“La mayor riqueza”. Pregón de José María Merino en la XL Feria del Libro de León

José María Merino. Fotografía: Eloy Rubio Carro (astorgaredaccion.com).

Reproducimos el Pregón de la XL Feria del Libro de León 2017, leído por el académico y escritor José María Merino en el Salón de Plenos del Viejo Consistorio leonés (Plaza de San Marcelo), el 12 de mayo de 2017.

Por JOSÉ MARÍA MERINO

Ustedes saben muy bien que,  a lo largo de la vida,  hay actos y celebraciones que se repiten por inercia, por costumbre, convertidos en rutina, porque lo que se celebra ha perdido su verdadera sustancia.

Así ¿no es algo superfluo, que sólo tiene sentido ceremonial, conmemorar el libro a estas alturas, en un tiempo en el que parece que los medios de comunicación, instrucción y entretenimiento, alejándose de las palabras escritas, se apoyan casi únicamente en las imágenes, en los sonidos y en una escueta transmisión oral o en una simplificadísima escritura?

¿Y no somos todas las gentes relacionadas con el libro, en las editoriales, en las librerías, en las bibliotecas, en las aulas,  con los escritores  y  los lectores,  una especie  pintoresca, romántica, cuyo oficio, dedicación y gustos pertenecen más al pasado que al futuro?

En el tiempo de las cautivadoras comunicaciones electrónicas, con sus tuits y sus guasáps, de los grandes espectáculos deportivos y culinarios, de las disneylandias, los parques temáticos, los trepidantes efectos especiales ¿no son los libros objetos arcaicos, instrumentos cuya naturaleza ha envejecido, y cuyo destino es un lógico declive?

En resumen ¿tiene este acto un significado que vaya más allá de lo puramente testimonial?

Como no sería razonable que me alargase demasiado, permítanme que me apresure a responder a todas estas cuestiones de manera algo categórica.

Conmemorar el libro, en este tiempo en que parece amenazado por el imperio creciente de eso que se llama las “nuevas tecnologías”, los “nuevos soportes” de la comunicación,  no es repetir una ceremonia vacía.

Las gentes del libro, quienes los escribimos y quienes los editan, quienes los difunden y quienes los venden, quienes los cuidan y quienes los guardan, todos los que los leemos, no pertenecemos a una especie pintoresca y romántica.

Los libros no son objetos arcaicos.

Es cierto que el libro es muy antiguo. Tal como lo conocemos hoy,  tiene  más de quinientos años, que es el tiempo que lleva reproduciéndose y democratizándose por medio de ese invento, en su tiempo tan asombroso y dinámico como hoy el ordenador, que fue la imprenta. Pero en esa antigüedad se basa su mayor gloria y, si me permiten la paradoja, la señal segura de su modernidad y de su vigencia.

Lo que somos los seres humanos en este principio del segundo milenio se lo debemos al libro. Si los libros sagrados recogieron la palabra divina, el libro, desde Gutenberg, multiplicó la palabra divina, pero también, y sobre todo,  la palabra  humana.

A través de la proliferación y difusión del libro impreso,  nos hemos expresado los humanos cada vez más libremente, y hemos debatido, para contraponerlas y enriquecerlas, nuestras diferentes concepciones del mundo.

Por medio del libro impreso, y después de muchos esfuerzos y luchas, hemos ido fijando la riqueza de nuestro pensamiento, la multiplicidad de nuestras formas de expresión y la memoria certera de nuestros mejores descubrimientos y conquistas.

En los libros hemos ido recopilando nuestra sabiduría, hasta el punto de que en ellos se guardan todos nuestros conocimientos, en todos los aspectos de la sociedad y de la naturaleza, y en todas las ciencias y las artes, oficios, gustos y aficiones.

Los libros nos han enseñado a pensar, y no me refiero solamente a los libros de filosofía. El hecho de leer conceptos, palabras escritas, es en sí mismo un modo de hacer funcionar el pensamiento. Sólo se puede razonar a través de palabras. En sí mismo, un libro, por poca que sea su  complejidad, es siempre una máquina de razonar.

En el libro hemos imaginado los mundos novelescos, esos territorios que no pertenecen a lo verdadero ni a lo falso, pues responden a su propia sustancia inventada, pero que tan eficazmente nos sirven para entender mejor, e incluso para descifrar, nuestra propia realidad. Pues las novelas, como  los cuentos literarios y los poemas, no solo nos enseñan a sentir y a soñar, sino a conocer cómo se siente y cómo se sueña.

Ahora que las nuevas técnicas audiovisuales e informáticas anuncian haber inventado la realidad virtual, hay que proclamar bien alto que  la literatura construyó la primera de las realidades virtuales.

La literatura creó y crea ese espectáculo interior en el que nosotros mismos somos proyector y pantalla, público y actores, reconstruido en nuestra imaginación gracias a la simple lectura, en una tecnología sencilla y manejable, que no necesita otra sofisticación que la destreza de los dedos para pasar las páginas, y la atención de la mirada para captar las palabras escritas.

El libro  sigue siendo el medio más simple y eficaz para la transmisión profunda de conocimientos, para el disfrute de un entretenimiento intenso,  que no se parece a ningún otro y que tiene efectos secundarios beneficiosos y duraderos,  y para reflexionar sobre nosotros mismos y el mundo que nos rodea.

Naturalmente,  aunque todo esto que digo demuestra la modernidad y la eficacia del libro,  no quiere decir que el libro no pueda verse cada vez menos considerado por la sociedad. Es cierto que los niños y los jóvenes están entregados cada vez más al mundo de los móviles, de los juegos electrónicos, de esos efectos especiales  que se absorben sin esfuerzo, con la facilidad de los espectáculos brillantes y efímeros.

Las cosas son así, y el libro, y sus gentes, vivimos  momentos de perplejidad.

Como muchos otros valores, el libro atraviesa tiempos de confusión. Pero la confusión no está en que el libro no sea útil y necesario,  sino en que se está imponiendo cada vez con mayor fuerza una sociedad poco reflexiva, desconcertada, fascinada por la aparición de los nuevos sistemas de información y entretenimiento, que, por otra parte, tampoco sabe utilizar en todo lo que tienen de renovador y positivo.

Que el libro se vea obligado a concurrir, sobre todo como medio de diversión, con esos otros sistemas de espectáculo exterior e instantáneo, no quiere decir que haya perdido valor. Abrámonos a la utilización de esos nuevos medios, pues en ciertos aspectos enciclopédicos no cabe duda de la eficacia de las nuevas tecnologías, pero no perdamos los medios que han demostrado de sobra su utilidad.

Pensar en términos de sustitución y no de acrecentamiento sería un error irreparable. Los nuevos sistemas de información, de comunicación, de entretenimiento,  no tienen por qué sustituir a los  libros. Unos y otros son elementos para incrementar el patrimonio de nuestra cultura y difundirla mejor. Por otra parte, lo que parecía segura implantación del llamado “libro electrónico” no está respondiendo a las iniciales expectativas…

Por eso, cuando las llamadas nuevas tecnologías parecen seducir el interés exclusivo de tanta gente,  hay que recordar que el mero y sencillo acto de leer nos permite evocar el aroma, el sonido, la luz y la penumbra, conocer del amor y del desamor, de la alegría y de la tristeza,  perdernos  en esos embelesos que están entre los más sencillos, seguros y gratuitos que puede alcanzar la experiencia humana.

En esta ciudad de León, en esta tierra de escritores cuya existencia merece la celebración de una feria del libro desde la satisfacción y desde el orgullo,  empecé yo a leer siendo aun muy niño, pues mi padre, Bonifacio Merino, pensaba que los libros eran la mayor riqueza que se podía tener. Y leyendo, en aquellos años oscuros y difíciles, cuando la posguerra todavía tenía abiertas sus heridas, recorrí  los más hermosos e inquietantes parajes y escenarios, navegué por los siete mares en su superficie y en sus abismos, visité los puertos brumosos y las islas perdidas, recorrí los caminos misteriosos, los habitáculos de la miseria y los salones de los más esplendorosos edificios, las mazmorras y pasadizos de castillos y fortalezas memorables, enclaves extraños en planetas lejanos.

Pero sobre todo, leyendo comprendí mejor a los seres humanos, he conocido profundamente la abnegación y la abyección, el heroísmo y la cobardía, la entrega amorosa y la traición, la generosidad y la ruin avaricia. He descubierto las razones y los procesos de todas las pasiones.

En aquellas aventuras y tramas singulares y emocionantes, había un  sabor exacto a tiempo verdadero, capaz de competir,  en su sustancia, con este otro tiempo real. Al dejar la lectura salía, de un sueño intenso, un viaje que la realidad no conseguía hacerme olvidar.

Desde los relatos fantásticos y de aventuras que de niño exaltaron mi imaginación, hasta las novelas, libros de cuentos, poemarios, ensayos, que me fueron formando de joven y de hombre, los libros han sido tantos en mi vida, que nombrar sólo un ramillete sería traicionar la memoria de los demás, pero todos ellos fortifican el lugar en que mi imaginación ha encontrado el más seguro cobijo para mi libertad interior.

Estoy convencido de que la historia de quien tiene el hábito de leer, es la de alguien que vive dos vidas y que, por medio de los libros, va simultaneando el recorrido de los espacios cotidianos con el de esos otros ámbitos paralelos de la literatura, llenos de sugerencias y estímulos diferentes de los que puede ofrecer la vida de cada día.

También estoy convencido de que a cada uno le espera, nos espera, un libro que se podría calificar de profético, capaz de iluminarnos, de sobresaltarnos, haciéndonos descubrir ese mundo paralelo donde permanece lo literario y en el que encontraremos durante toda nuestra vida mucha claridad y mucha emoción.

Por eso, en estos tiempos en que la acuciante competencia de otros medios de información y comunicación hace tan azarosa la relación individual y social con los libros, no es gratuito proclamar una vez más la vigencia de ese viaje interior, secreto y lleno de aventuras, invisibles pero palpables,  que es leer.

Hace once años, inaugurando la frustrada Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil LEER LEÓN en fechas como estas,  yo recordaba unos versos transmitidos en el primer tercio del siglo XIII, en el Libro de Alexandre, por un poeta de estas tierras, Juan Lorenzo Segura de Astorga,

Sedie el mes de maio coronado de flores
Afeytando los campos de diversas colores
Organeando las mayas, e cantando damores
Espigando las mieses que sembran lavradores

Mayo es un mes prometedor, un mes apropiado para la esperanza. Por eso  creer en la vitalidad y vigencia del libro no es un acto de fe, sino de razón esperanzada. Esos nuevos inventos de la comunicación, sin duda muy útiles, deben ser complementarios de los libros, donde se encuentra la palabra compleja y, en ella, la sustancia del ser y del saber humano.

Porque, entre los instrumentos que hemos inventado a lo largo de nuestra historia, los libros son perfectos y completos. De transporte fácil, pueden contener en muy pocas páginas una información y emoción incalculables, y carecen de servidumbres energéticas para su funcionamiento. ¿Qué máquina puede ser tan funcional? Además, la ventaja de los libros es que mantienen durante siglos la vigencia de eso que ahora denominamos “aplicaciones”: hoy podemos leer todavía El Quijote en su primera edición, porque lo que pudiéramos llamar su aplicación expresiva no ha cambiado desde hace cuatrocientos años…

Y es que los libros, como creía mi buen padre, siguen siendo la mayor riqueza del mundo.

12 de mayo de 2017

Información relacionada:

El alcalde de León, Antonio Silván, el escritor José María Merino y el presidente de los libreros, Héctor Escobar. Foto: César Andrés / Ayuntamiento de León.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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