Rock and roll en la plaza del pueblo

Por LUIS GRAU LOBO

Florecen en cunetas o contenedores con apremio luminiscente grandes letras negras sobre folios amarillos o naranjas y mensajes de tan sucintos, herméticos como consignas de un frente de guerra ilusorio. Marne, 5 y 6 de agosto. Villamayor, 11, 12 y 13. A veces se acompañan de santos y señas aún más crípticos y llamativos, provistos de su propia ortografía, portadores de una promesa rudamente anglosajona o exótica: Disco móvil Amnexia, Strenos, Orquesta Anaconda, Súper Hollywood, Sound Station, Jamaica Show, Buona vita, Mercury, Platinum, Nebraska, Tango, Acordes…

Porque, cuando una generación había desertado de peregrinar a las fiestas de los pueblos, seducida por sirenas urbanas, bares más mundanos y más relucientes discotecas, resulta que una hornada de jóvenes vaga sin rubor ni desaliento por verbenas y celebraciones veraniegas en eras polvorientas, plazas confusas y descampados de pueblos a veces minúsculos, convertidos en centros de atención rutilante para muchos kilómetros a la redonda durante un par de noches al año. Quién lo hubiera sospechado… Y digo verbenas, pero las más de las veces se trata de una caravana sonorizada hasta sus últimas consecuencias dispuesta estratégicamente para que sus remedos musicales impidan escucharse mutuamente, lo suficientemente cerca de una improvisada cantina, lo insuficientemente lejos de unos vecinos que, estoicos o crispados, soportan su inclemencia durante toda esa larga noche. El letárgico corazón de la España vacía fibrila con estos sones noctívagos, culminando una taquicardia que comenzó julio atrás con la llegada de los veraneantes, ese espejismo.

Se extinguían, pero surgieron de un rescoldo agitado, de donde surgen cosas que hace poco juzgábamos vetustas y hasta rancias, y ahora llamamos tradicionales (la semana santa, los juegos florales, las mascaradas…). Cierto es que, pese a los esfuerzos de muchos, sucede lo que en tantas celebraciones ancestrales: se han convertido en un producto de consumo estandarizado que responde, doquiera, a idénticos patrones. La misma mecánica, la misma música, las mismas bebidas y comportamientos, los mismos rostros, gestos, actitudes… Uno acaba por no saber dónde está hasta que pregunta al retén de la Guardia civil que le manda parar a la salida del pueblo en la penumbra del amanecer.

En septiembre, la carretera discurrirá entre las casas bajo sartas de pequeñas banderas de colores desvaídos, y los coches agitarán levemente las trizas de aquellos anuncios fosforescentes aún adheridas con celofán a las señales de tráfico. Y, tal vez, al conductor se le ocurra tararear alguna canción de las fiestas de su pueblo: «Un poco más de rollo, nene, no vendría mal: si no estoy colocado, no puedo tocar. El rock está en mi cuerpo, y a mí me hace vibrar, saltar y desmadrarme, me puedo liberar. Si el rock esta en tu cuerpo, salgamos a bailar…».

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 19 de agosto de 2017,
en una serie estival llamada “Extinto de verano”)

 

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