Marta Carrasco: “Soy de extremos y si me pones un Arrabal de por medio no me voy a cortar nada”

“NoSeSi”. Marta Carrasco.

[Esta entrevista a la coreógrafa, actriz y bailarina de danza-teatro Marta Carrasco, realizada por el escritor y crítico literario Iván Humanes, apareció originalmente publicada en el número 379, año 2015, de Quimera: Revista de literatura (págs. 43-45)

Por IVÁN HUMANES * 

Después de una trayectoria en diversas compañías de danza, Marta Carrasco en el año 1995 crea su primer solo de danza-teatro, Aiguardent. Desde su primer premio, el Premio de la Crítica Teatral de Barcelona 1996-97 por Aiguardent y por Pesombra, la creadora ha recibido innumerables premios o menciones: el Premio Nacional de Danza de la Generalitat de Catalunya (2005), el Premio Ciudad de Barcelona (2007), el Premio Serra d’Or de la Crítica Teatral (2007) al mejor espectáculo teatral, por J’arrive…!, o los premios MAX de las Artes Escénicas recibidos en 2003 y 2006. En los últimos tiempos ha participado en Pingüinas, obra escrita por Fernando Arrabal y dirigida por Juan Carlos Pérez de la Fuente y de la que se ha ocupado de su coreografía y movimiento escénico para su representación en el Teatro Español.

—Hasta el 15 de junio se representará Pingüinas en el Teatro Español, un texto de Arrabal dirigido por Juan Carlos Pérez de la Fuente, ¿cómo ha conciliado tu universo con el de Fernando Arrabal?

—Es muy difícil expresarme con palabras si tengo que hablar de Pingüinas. Yo me he metido en el mundo de Arrabal gracias a Juan Carlos Pérez de la fuente, que es un especialista de la obra de Fernando. Desde que leí Pingüinas supe que no había entendido nada pero que lo había entendido todo. He entendido a Arrabal a base de intuición, y a base de emoción, y de irracionalidad y confusión. Así es como lo he entendido. Y cuando leí el texto no me dio ningún miedo. Me pareció divertidísimo. Esa mezcla de todas las mujeres de Cervantes con Cervantes, con su mundo particular, con su sentido del humor y su acidez y su sabiduría me parecía fascinante, y más dirigido por Pérez de la Fuente. Y cuando me lo propusieron dije que me metía seguro. Y a medida que iban sucediéndose los ensayos y Pérez de la Fuente realizaba explicaciones racionales sobre todas las conexiones entre el texto de Arrabal y las mujeres de Cervantes, cada vez era más emocionante y más bestia, y, sobre todo, más confuso, propio de la fiesta de la confusión arrabaliana. Y con esos elementos he tenido que realizar un trabajo extremadamente preciso.

—Más de una vez ha dicho que no concibe el teatro si no es para comunicarse con el espectador. Es incalificable, ¿hace teatro-danza, no texto? Cuando vemos una obra suya sabemos que es de Marta Carrasco y punto.

—No me sé situar todavía y tengo muchos años. Sé que trabajo con el cuerpo pero sé que hago teatro y me siento mucho más cerca del teatro que del coreógrafo que cuenta cinco, seis, siete, ocho, uno, dos, arriba, pierna abajo, caída al suelo… No. No me siento identificada para nada. Me siento más identificada donde haya muchas cosas que contar; lo que sucede es que el cuerpo es un vehículo tan universal que es imprescindible contar con él.

—Para usted lo más importante es que la obra entre en el espectador, provocar el sentimiento.

—La emoción, la emoción es la palabra clave. Si no hay emoción no hay espectáculo, no hay trabajo, deja de interesarme si no hay emoción. A través de la emoción entras en todos los poros de la piel del espectador. Si se entiende racionalmente o no dependerá de cada persona que venga a ver el espectáculo, porque cada uno tiene su bagaje, sus circunstancias particulares; lo que sería grave es que no recibieran nada, que se quedaran igual, y entonces la responsabilidad sería toda mía.

“J’arrive”. Marta Carrasco.

—Entonces, ¿el dramaturgo tiene responsabilidad? ¿Responsabilidad social? ¿Tiene que despertar al durmiente?

—Sí. Y tiene que menear, menear fuertemente, y mandar un derechazo en el estómago si hace falta. Y acariciar también. Pero que la gente se pregunte cosas, se sorprenda, se emocione, llore, se indigne… lo que quieran, pero que les pasen muchas cosas. ¡Pero que les pasen cosas, por favor! Sí, tiene responsabilidad. Lo creo.

—De hecho los estados emocionales los ha tratado de diferente forma en sus espectáculos: en Ga-gà la risa, en Dies Irae la ira… ¿plantea los espectáculos desde el tema sentimental que quiere abordar?

—Cada espectáculo es un mundo y no lo afronto igual. Cuando hablamos de Ga-gà de repente me di cuenta que no teníamos nada de qué reírnos, y les puse a los personajes esa máscaras de oxígeno de risa para que sobrevivieran… porque si no, no sobrevivían. Pero si hablamos de Blanc d’ Ombra, al recordar a Camille Claudel, está claro que me centraré en su ira, en cómo es ella. Hay asuntos recurrentes que siempre vuelven a mí como el maltrato, la crueldad, la injusticia, la mentira, la hipocresía, a parte del humor. El humor siempre está. Sin humor no se sobrevive. ¡A ver quién aguanta todo esto que llevamos encima sin humor!

—Y si miramos atrás, a Aiguardent, su primer solo de danza-teatro en el 95, y volvemos al ahora, con Pingüinas de Arrabal, ¿cómo ve ese tránsito?

 —Cuando miro atrás veo veinte años de trabajo, de lucha y de resistencia en este oficio. Me parece alucinante que haya resistido este tiempo. Claro que he aprendido muchas cosas, y claro que soy mayor, y me gusta ser mayor y estar mucho más calmada frente a los nuevos retos. Siempre que he empezado un espectáculo o un encargo siempre lo primero que me viene a la cabeza es el no lo sabré hacer. Y con el tiempo pienso eso de que a la hora de la verdad sabes que lo harás. Y eso me da tranquilidad, confío más en mí, me gusta tener la edad que tengo y pasar por donde he pasado y por haber llegado hasta aquí.

—Y tras esa relevancia internacional de sus trabajos, como el Festival de Teatro Latino de los Ángeles, por citar alguno, y todos sus premios, ¿se siente Marta Carrasco reconocida?

—Todo ha sido un camino duro. Agradezco los premios, claro. Y quien diga que no, miente. Esa noche estás contentísima, sobre todo por el equipo que te acompaña, porque sin tu equipo no hay nada… Pero a la hora de la verdad si quiero empezar hoy mismo un espectáculo no tengo dinero para hacerlo. La realidad es que la situación es precaria, incluso para una persona que tenga premios y reconocimientos. Mira, cuando me presento a los Max siempre soy finalista, ¿te imaginas lo que es eso? Piensan en mí. Y lo agradezco. Pero si yo tengo que empezar un proyecto no tengo nada. Desde luego que lo del 21 por ciento nos mató a todos. No quiero quedarme con la queja… pero la realidad es esta.

“Dies Irae”. Marta Carrasco.

—¿Para ser Marta Carrasco qué ha tenido que hacer? ¿De dónde ha bebido?

 —Lo más que hecho es mirar, mirar a la gente, sentarme en un banco y mirar. Los pintores expresionistas me vuelven loca todos, claro… pero yo me alimento de la gente, de las personas, de los que van en metro y yo me siento a medio metro de ellos y les miro a los ojos y les sonrío, que es un experimento que hago, y me contestan: “¿Tú que miras gilipollas?”. Mirar al ser humano, mirarles a los ojos se ha convertido en una provocación, pero yo lo hago. Me alimento del animal humano, de este extraño animal tan lamentable. Supongo que me influye todo lo demás, incluso lo que no he visto, porque a veces me comentan sobre Cantor y demás, pero yo no lo he visto… Sobre todo de la calle, de lo que leo, de lo que veo, de lo que no quiero enterarme pero me entero, de las barbaridades y las no barbaridades… De las luces y las sombras del animal humano.

—Esto está relacionado con el sentimiento de su teatro, pero también con esa danza que vio a los dieciocho años y que fue donde lanzo ese grito interno y se lanzó de cabeza…

—Tarde, muy tarde. ¡Empezar a los dieciocho es tardísimo! En aquel momento caí por casualidad en una clase de jazz con música en directo y percusión, sentí algo en el estómago y dije: ¡Es esto! Y en seguida me puse a estudiar moderno y contemporáneo, y luego entré en el Instituto de Teatro y luego estudié teatro con Txiqui Berraondo, que fue muy importante, y empecé a trabajar en seguida con compañías hasta la última que fue con Ramón Oller, cinco años, que para mí es mi maestro, lo considero así. También fueron importantes Pep Bou y Ariel García Váldés en Aiguardent. Y luego me puse a trabajar sola. Fue la mezcla del movimiento y la música lo que me hizo lanzarme de cabeza. Pero luego fui creciendo y creciendo y un día me pregunté: “¿Por qué levantas la pierna, Marta?” Y entonces, el día que me hice esa pregunta, me tuve que ir a aprender teatro, porque no podía levantar una pierna porque sí, ya no podía hacer las cosas porque sí, porque fueran bonitas estéticamente, y entonces se mezcló el teatro con la danza y una cosa no podía ser sin la otra.

—¿Su teatro es grotesco?

—Grotesco, amorfo, feo, diferente. Único. Fíjate que yo trabajo poco con bailarines y mucho con actores porque la torpeza de un actor es única, no la volverás a ver. Quince bailarines te harán lo mismo. Pero si tú coges a un actor que es un buen actor, y además cojo, es mucho más interesante. Donde haya una dificultad hay algo muy bueno que buscar y que encontrar; algo genuino. Lo mismo lo aplico al concepto que yo tengo de belleza, que no es el concepto que se tiene en la sociedad que vivimos. Para mí un personaje con dos cabezas puede ser la ternura infinita y lo puedo encontrar bellísimo. Incluso en la crueldad hay belleza, y eso tienes que plasmarlo en el escenario.

—Si hablamos de escenarios, de lugares, de cómo situar al personaje en la escena, ¿tiene unas reglas fijadas para ello?

—No, depende de cada montaje. Si personaje si es biográfico me centro mucho en la persona; en otros primero escojo la música, el sonido, las atmósferas que me tienen que situar; en otros el espacio escénico, los objetos, las texturas (el velcro, los plásticos…). Cada espectáculo es un hijo. Y tengo diez hijos. 

—¿Y la atracción por la locura?

—Yo misma estoy al borde. No sé dónde acaba la cordura y la locura. No tengo muy clara su definición. No estoy muy de acuerdo con la definición que todos conocemos. No sé lo que es normal y lo que no es; yo llamaría normal a cosas que normalmente no lo son… En todo caso es humano, y si es humano me interesa; si es humano me interesa hasta la saciedad. Soy una persona de extremos, no lo puedo remediar: todo y mucho. No puedo remediar esa atracción. En la locura veo tanta verdad, tanta inocencia, tanta vulnerabilidad pero tanta fuerza a la vez que me voy tras ella… como el alcohólico tras el alcohol.

“Dies Irae”. Marta Carrasco.

—Pingüinas puede participar de esa idea, ¿no? Puede estar emparentada con esa “otra realidad”, ese otro punto de vista diferente al habitual, al consensuado, al común, y por eso raro, pero que no deja de ser algo brillante.

 —Sí, yo creo que sí. Pingüinas tiene bucea en esas “otras realidades” de la mano y del cerebro de Arrabal pasadas por Pérez de la Fuente. En este espectáculo todos iremos de un estado a otro, de un momento a otro, y eso va a revolver y sacudir mucho a la gente. A parte de que es un montaje estéticamente brillantísimo que va a sorprender. Pero es difícil hablar del texto de Pingüinas. Hay que confiar en él, dejarse llevar. Ahora estoy en plena cocción, estamos cociendo a toda rapidez porque no nos sobra el tiempo. El espectador va a ir de golpe en golpe, de sorpresa a sorpresa, la gente va a salir gratamente sorprendida, creo yo, porque el montaje tiene de todo (no por cantidad, por calidad), y el trabajo que he tenido que hacer es muy preciso y no me ha costado sumergirme en el mundo particular de Arrabal. Nos hemos entendido muy bien con Pérez de la Fuente.

—¿Pide disciplina en sus espectáculos?

—Mucho, pero con cariño. No soy nada déspota: animo mucho y quiero a la gente con la que trabajo. Es la mejor manera para que me den lo máximo de ellos. Pido mucho y voy muy lejos, humanamente fuerte, les pongo contra las cuerdas, y más allá… y luego voy dosificando. Como te he dicho soy de extremos y si me pones un Arrabal de por medio no me voy a cortar nada.

—Y tras Pingüinas, ¿está hirviendo algo nuevo en Marta Carrasco?

—Inmediatamente después de Pingüinas tengo que realizar una creación con actores esquizofrénicos, para un festival que se llama L’altre festival que es sobre salud mental y artes escénicas. Hay una compañía de teatro donde todos los actores son esquizofrénicos y estoy preparando una obra que tendrá por título Bon Nadal o la última cena. Después de estrenar en el Español lo montaré con ellos. Me parece que es algo que debo y quiero hacer. Me siento muy cercana a ellos también, me van a dar mucho; estoy convencida.

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Iván Humanes (España, 1976) es escritor y crítico literario. Sátrapa Trascendente del Instituto Pataphysicum Granatensis. Ha publicado los libros de relatos La memoria del laberinto (CyH, 2005) y Los caníbales (Libros del Innombrable, 2011) con el que fue finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicados en España; la novela La emboscada (Inéditor, 2010), y, en coautoría, los volúmenes Malditos: la biblioteca olvidada (Grafein, 2006) y 101 coños (Grafein, 2008). Premio de relato Ciudad de Jerez, El Fungible o el MADTerror Festival 2014, entre otros. Participa en el consejo de redacción de Quimera. Revista de literatura. Su último libro publicado es Lengua de orangután (Editorial Base, 2015).

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