de Noceda, lo que a buen seguro me ha dado la fuerza suficiente para caminar por el ancho mundo. En cualquier caso, conviene saber que el paisaje es memoria, y Gistredo es mi memoria afectiva.
Cuando era un rapacín me preguntaba qué habría detrás de Gistredo. Sentía una gran curiosidad por saber qué se encontraba tras la montaña sagrada y mítica, donde en tiempos se refugiaran algunos perseguidos durante la inmediata posguerra incivil. Por una extraña razón o sinrazón imaginaba que tras Gistredo estaría Londres (mapa afectivo incluido en mi reciente libro), lo que no resulta tan desnortado, porque si siguiéramos en dirección norte, en una línea más o menos recta, se acabaría llegando a Inglaterra. Es probable que fabulara con Londres porque había leído a Dickens y sus novelas ‘Oliver Twist’ y ‘David Copperfield’. Obsesiones de la infancia, en cualquier caso.

En la infancia, cuando se va conformando el individuo, soñaba, casi de forma recurrente, con volar cual si fuera un pajarito. Y es que a uno le gustaría hacerse golondrina y volar adonde haya calor, como diría Cortázar, calor afectivo, añadiría yo. El vuelo como ideal y principio de libertad. Confieso que se me erizan los pelos del alma cada vez que me subo a un avión. El despegue, sobre todo, me resulta puro éxtasis. Es un buen chute, sin duda. Un viaje alucinógeno o psicodélico (viaje interior) que no requiere de ningún tipo de sustancias, sólo las que se procura el propio cuerpo, los neurotransmisores adecuados.
Bien pequeño comencé a leer historias gráficas, Joyas literarias, así se llamaban, entre las cuales estaban algunas obras de Julio Verne, como ‘La vuelta al mundo en 80 días’, ‘Cinco semanas en globo’, ‘Viaje al centro de la tierra’ o ‘20.000 leguas de viaje submarino’, lo que me enganchó definitivamente y para siempre.

Luego llegaron Stevenson con ‘La isla del tesoro’ (y muchos años después ‘Viajes con una burra, Modestine, por tierras francesas’), ‘Los viajes de Gulliver’, de Swift y algún cuento de ‘Las Mil y una noches’, como ‘Simbad el Marino’, y de este modo se despertó aún más mi curiosidad por la aventura y el viaje.
Y como complemento a todo esto me quedaba hipnotizado cuando escuchaba las historias de los muchos nocedenses que habían emigrado a las Américas, entre ellos, mi padre, que viajó al Brasil en los años 50, o una vecina, casi familiar, que lo había hecho a la Argentina. Entonces, el viaje hacia nuevas tierras se convirtió para mí en una verdadera obsesión. No en vano, estuve viviendo, ya mayorcito, durante algún tiempo en México, mapa afectivo incluido en mi reciente libro de viajes. Seguí creciendo al amparo de lecturas e historias que se me antojaban deliciosas, y descubrí los libros de viaje de Cela, como el primer ‘Viaje a la Alcarria’ o ‘Viaje al Pirineo’, o bien ‘El Quijote’, de Cervantes, que es una maravillosa novela de viajes/aventuras.
Y durante mi estancia como Erasmus en la ciudad francesa de Dijon me entregué a las lecturas de Henry Miller, que me recomendó mi amiga canadiense Jessica Torrens. Henry Miller, además de un gran viajero (me entusiasma su ‘Coloso de Marusi’), es sin duda uno de los más grandes escritores que ha dado el siglo XX, porque, entre otros asuntos, trató de devolver la vida a la literatura.

—¿Te gusta viajar solo o en compañía?

—Me gusta viajar solo porque de este modo uno anda más espabilado, más atento a todo, y puede empaparse más y mejor del viaje. También puede resultar agradable cuando uno viaja en afectuosa y/o amistosa compañía. Lo que no me gusta nada es viajar en manada, eso no, aunque confieso que alguna vez también llegué a viajar en rebaño. Y sinceramente no me entusiasma.

—Decía una vez el escritor Juan Aparicio Belmonte que hay escritores que escriben con brújula y escritores que escriben con mapa. ¿Cómo viajas y cómo escribes tú?

—Ambas formas pueden ser válidas y hasta complementarias, tanto para abordar la escritura como para viajar. Aparicio Belmonte, que es buen escritor y además imparte talleres de escritura creativa, sabe bien lo que dice. Eso creo.

Cuenta Saramago en ‘Viaje a Portugal’ que “el viajero no es turista, es viajero. Hay gran diferencia. Viajar es descubrir, el resto es simplemente encontrar”. Y el encanto del viaje reside, a buen seguro, en el descubrimiento, en el brujuleo, en el nomadeo, en el extravío incluso. Ahí están por ejemplo mis ‘Viajes sin mapa’. Aunque a veces uno ha echado en falta no haber llevado encima una guía, un mapa, algo que oriente al viajero.

En cuanto a la escritura con brújula o con mapa, a menudo les insisto a mis alumnos y alumnas que, para construir un relato o un cuento, lo mejor es planificarlo todo, incluso saber de antemano el final, como hacía el maestro Poe. Existen relatos y novelas magníficas en este sentido como ‘La metamorfosis’, de Kafka, ‘El túnel’, de Sábato, ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes, o ‘Crónica de una muerte anunciada’, de Gabo, por mencionar sólo algunas obras.

Por otra parte, hay obras como ‘Cristo versus Arizona’ que da la impresión de que estuviera escrita con brújula, llevado el Nobel por el ritmo de su torrentera verbal.

—En “Mapas afectivos” sigues la estela de un libro anterior publicado en 2008, “Viajes sin mapa”, con nuevos rumbos. ¿Cuántos países has visitado desde entonces y cuántos aparecen recogidos en este nuevo libro? ¿Por qué mapas “afectivos”?

—En ‘Mapas afectivos’ sigo la estela, como bien dices, de ‘Viajes sin mapa’. Una nueva aproximación a los viajes, al igual que lo fuera ‘Viajes sin mapa’, que contó con el apoyo del escritor y periodista argentino-berciano Eduardo Keudell.

Y en esta ocasión aparecen nuevos sitios, otros mapas afectivos, aunque también vuelvo a aquellos lugares en el mundo que me han marcado: Marruecos es un país que he visitado en diversas ocasiones y al que siempre regreso porque encuentro algo que me devuelve a mi infancia, que me religa en cierto sentido con mi tierra.

En esta ocasión, para ‘Mapas afectivos’, he contado con el impulso de ‘La Nueva Crónica’, gracias a su director David Rubio, así como con el magnífico prólogo del escritor, periodista, viajero y cineasta Valentín Carrera y las palabras entrañables del genial escritor y viajero Julio Llamazares, que es para mí el mejor escritor (uno de los mejores, que nadie se vaya a ofender) que existe no sólo en la provincia de León, sino en toda España. Un lujo y un placer contar con el aliento del autor de ‘La lluvia amarilla’ o ‘Distintas formas de mirar el agua’, entre otras grandes obras.

Desde que publicara ‘Viajes sin mapa’ he podido viajar por varios lugares. En ‘Mapas afectivos’ figuran algunos espacios de Norteamérica, el Norte de África, otros de Europa (incluida España, sobre todo el Noroeste), con el Bierzo como mapa afectivo en el que vivo, que recorro con sumo agrado, y al que regreso una y otra vez.

‘Mapas afectivos’, como su propio título indica, hace referencia a esos espacios que a uno lo han cautivado, esos lugares por los que siento afecto, en los que me he sentido a gusto, incluso esos mapas en los que he encontrado, de alguna forma, una temperatura afectiva adecuada.

—¿Cuál ha sido tu mejor viaje y por qué? ¿Y el peor?

—Creo que todo viaje puede revelar algo, entrañar alguna pequeña o gran aventura, porque el viaje no consiste sólo en llegar a un destino, sino en recorrer un espacio-tiempo de un modo introspectivo. Me encantan los viajes iniciáticos. Tal vez por eso me gustan películas como ‘París, Texas’, de Wenders, entre otras.

Me quedo con todos los viajes, incluso con aquellos en los que han surgido contratiempos y adversidades, que también los hay. Recuerdo, como si fuera hoy (eso quedó recogido en ‘Viajes sin mapa’) cuando me asaltaron en Lisboa, aunque todo acabara en final feliz (lo que tampoco me ha impedido volver a esa fascinante ciudad portuguesa) o bien el viaje que realizara en tren cruzando la ex Yugoslavia en plena guerra balcánica (que figura en ‘Mapas afectivos’) o las peripecias que sufriera en El Paso Texas, en esa frontera terrible, bueno, todas las fronteras lo son. Fronteras absurdas en las que pueden darse y se dan situaciones realmente kafkianas. Kafka, que era un visionario, nos habla de los conflictos actuales, víctimas que somos de un engranaje perverso del poder burocrático y totalitario.

—¿Has llegado a perderte de verdad alguna vez en tus andanzas por el mundo?

—Sí, alguna vez me he perdido, aunque he vuelto a reencontrarme, por fortuna.

—¿Te inspira la literatura de viajes?

—La literatura de viajes es la esencia o la madre de la literatura. Pienso en los primeros viajeros, que relataban sus peripecias al mundo, cuando no existía ni el Internet, ni la televisión, ni el cine… Y luego, cuando regresaban de su periplo, lo contaban. Ahí están ‘La Odisea’, el ‘Libro de las maravillas del mundo’, de Marco Polo, ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’, entre otros muchos fundacionales.

—¿Qué escritores “viajeros” te gustan y/o te inspiran?

—Lecturas reseñables, al menos para mí, son algunas de nuestros paisanos como ‘Donde Las Hurdes se llaman Cabrera’, de Carnicer (un deslumbrante viaje por olvidada Cabrera), ‘El río del olvido’ (un inolvidable viaje a pie siguiendo el curso del río Curueño) y ‘Trás-os-Montes’ (un recorrido por una de las zonas tal vez más desconocidas de Portugal), de Llamazares, ‘Viaje del Vierzo’ (un apasionante viaje por el Bierzo de los años ochenta) y ‘Viaje interior por la provincia del Bierzo’ (un nuevo viaje por el Bierzo del siglo XXI), de Valentín Carrera, ‘Campos de Níjar’ (un viaje por la Almería profunda) yAproximaciones a Gaudí en Capadocia’ (un conjunto de relatos sobre ciudades como Estambul o El Cairo, y aun el valle del Urika, en Marruecos), de Goytisolo (con quien he tenido la ocasión de conversar en Marrakech), o el ‘Drácula’ de Bram Stoker, cuyas primeras páginas en forma de diario de viaje, el Diario de Harker, me parecen de una gran belleza y un poder sugestivo, desde su salida de Munich hasta llegar a la Transilvania. Algo que me sigue haciendo soñar despierto.

Aparte de ‘El coloso de Marusi’, que ya había mencionado, sobre un viaje iniciático a Grecia, que es una auténtica revelación, me interesó mucho, en su día, el descubrimiento de la Generación Beat, los discípulos aventajados de Miller, como Kerouac y su libro ‘En el camino’, que tanto apasionó a los hippies y que narra un intrépido viaje por todo Estados Unidos, a través de la mítica ruta 66, de Nueva York a Nueva Orleans, Ciudad de México, San Francisco, Chicago y regreso a Nueva York. Alcohol, orgías, marihuana, éxtasis, angustia y desolación, el retrato de una América subterránea, auténtica y desinhibida, ajena a todo sistema. Una crónica cuyos protagonistas, en la vida real y en el libro, fueron Kerouac (Sal Paradise), Neal Cassady (Dean Moriarty), Ginsberg y Burroughs. Algo parecido a lo que nos cuenta Denis Hooper con su road movie, ‘Easy Reader’.

Otros libros que me han influido son ‘Cuentos del desierto’ y ‘El cielo protector’ de Bowles. Me fascina ese viaje de una pareja de americanos a Marruecos, un viaje hacia el Sur, sin rumbo fijo, donde el viaje se convierte en un sin retorno, al menos para el hombre, Port. Tengo la impresión de que la vida es también un viaje sin retorno. En esta novela, ‘El cielo protector’, adaptada al cine por Bertolucci, Bowles diferencia lo que es un turista y un viajero. “Mientras un turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra”.

Autores relevantes en el género de literatura de viajes están: Conrad, Melville, Hemingway, Theroux y su ‘Gran bazar del ferrocarril’, por ejemplo, Kapuscinski, o más cercanos como Javier Reverte o el propio Gil y Carrasco, con su ‘Último viaje’ por Europa, desde Madrid hasta Berlín, que Valentín Carrera editó, y en el cual tuve la ocasión de participar con una introducción.

—Has entrevistado a muchísimos escritores leoneses en tu sección “La fragua literaria leonesa” (primero en Diario de León y ahora en ileon.com). ¿Cuál es tu diagnóstico sobre la literatura leonesa?

—Sí, ya llevo un buen puñado de entrevistados y entrevistadas. La idea es ‘rescatar’, sacar a la luz a todo el mundo que escribe y publica en la provincia de León, que, además de contar con autores consagrados, está dando algunos buenos escritores y buenas escritoras, lo cual me alegra. Y espero que esta racha continúe.

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando ahora?

—Quiero seguir viajando y contando lo que he visto, vivido, sentido. Y en un mundo en el que se impone la imagen frente a la palabra, la palabra escrita, conviene recuperar esta última para seguir contando, ya sea al amor/calor de un plato de caldo y un vaso de vino, o en compañía de familiares, amigos y amigas.

Sigo y seguiré escribiendo, mientras me quede una gota de sangre en las venas. Me apetecería articular un libro de poemas, continuaré escribiendo a buen seguro obras de teatro, como he venido haciendo hasta ahora. Quizá debiera animarme con un ensayo. Me interesa, además de la literatura y periodismo de viajes, el periodismo cultural, la escritura reflexiva, filosófica, que nos ayude a entender dónde estamos parados, que diría un hispanoamericano, que nos ayude a movernos por este mundo cada día más complejo, que amerita, sin duda, de análisis.

Creo que, mientras uno vive, debe tener curiosidad, estar activo y con ganas de aprender hasta la muerte, “morir con las botas puestas”, como nos dijera el maestro Gustavo Bueno, que fue un ejemplo de fortaleza y generosidad intelectual, ética.

—¿Cuál será tu próximo viaje?

—Mi próximo viaje será casi seguro a la ciudad de León, donde presentaré ‘Mapas afectivos’.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

Un Comentario

  1. El miércoles 5 de octubre de 2016, a las 18.30 horas, Manuel Cuenya ofrecerá una charla sobre literatura de viajes en el Museo de Cacabelos (Marca), con motivo de la publicación de su libro “Mapas afectivos”.

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