Cuentos que nacen del viejo oficio de escuchar

“Balada del Nuevo Mundo”, ilustración: Sergio Irene Desiré.

El periodista Luis Miguel de Dios ha escrito recientemente el libro de cuentos “El llanto del trigo”, unos relatos cargados de imaginación, humor y que rezuman cultura rural por los cuatro costados. Recoge en la obra sugerentes diálogos y bautiza a sus personajes con nombres que parecen editoriales, fruto, sin duda, de su larga e intensa trayectoria profesional, sin perder de vista su retranca.

Las ilustraciones han sido realizadas por alumnos de la Escuela de Arte de Valladolid, a partir de los cuentos del libro “El llanto del trigo”.

Por CARLOS BLANCO

En Guarrate (Zamora), el pueblo de Luis Miguel de Dios, los quintos tienen por costumbre a comienzo de año leer unas quintillas ante un gallo colgado antes de pasar a caballo y cortarle la cabeza con un sable. Es una forma de escapar de la culpa, y para ello recitan aspectos negativos de la vida de cada cual, aunque no en todos sus detalles.

Luis Miguel ha sido quien, en los últimos 40 años, ha escrito por encargo la mayoría de estas relaciones. Así que, la cantidad de datos, sucesos, nombres, apodos, milagros, infidelidades y secretos que han pasado por el conocimiento de Luis Miguel de Dios es enorme. Lo sabe todo, por ejemplo, sobre los motes y apodos femeninos. Ahí están “la cursilina”, la “Vatiesa” o la “Tetillas”, aunque la reina de todas sea la de “Dulcimea”. Así llamada porque era diabética y padecía frecuentes cistitis.

El autor ha tenido en su pueblo su Macondo privado. Una fortuna para cualquier escritor. Para pergeñar quintillas y pequeñas narraciones con centenares de historias prodigiosas, fantásticas, irreales, mágicas pero todas verdaderas, verosímiles y posibles.

Cuando se está ante una gran librería es un placer correr de libro a libro para ver cómo empieza, con que frase el autor intenta seducir al lector. En El llanto del trigo hay comienzos notables, como este: “Estaba donde las demás y buscaba lo que las demás, pero le pareció muy distinta”, Así comienza la “Balada del nuevo mundo”. Cuenta la historia de amor de un ganadero con una bella ecuatoriana que trabaja en un club de alterne. Los amigos del amante, cuando le ven perdido, le advierten. Y le dicen: “Esta te come el capital. Ya puedes sembrar y ordeñar ovejas que lo que sacas de unas tetas se lo llevan otras”.

“La niña que pidió a los Reyes un majuelo”, ilustración: Saúl Gallego.

Mucho antes de que llegaran las visitadoras, las historias de los puticlubs, las peripecias de las busconas y de sus usuarios han dejado páginas de magnífica literatura. Y muchas seguramente con un trasfondo real. No han sido infrecuentes en los establecimientos rurales las historias de amor, los noviazgos de parejas y matrimonios para combatir juntos la soledad y las vueltas de la vida. De eso habla también Luis Miguel en este cuento con la ternura justa que requiere.

“Balada del nuevo mundo”, comparte con “El entierro”, otra de sus prodigiosas narraciones que, aun siendo inventadas, bien pudieron ser reales. Es, en todo caso, una novela breve, pero una novela con sus capítulos: La hija, la viuda, la vecina, la prima, la amante. Una novela que también podría ser un gran reportaje con sus dotes elevadas de realidad. Y aquí llegamos al periodismo, al periodismo como origen de este libro de cuentos. El periodismo al servicio de la literatura. Cuentos donde los maestros del reportaje logran convertir la fantasía en realidad.

“El Entierro” o “La Balada” podrían estar en la línea de lo que Tom Wolfe divulgó como “Nuevo periodismo”. Un periodismo que si no es mejor es una variedad evolucionada, pero variedad al fin y al cabo. El nuevo periodismo se sumergía donde pasaban las cosas y hacía preguntas a las que no se tenía derecho natural a tener respuesta.

“El once ideal”, ilustración: Ibra Cisse y Pablo Garrobo.

“El entierro” donde se mezcla corrupción, tramas urbanísticas, cadáveres y nuevos ricos es una narración de ficción, pero menos. De hecho termina con una nota periodística resumen de agencias, en la que fríamente se dan los datos que sirven para rellenar los huecos y cabos sueltos del cuento. Y sucede también con “La Balada”, que termina de la misma forma. Con una noticia de un boletín de radio que pone punto y final a la historia donde los perros con sus aullidos aderezan un realismo mágico.

Hay una personalidad inevitable a la que siempre se trae a colación cuando se habla de las relaciones entre el periodismo, la literatura y la realidad. Gabriel García Márquez, un escritor que daba clases de periodismo en Cartagena de Indias. Un periodista que de un gran reportaje hizo un libro cuyo título ha sido mil veces copiado para encabezar todo tipo de piezas periodísticas.

“La niña que pidió a los Reyes un majuelo”, ilustración: Alejandro Lozano.

García Márquez siempre decía que, a la hora de narrar, lo más importante era encontrar el tono y que el secreto consiste en creer firmemente aquello que se cuenta. El periodismo debe servir para que la literatura sea creíble. Para que el escritor tenga los pies en el suelo, como los tiene el periodista. Luis Miguel de Dios ha escrito un libro maravilloso. Ha hecho dos cosas, escuchar con atención y valerse de su oficio.

Portada del libro “El llanto del trigo”.

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