“Gatos”, una exposición de Charo Acera, en Kanya Enmarcación

El cartel.

El cartel.

“Gatos”. Así se titula la exposición de esculturas de Charo Acera que se inauguró este martes 20 de diciembre en las instalaciones de Kanya Enmarcación (C\ Monasterio, 5 – León). Se podrá visitar hasta el 21 de enero.

“Gatos” es el nuevo trabajo de la escultora Charo Acera, basado en la observación e interpretación personal de los gestos y actitudes más hogareñas de nuestros compañeros felinos.

Así se explica en la nota de sala:

“Trabajando sobre la terrenal terracota, arcilla cocida a alta temperatura, modelada con proceso aditivo y patinada, realza suavemente el color propio de este material –de color negro, poco común– que reacciona a las manos con la amabilidad de un elemento dispuesto a plasmar volúmenes y formas elegidas a partir del estudio, en dibujo, de los movimientos y las poses de gatos del natural.

El lenguaje de la Escultura se ve potenciado con la plasticidad y el color de la arcilla, aplicando diferentes texturas a cada pieza, las hace únicas y le ayudan a mostrar la belleza, con volúmenes armoniosos y rítmicos, que acentúan los movimientos y la frenética actividad con la que nuestros escurridizos amigos, poseedores de tan perfecta morfología, nos cautivan cada día.

Modelos que toman forma de elegantes iconos idealizados, representando las situaciones más vistosas y sugerentes en reposo, desperezamiento, predisposición al juego, ensimismamiento, reflexión…”

Reproducimos, a continuación, un relato del profesor Juanmaría G. Campal sobre esta exposición:

Aspecto de la exposición en Kanya Enmarcación.

Aspecto de la exposición en Kanya Enmarcación.

Gatos… (y, obviamente, gatas)

Por JUANMARÍA G. CAMPAL

A Flanelle y Teodoro W. Adorno
en la vida que estén.

Dice este aprendiz de escribidor que, por la mañana temprano, nos quedamos sentados en el pasillo como pensando qué somos: si elefantes, si delfines, si águilas o si sencillamente ―y he aquí, en este sencillamente, el agravio― gatos. Ignora el soberbio inocente la silenciosa y delicada atención que ya hemos tenido con él en devolverlo a la luz, al día (él dirá que cada día se despierta mejor, que ya no le hace falta esperar a que suene ese chirriante artilugio que llama despertador y que tanto nos disgusta) y no que si nos situamos en el pasillo, procurando no estorbarle, no es por más que por controlar sus ritos higiénicos y alimenticios, que alguien ha de salir de palacio en busca de alimento, mantas, y algún que otro capricho que, por fin, sepa de nuestro gusto.

Piensa nuestro adoptado humano que cuando nos sentamos en las cercanías de la puerta de casa, a verlo marchar, nuestra cara es de tristeza. Confunde, vamos, la serena paciencia ―hay que ver qué lentos son incluso cuando se dan prisa― que le ponemos a su marcha con desconsuelo por nuestra parte. Como que él nos hiciese falta para nuestros estiramientos y juegos mañaneros, para nuestros saltos y carreras, para nuestro aseo, alimentación y reposada cavilación matutina. Tanto leer, tanto leer para desconocer que nosotros somos parcos en la manifestación de emociones, pues casi siempre estamos reflexionando (Mi gato nunca se ríe o se lamenta, siempre está razonando, que dejó dicho Unamuno, don Miguel de).

Cree nuestro inquilino que cuando nos acercamos a recibirlo y en sus tobillos nos rozamos es que nos alegramos de su regreso por él mismo ―que también, sí, vale― y no que lo hacemos, tal es, por averiguar si se le hubiera ocurrido traernos algún apetitoso presente de consunción preferente ¡ya!

Considera este homo domesticus que nuestra cercanía es dependencia, que nuestro dejarnos acariciar es deseo de aceptación, que nuestras embestidas frontales son reivindicación de afectos; que nuestra arregazada compañía en sus lecturas son rendición y reconocimiento. Ay, si más sapiens fuera. Ay, si comprendiera que la cercanía no es más que supervisión; que sus caricias, aceptadas le son, por ser nuestro lomo anatómica parte de incómodo acceso para el preciso acicalamiento; que nuestro gusto por su regazo viene del deleite de escuchar su ronroneo intestinal inapreciable para su duro oído, tal que la especie de ronroneo que produce su silenciosa lectura.

Y hasta aquí los cuatro párrafos sobre parte de las leyendas que aún subsisten sobre nuestro carácter independiente, cuando no dominante, nuestra extrema liberalidad, cuando no sobre nuestro inmenso egoísmo, queridos Flanelle y Teodoro.

Y así, podríamos seguir refiriéndoos, Flanelle y Teodoro, perdurables tópicos típicos repetidos hasta la saciedad en el más vario idioma, género y estilo sobre la singular personalidad de nuestra especie y dar por bien cumplido nuestro contento por esta muestra de esculturas felinas salidas de la observación y de las manos, del arte de Charo Acera y en la que se muestran, sin duda con magistral fidelidad, algunas de nuestras más hogareñas posturas de reposo, desperezamiento, predisposición al juego, observación y reflexión.

Mas, al hilo de todo lo anterior, nos surgen, Franelle, Teodoro, algunas preguntas: ¿debemos contribuir nosotros, por más tiempo, y aún más con presencia de vuestro recuerdo, al mantenimiento de esa nefasta leyenda que tantas veces nos ha alejado y aleja de estos humanos, seres humanos como con los que habéis compartido o compartimos espacio y tiempo, vida? ¿No será acaso todo fruto de una óptica antigua, errada y en fase de superación que analiza toda relación de los humanos con los animales bajo principios utilitaristas y tal que se siguiera tratando de lo que, lamentable, también en sus mutuas relaciones, tantas veces son: relaciones de poder?

¿Tan difícil les será suponer ―tanto la temen en su más profunda intimidad y no sólo con nosotros, felinos, sino, lo que es peor, entre ellos mismos― una relación convivencial o no libremente aceptada por ambas partes, felina y humana en este caso, al margen de cualquier utilitarismo y tan sólo fundada en el máximo reconocimiento del otro, de su yo solo y único, en el total respeto a sus tiempos y espacios, libertad de gustos, usos, costumbre y contradicciones?, ¿tan insoportable les resulta la libertad, la independencia del otro que, si bien han cambiado la denominación ―esposa, marido, mujer, prometida, novio, amiga, chico, pareja― aún mantienen la necesidad predicativa de la privativa posesión: mi esposo, mi novia, mi pareja, no sin cierto propósito, digamos, limitante o disuasorio?

¿No nos es en verdad todo mucho más sencillo, Franelle, no nos es más natural todo, Teodoro? ¿No concebimos desde el primer día, desde ese tópicamente famoso día de la adopción ―ya planteada de uno sobre el otro―, como una libre aceptación  mutua ―como que la consentiríamos sin nuestra voluntad, ¡qué presunción!― como el inicio de una mutua seducción inacabable, nunca segura, siempre mejorable, cada día renovable, cada noche precisa, cada mañana necesaria, cada mediodía oportuna; una seducción donde toda manifestación afectiva, desde la más leve caricia, al más sonoro ronroneo, desde el más deleitoso manjar, desde la más dificultosa pirueta o caza, sea consecuencia del deseo del propio y ajeno bien estar? ¿Tanto sigue siendo su miedo a la libertad? ¿Dispuestos estarán a reflexionar sobre esto?

¿Que dónde se exponen las esculturas de nuestros congéneres obra de Charo Acera? Esta vez en León, en buen marco, en Kanya Enmarcación, lugar, por cierto, sin un roedor.

Nuestros mejores ronroneos, Franelle, Teodoro. A ambos: ¡Salud y vidas!

Maga y Jotacé, Gatos comunes europeos (Coautores)
Mecanógrafo: Juanmaría G. Campal, presunto homo sapiens.

Un Comentario

  1. Ángeles

    Preciosa la colección de esculturas, e impagable la colaboración del “aprendiz de escribidor”. Me habeís alegrado una noche de insomnio…

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