“Pérdida del ahí”. Tomás Sánchez Santiago / “Las palabras extremas”

...

TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
Pérdida del ahí
Madrid, Amargord ed., Col. Transatlántica/Portbou, 25, 2016.

Tomás Sánchez Santiago: las palabras extremas

Por JOSÉ LUIS PUERTO

La poesía de Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957), como ocurre en el agua destilada, mantiene una andadura lenta, con títulos como Amenaza en la fiesta (1979), La secreta labor de cinco inviernos (1985), Vida del topo (1992), En familia (1994), Ciudadanía (1997) y El que desordena (2006), títulos a los que ahora se suma Pérdida del ahí (2016), sobre el que vamos a realizar nuestro comentario.

Ya, en el título, nos encontramos con un sustantivo abstracto esdrújulo (‘pérdida’), complementado por un adverbio de lugar (‘ahí’), que nos introducen ya en sendos campos musical (la base acentual del castellano es llana) y significativo: el título parece enfocarnos en una elegía por lo próximo, por lo cercano, por lo que más nos atañe; como si alguien nos hubiera esquilmado, hubiera profanado lo que más nos importa.

La estructura del libro –por ir trazando círculos en torno a este decir– consta de dos partes (“La fruta está quieta” y “Las acumulaciones”), a las que se suma, o, mejor, sobre las que se superpone una tercera, a modo de culminación cenital: “pájaros extremos”. Se nos habla de “tres frecuencias”: la generación del poema, la vinculación con lo inmediato, el ensimismamiento; que podemos tener en cuenta u optar por realizar nuestro propio itinerario de lectores.

Se nos dan –en el texto de contraportada– claves de lectura, como las de “la ternura de lo adverso”, “la rabia de lo improcedente” o también la de un “incierto consuelo”. Habría que reflexionar en este libro sobre la abundancia de sustantivos abstractos, a los que el autor fuerza en dos direcciones complementarias: llevarnos hacia significaciones significativo-simbólicas y hacerlos formar parte de un tejido de imágenes (como, en su momento, apuntaremos).

Hay una búsqueda, a lo largo de todo el libro, de un hilo expresivo (habría que indicarlo en plural, más bien) para hacer veraz y eficaz el propio decir. Tal búsqueda transita por el uso del verso (digamos, con todas las matizaciones que se quiera, que clásico), de la prosa o de los bloques textuales. El poeta no se atreve a derramarse a través de un decir versicular extendido, por un sentido muy consciente de la contención.

Comencemos por transitar por la parte o núcleo inicial de “La fruta está quieta”. Lo metapoético, la reflexión sobre la palabra, lleva al poeta, transversalmente, hacia un posicionamiento que se enuncia en asertos como: “No tengo de mi lado al lenguaje”; las palabras son “huesos mondados / y sin color”; el poeta sabe que hay que confiarse al silencio, a la mudez “por si salía de su raíz secreta / música y espesura”. Y, frente a la conciencia de la pérdida de “el ahí / y el nosotros”, esto es, de la cercanía y de la fraternidad, que nos llevarían hacia una elegía inacabable, el poeta es consciente de que el canto, de que algún modo de celebración, es imprescindible en la poesía: “Pero habrá que cantar” –afirma. Mas el canto requiere un itinerario, una búsqueda, una iniciación en definitiva, de ahí la petición: “Llévame a las palabras escondidas”. Pero, como la pérdida del ahí se impone de continuo, el autor hace suyo un lema, imprescindible y necesario, para expresar tal carencia: “poesía: lengua de la sombra”.

¿Qué nos vamos a encontrar al recorrer “Las acumulaciones”, el segundo núcleo de Pérdida del ahí? La deriva de la esencialidad –una estética crucial y medular en la creación contemporánea, sea literaria o artística– se hace también presente en esta obra, es invocada aquí: “Abre la boca y tira ya / las acumulaciones.” Y es que, en esta deriva, hay que prescindir de todo lo sobrante, se impone “la autoridad de lo pequeño”. Adquiere un extraño fulgor “lo empezado”, lo imprevisto, lo no rematado ni concluido (la esencialidad siempre se ha dado la mano con el fragmentarismo). Y, en ese itinerario de búsqueda y selección de lo esencial, de lo no acumulado, de aquello que no nos sobra, sino que necesitamos, porque nos es inherente, el poeta recurre a las apoyaturas de sus espacios (el río, los árboles, Zamora, ronda sanabresa, las ciudades del norte…), de determinados tiempos que han dejado huella en la memoria (el final del verano, septiembre, octubre…), o, también, a la humildad de lo cotidiano, por su efecto revelador e imantador de lo psíquico (la leche en la cazuela, las tabas, el dedal…). Tales apoyaturas configuran, en definitiva, el “reino de esas criaturas sin gobernar”, hacia donde nos quiere conducir esta palabra. Pero también, en ese itinerario de lo que es esencial, de lo no acumulado, están los seres próximos y queridos, que aparecen –unas veces de modo explícito y otras meramente sugerido– como a modo de homenajes (pequeña Ana, T.S.R., Elías Moro, poeta José Diego, Gustavo Martín Garzo, Á.C.P.)…

Y deriva esta escritura, este decir poético, en “pájaros extremos”. Si, en los dos núcleos anteriores de la obra, predomina una suerte de meditatio, de enunciación reflexiva, en no pocas ocasiones con la presencia de un “tú” como destinatario y cómplice (recordemos que el “tú” siempre ¿engrandece? y humaniza al “yo”), en “pájaros extremos” hay ya más bien una intensidad agazapada que nos sobrecoge, pues apunta hacia lo vulnerable del ser, de los seres, y del mundo (“…todo tan vulnerable..”). Hay, en “pájaros extremos”, un entretejido de relatos, de historias apuntadas, para mostrarnos esa fragilidad, esa vulnerabilidad del existir, de los ‘existires’ de esos otros que atañen al poeta. Y es que, en “pájaros extremos”, llegamos casi a respirar esas presencias a través de una palabra que llega a temblar (“aquí huele a nombres”).

Hay, en esta serie, una suerte de continua y sostenida oración dirigida al “tú” (a tantos seres concretos que afectan al poeta); una oración, para tener presentes a cada uno de tales seres (otro modo de homenajes), a través de la invocación, de la rememoración, de una pudorosa súplica. Veamos un solo ejemplo, como muestra: “está ahí, / entre las natas iniciales, / y sé que cualquier sombra, / cualquier ruido de sombra, / podría llevarte ahora hasta las puertas / de una herida”…

Parecería que, en “pájaros extremos”, estamos ante lo que John Berger llamara, para titular una reunión de sus propios poemas, “páginas de la herida”. Una sostenida oración, marcada por el temblor, por la piedad (aquí en el sentido en que María Zambrano entiende este término), por un acogimiento entre los algodones benéficos de una palabra también extrema.

Tomás Sánchez Santiago nos da pistas también –de modo transversal y como sugerido– sobre el territorio poético al que siente que pertenece su decir, de cuya constelación se siente partícipe. Y surgen, así, los nombres de Yves Bonnefoy, René Char, Antonio Gamoneda (hay un guiño también implícito al de Arden las pérdidas), Vladimir Holan, ¿José Antonio Muñoz Rojas también? De tal constelación y de sus ramificaciones, podría decirse mucho… Aunque su nombre no aparece, también pertenece esta poesía a la constelación vallejiana, sobre todo a la de Poemas humanos, con esa meditación marcada de continuo por la herida y por la piedad.

Y todavía habría que aludir a un recurso poético (que les gustaría analizar a determinados profesores, si lo detectaran) que constituye aquí el modo de sugerencia más sistemáticamente utilizado por el autor para conducirnos hacia esa “música / de pesadumbre” que recorre este canto elegíaco: un tipo de enunciado (de carácter imaginativo –de imagen–, al tiempo que simbólico) en el que se asocian, o se subordinan (según los casos), un sustantivo concreto con otro abstracto (no siempre en el mismo orden), creando una extrañeza, una sorpresa que nos hace ir más allá, en busca de significaciones apuntadas, para descolocarnos respecto de significaciones trilladas y situarnos en otras perspectivas.

Podríamos poner muchos ejemplos de lo que decimos. A voleo, citemos algunos, como, por ejemplo: “la flor oscura del agotamiento”, “el nombre innumerable de la decepción”, “el resplandor tardío de las cosas”, “la rozadura pequeña del poema”, “el idioma de las capitulaciones”, “las usurpaciones como animales quietos”, “todas las cancelas de la tristeza”, “la música de las incorporaciones”, “las orillas sucias de la imaginación”, “el cuello partido por la desilusión”, “los modos negros de la exageración”, “las esquinas rotas de las cosas”, “los animales del sopor”, “los acantilados del lenguaje”… y tantos otros. Algo que dejamos solo sugerido, pues merecería un análisis, que arrojaría resultados altamente significativos en torno a la obra.

Pérdida del ahí. Esta última entrega poética de Tomás Sánchez Santiago sitúa a su autor en un decir muy maduro, que ahonda en algunas de las más desgraciadas profanaciones que sufrimos: la devastación de lo próximo, de lo que más nos pertenece; pero que también nos muestra que el “tú” (que siempre da sentido al “yo”, su sentido más hondo) sigue ahí latiendo, vivo, cercano, porque, afortunadamente, no todo está perdido.

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: