Rojo, impar y pasa: la banca gana

“Vintage photos Las Vegas history old”.

Por LUIS GRAU LOBO

La banca siempre gana. En los casinos y en el gran casino del mundo. Hace un tiempo el presidente de uno de los bancos más gordos con sede social en este país (el dinero no tiene patria ni procés), uno de sus gurús o más bien crupieres, aseguraba que van a devolver lo cobrado de más a los miles de hipotecados de este país. Reconocía así implícitamente esos abusos. Pero también decía que primero van a dilucidar si el afectado pudo entender las cláusulas abusivas de su hipoteca, dado su nivel intelectual, formación y capacidad. Luego, por tanto, si fue timado con conocimiento o sin él. O sea, pareciera que llama tontos solo a algunos, diferenciando quiénes estaban capacitados para percatarse de la jugada que ponían sobre la mesa. Aunque en puridad nos llama tontos a todos: los que no entendían porque lo eran y los que entendían porque aun así, firmaron. Ya se sabe que si no se reconoce al incauto, uno mismo lo es. La banca, esa vara de medirnos.

También yo he jugado a esa ruleta, por supuesto, y, cómo no, me ha salido tonto. Tuve una “reconfortante” cláusula suelo y los “obligados” gastos de papeleo, que ahora se declaran usura. Por ese motivo, escribí cordialmente a mi banco por si existía opción de recuperar lo mío; mera consulta no vayan a pensar, un porsiacaso. Y me contestaron, claro, con toda la diligencia y amabilidad que una carta sin firma, seguramente maquinal (de máquina) puede contener. Que había cumplido el plazo para reclamar, según tal artículo de tal ley. Ahí se hubiera acabado todo en otros tiempos: con la ley topamos. Pero gracias a Internet los que somos cabezotas encontramos y hasta leemos las leyes. Y el artículo en cuestión –oh, sorpresa– no señala plazo alguno. Lógicamente, vuelvo a escribir: que por favor me indiquen dónde buscar ese plazo. Contestan de nuevo, ya no tan amables, que “en opinión de los expertos independientes consultados por el banco” (sic literal), no pueden estimar mi solicitud. Sin más, ya no hay leyes, hay “expertos”. Como no me gusta que me tomen el pelo y todos contamos con un equipo de expertos independientes que toman cervecitas con nosotros los fines de semana, insisto una vez más para que identifiquen a tan independientes expertos y compartan los criterios y argumentos que manejan para su independiente expertización. Y recibo, al fin, una tercera contestación: que no. Que han resuelto que no tengo razón y punto. Apenas línea y media de carta, en plan déjanos en paz pesado, más que pesado. Ya no hay ni leyes ni expertos: que no. Rojo, impar y pasa.

Como no estoy para pleitos, me cambio de banco. El nuevo banco será igual que el anterior, pero al menos no me han engañado (todavía). Me cuesta lo mío, y hasta lo lamentan en el viejo, preguntando por qué… No diré de qué banco se trata, pero ahora comprendo que tenga su sede en un céntrico edificio de ladrillo rojo que era un casino. Por supuesto.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de octubre de 2017,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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