Mañana de tangos en el bar Ferecor con Ildefonso Rodríguez, Juan Carlos Pajares y Mónica Jorquera

Los poetas leoneses Ildefonso Rodríguez y Juan Carlos Pajares —el  primero es también músico— se reúnen de nuevo para mostrar la gran poesía del tango, romántica, rebelde, mestiza y urbana. Este domingo 4 de noviembre, a partir de las 13 horas, ofrecerán una sesión en el bar Ferecor (en León, frente al antiguo cine Abella), acompañados al chelo por Mónica Jorquera, en lo que promete ser una sesión vermú inolvidable…

Ildefonso Rodríguez y Juan Carlos Pajares debutaron como dúo de tangos hace ya más de tres años, en León —dentro del programa Roma en el espejo/Subterráneo de cultura—. Con la sola ayuda de su voz y una guitarra triunfaron unos meses más tarde en el bar Suárez de la localidad de Cabornera de Gordón y, desde entonces, han vuelto a juntarse, de cuando en cuando, para versionar a los grandes maestros argentinos y uruguayos del género.

La última vez que se juntaron para cantar, en compañía de amigos, fue hace un par de meses en un restaurante de la localidad leonesa de Geras, Mónica Jorquera estaba allí y se animó a sumarse con su vilonchelo a aquellos tangos mano a mano… El resultado es un trío que se complementa a la perfección.

Recordaba aquellas horas de garufa
cuando minga de laburo se pasaba,
meta punga, al codillo escolaseaba
y en los burros se ligaba un metejón…

[El ciruja, tango con música de Alfredo Marino y Ernesto de la Cruz]

El cartel.

El cartel.

Se viene de donde se sueña

Reproducimos a continuación un texto de Juan Carlos Pajares, miembro de este dúo singular, en el que intenta explicar “por qué un onubense afincado en León canta, o pretende cantar tangos”.

Por JUAN CARLOS PAJARES

No estuve en los bulines ni en las academias donde las minas socavan el corazón de los malevos, tampoco en los conventillos donde, aún con el humo del llano y el llanto de la indiada en la ropa, desensillan los gauchos y los gringos, y mutatis-mutandis remansan en aluvión de guapos, compadritos y algún gil. No asistí, en los peringundines arrabaleros, al baile rítmico y etílico perfumado de candombe, en el que las parejas se distancian al compás y escuchan el cuerpo del otro, ni a las interminables payadas donde se postergan los cuchillos para desenfundar las palabras hasta que uno de los contendientes caiga del contrapunto. No estuve en el bacán Cabaret Armenonville, no caminé el tango bajo los caireles de su gran araña, ni me reflejé en sus espejos, ni me embriagué con el veneno irrevocable de sus orquídeas (“Entrada para autos y carruajes”; “Hermosa terraza y jardín”; “El lugar preferido de los sportmans”, rezaban los afiches) cuando, ahora hace cien años, Gardel y Razzano pasaron el tango de los pies a la boca, lidiando aún con la resaca, tras dos noches y dos días, sin pausa y con mucho humo, en la mansión de Madame Jeannette. No estuve, o quizás sí estuve, porque se viene de donde se sueña. Así, quizás fui uno de los que embaucaron y embarcaron a Contursi, desahuciado, en pijama, en su propia Noche triste, bajo la nieve de París, de vuelta a Buenos Aires, para que, por última vez, adivinara el parpadeo de las luces que a lo lejos iban marcando su retorno. Donde seguro de alguna manera estuve, fue en el barco que alcanzó mi abuelo para volver con la frente marchita después de un malogrado intento de hacer sus Américas. Si no fuera por esa circunstancia yo no estaría hoy cantando tangos ante ustedes, o quizás, los estuviera cantando, por derecho, en algún cabaret de la desembocadura del Río de la Plata.

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