Give Peace a Chance

Defeated British and French troops waiting on the dunes at Dunkirk to be picked up by the Destroyers and taken back to England. (Photo by Topical Press Agency/Getty Images)

Por LUIS GRAU LOBO

Está a punto de desaparecer de la pantalla grande, si no lo ha hecho ya, pero ha sido la película de este verano, casi unánimemente. Dunkerque, una obra maestra de Cristopher Nolan que se ciñe a un suceso tan principal y relevante como poco tratado en la apología fílmica de la Segunda Gran Guerra. En apenas una semana de la primavera de 1940, las fuerzas aliadas, acorraladas contra el mar por la Wehrmacht, fueron evacuadas desde playas francesas hacia Gran Bretaña por cuanta embarcación flotara, salvando así gran parte del ejército que, cuatro años después, desembarcaría en Normandía para acabar con Hitler. Cabe preguntarse por la elección de este episodio. La Segunda Guerra Mundial fue, posiblemente, la última ‘guerra justa’ en Occidente, concepto extinto, con diferentes sentidos a lo largo de la historia. Con un enemigo diabólico y la inequívoca razón en la fuerza vencedora, se ha tratado siempre como un triunfo necesario y heroico. Más aún cuando su final fue el inmediato inicio de otra guerra, soterrada y latente que había de acabar casi medio siglo después en Berlín, donde había comenzado. En ese sentido, la guerra civil española prologa ese ciclo bélico, y por eso sus consecuencias siguieron vigentes durante la guerra fría. La exaltación patriótica y belicista del gran relato nacional que construye el cine americano ha tratado siempre esta guerra global de manera muy distinta a Corea, Vietnam o las siguientes. Si estas son su corazón de tinieblas, aquella sancionaba la valentía de una generación y la luminosidad de una victoria sin paliativos. Hasta Kubrik, cuando quiso reprobar todas las guerras, escogió la Primera y la escala de grises. Muchas son las virtudes del film de Nolan. Apenas dialogada, se centra en la acción y las historias cruzadas de un puñado de personajes a los que la cámara parece escoger por azar: daría igual cualesquiera otros, parece decirnos. Además, como hiciera Goya en los Fusilamientos, el enemigo no muestra su rostro, su mano golpea con ciega ira y fortuna incierta. La guerra no contiene sino crudeza, ruindad, sufrimiento, muerte y, en ocasiones, algún acto honorable que pasa desapercibido, que solo tiene sentido para quien lo lleva a cabo. Pero pronto, la película de Nolan (es suya: dirige, escribe, produce…) deja de ser una película de guerra para convertirse en un alegato sobre el salvamento, el rescate de gentes atrapadas y desesperadas por alcanzar un lugar que llaman hogar. Sólo quieren salir del infierno y regresar a casa. Imposible no pensar en tantas imágenes similares y tan actuales, imposible no ver a tantos como aún hoy siguen peleando en esa misma guerra, la de salvarse del infierno en la tierra, y en los rostros que arriban exhaustos a tantas playas hacia una manta tendida por algún alma caritativa. Por eso, tal vez, escogió Nolan este tema, porque es una batalla que aún se libra.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 26 de agosto de 2017,
en una serie estival llamada “Extinto de verano”)

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