Nación mutante

Por LUIS GRAU LOBO

Psicólogos, sociólogos y demás dilucidarán qué empuja a ciertos ciudadanos a exacerbar su sentimiento de comunidad hasta el punto de sentirse distintos y distantes, en contraposición a otros. No entiendo el nacionalismo en ninguna de sus fórmulas, tan sedantes, y no alcanzaré ese saber. La tan decimonónica idea de nación rebaja mis simpatías en cuanto es invocada, y debo redoblar mi comprensión hacia quien la esgrime como argumento de lo que sea. Estado, por su parte, es término burocrático, administrativamente necesario, supongo, para que sigamos conviviendo, independientemente de que muchas formas del mismo hayan resultado obsoletas o trágicas, sin que por ello hayan dejado de practicarse o preferirse por según quién. Si me dan a elegir prefiero el término país, con su vaguedad no beligerante y a gusto del consumidor.

Pero si algo nos ha enseñado la cuestión catalana (y nos ha enseñado muchas cosas que tardaremos en digerir) es que en los tiempos de la postverdad, las naciones que aspiran a convertirse en Estados no pueden contar con las herramientas de antaño. De partida se suponía que un conjunto de caracteres culturales compartidos (la lengua en especial) y una resuelta y abrumadora voluntad popular podían aspirar a una bandera, unas fronteras, una administración o un gobierno propios. Ya no. En algunas sociedades democráticas, en especial en Europa, banderas, lenguas y culturas no sólo son reconocidas y hasta alentadas, sino que han sido globalizadas en un caldo de libertades que homogeneiza y atempera a cambio de un bienestar individual sistemático y un autogobierno moderado. Renunciar a buena parte de autonomía, de Estado (fronteras, administración, gobierno), atañe tanto a españoles, griegos o lituanos como a catalanes en un proceso, este sí, gradual. Solo en la medida en que se renuncie al amparo que ofrece esa unión, se permiten otras “libertades” a sus componentes. Merced a ese contrato transnacional, fronteras, banderas y demás signos identitarios poco papel juegan, aparte el emocional, para  distinguir países que se congregan bajo un mismo código ideológico, político, económico. El futuro, con suerte, habrá de  convertirlos en objetos decorativos, arqueológicos, y entonces ser catalán, español o griego se reconocerá (como es) un mero azar sin mayores consecuencias ciudadanas.

Quizás Cataluña podría haberse escindido de España con desenvoltura en otro momento, pero no ahora que supone salir también de Europa. Pocos querrían irse hacia tierras de tan promisorias, inciertas. Fuera hace frío. Esta debería ser, al menos, una buena noticia para la edificación europea, pues su pacto de libertad y prosperidades a cambio de ciertas renuncias parece llamado a prevalecer sobre la vetusta idea del Estado-nación. Trato o truco. Ahora solo falta que nuestro gobierno y el Estado se comporten con mesura acorde con ese compromiso y dejen de oscilar de la inacción a la desproporción.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 5 de noviembre de 2017,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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