Julio Lázaro, el maestro que escuchaba los silencios

Julio Lázaro en la obra “El médico de su honra”. Foto: Jesús Peña / Teatro Corsario.

Perfil de JULIO LÁZARO, actor de Teatro Corsario

El maestro que escuchaba los silencios

Seguramente no haya otro actor en Castilla y León que concite tanta unanimidad como el fallecido Julio Lázaro a la hora de lamentar su pérdida y de distinguir su dimensión humana y su apuesta por el oficio. Se ha ido un profesional que amó a los escenarios y a quienes le acompañaban sobre ellos con humor, generosidad y rigor. Persiguió sus sueños, movido por el corazón, aunque eso le supusiera vivir peligrosamente. Abrazaba mucho, escuchaba mucho, y, cómo no, amaba los aplausos, la cima de los 8.000 que tantas veces conquistó.

Por ISAAC MACHO

Tal era la atracción por los Gigantones y Cabezudos de las Ferias de San Mateo de Valladolid que a la menor algarabía el niño Julio salía de casa a toda mecha, y hasta en paños menores, para seguir a esas llamativas figuras de cartón-piedra. Sus padres conocían tan bien sus peripecias que si tardaba en aparecer por casa o no estaba en los corrillos habituales, iban a buscarle directamente a la Plaza Mayor. Y no fallaban. Allí se encontraba, entre colosos, como un miembro más de la comitiva.

El hechizo por los personajes imprescindibles del circo, su carpa de dos pistas, y sus míticos personajes –payasos, acróbatas o malabaristas–, atrapaba también al chaval con sus sorprendentes números. En realidad, la magia que envuelve cualquier historia imaginativa se vivía de forma natural en la familia Lázaro Cantarín. La abuela materna, por ejemplo, era la encargada de llevar a los nietos al patio de San Benito para que disfrutasen de los títeres de guante; sus padres regentaban la tienda Morla donde convivían disfraces de carnaval y artículos de broma y, en ocasiones, eran los primeros en enmascararse con motivo de cualquier fiesta entre parientes; la hermana, la hija y la esposa llevan el teatro en la sangre, han hecho teatro y muchas de sus conversaciones tenían a las artes escénicas como centro del debate. De casta le venía al galgo este ADN por las tablas ya que Julio, de muy niño, ya representaba ante los vecinos del patio, un auténtico corral de comedias improvisado, los cuentos tradicionales a base de marionetas.

En ocasiones, la televisión en blanco y negro de la España del momento, jugaba también su papel en casa. El mítico Estudio 1 de TVE era uno de los programas estrella dentro del clan familiar. José Bódalo, Ismael Merlo o Manuel Alexandre encarnaban a personajes con tratamiento de ídolos. Pero la debilidad del joven, en materia teatral, recaía en José María Rodero, mientras en el terreno del cine, Pepe Isbert, con aquella voz quebrada y el gesto maduro, se llevaba todos los honores.

Las artes de Julio Lázaro para la imitación vaticinaban ya las inquietudes escénicas de este joven desprendido y osado. Tanto que el padre grababa en un viejo magnetofón alemán de bobina abierta las imitaciones que el chaval hacía a Félix Rodríguez de la Fuente, Mariano Medina, al alpinista de César Pérez de Tudela y al popular crítico de cine Alfonso Sánchez, con aquella característica voz nasal y los ataques de tos.

Ese magnetismo por la expresión dramática, sin embargo, no le llegaría de forma consciente, hasta asistir a un curso sobre expresión corporal impartido por el jesuita y actor, Juan Luis Veza. Fue la primera experiencia en la que descubrió las potencialidades de su propio cuerpo. Ocurrió un verano tras uno de los cursos de Noviciado seguido en el seminario de los jesuitas, orden en la que se había embarcado para probar su vocación religiosa, experiencia que duró pocos años.

Estudió Historia Contemporánea en la Universidad de Valladolid. Al terminar la carrera, le contratan en el Colegio San José (Valladolid), una actividad que compatibilizó con la diplomatura de la Escuela de Arte Dramático. Simultáneamente, Lázaro se integraba en el grupo aficionado Teatro Brabán, dirigido por Inocencio Arroyo, que tenía su residencia en los locales de la parroquia de La Pilarica, conocida por ser una plataforma de las reivindicaciones sociales. Allí probó las mieles de los aplausos, entre otras obras, con Antígona y Auto de los reyes magos. Y le agradaron.

Como profesor de Historia, Geografía e Historia y Arte pronto cautivó a los alumnos por su personalidad. Enamorado de la educación, se entregaba en cuerpo y alma al oficio de enseñante si la materia que tenía entre manos le resultaba atractiva; por el contrario, si le aburría, llegaba a disgustarle profundamente. Sus compañeros de claustro califican su carácter de mercurial, impulsivo, afable, dinámico, apasionado, creativo, carismático, “no siempre el más metódico”, aunque sí organizado y sin espacio para la improvisación. El entusiasmo con que afrontaba los retos “era su peor enemigo”, en opinión de sus colegas, “porque a veces no tomaba las mejores decisiones por ese apasionamiento”.

Julio Lázaro en “Clásicos Cómicos”, de Teatro Corsario. © Firma: Jesús Peña.

Durante su etapa de docente, puso en marcha el taller de teatro en el que Luis Rodríguez se encargaba de la parte literaria. Las obras que se representaban estaban relacionadas con la materia que estudiaban los chavales. De esa etapa surgieron, entre otros, los montajes La casa de Bernarda Alba, El sueño de una noche de verano, La zapatera prodigiosa, Los cuernos de don Friolera, Anfitrión o ¡Viva el duque, nuestro dueño!

Partidario de integrar el teatro en las aulas, publica el libro didáctico Taller de teatro orientado a los educadores. Pretende aportar materiales para ayudar a los profesores en la programación y en el desarrollo de los talleres de teatro. En este particular cuaderno de bitácora anota sus propias convicciones: “el teatro con los niños y jóvenes ofrece una posibilidad creativa de utilización del tiempo libre, potencia su espíritu crítico y llega a tocar los hilos más profundos de su afectividad. Favorece también una mejor comunicación en los grupos y ayuda a que desaparezcan tensiones y situaciones conflictivas”.

Convencido de los valores de la nueva pedagogía y en su peculiar manera de impartir la asignatura, dramatizaba los hechos históricos. No era nada raro verle encima de la mesa escenificando, por ejemplo, la época del nazismo mientras imitaba a Hitler. Podía ser histriónico pero sus clases no eran caóticas. Controlaba la escena y la clase, y sus alumnos se mantenían enchufados al tema. Dejaba abierta la puerta de sus clases porque “no le importaba que le vieran”. Esa libertad transgresora que practicaba estaba en línea con el pensamiento del entonces rector del colegio, José Fierro, quien mantenía que lo importante es dar bien la clase y que los alumnos aprendan, siendo indiferente la manera de hacerlo.

El testimonio de un alumno de COU deja al descubierto dónde ponía el acento Julio Lázaro como docente: “Nos enseñó a ver telediarios analizando la misma noticia desde distintos puntos de vista, a seguir los documentales de la 2, nos decía que no fuéramos espectadores pasivos; aprendimos a examinar los periódicos, a realizar debates o leer textos; siempre buscaba una visión crítica: no os quedéis solo con lo que os diga alguien, plantearos la duda; hacía algo diferente por despertar nuestro interés, por motivarnos; lo recuerdo cercano, no amigo; alguien justo, distinto, planteaba una pedagogía innovadora más allá del temario”.

En las fiestas del colegio introdujo un pregón escenificado, un modelo que continúa hoy, y en ocasiones montaba con los alumnos una especie de happening por la ciudad, una manifestación provocativa entre movimiento hippie y pop-art. La animación con él estaba garantizada también a la hora del café, entre los profesores. Alguna vez se le vio empujar un carro de limpieza por los pasillos, con una profesora encima de la plataforma. Y los alumnos, como radiantes espectadores…

Aunque en sus clases pudiera dar la impresión de que los estudiantes no pegaban ni chapa, los resultados de Selectividad indicaban que las notas de Historia estaban entre las mejores del centro educativo. Disciplinado, espontáneo, vitalista, y con una memoria portentosa, le gustaba llevar la lección aprendida y que los demás también lo hicieran.

Julio Lázaro en “Teresa. Miserere gozoso”. © Fotografía: Henar Sastre. Cortesía Teatro Corsario.

Cuando la compañía Corsario tuvo que sustituir a Javier Semprún, por enfermedad, en el montaje Titus Andronicus, Lázaro había quedado para hablar con el director de la compañía, Fernando Urdiales, y se presentó en su casa unos minutos antes de la hora citada, “nervioso e inseguro”, según el mismo reconoció. Ante su sorpresa, abrió la puerta Urdiales con la navaja barbera abierta en la mano derecha y media cara enjabonada en plena faena de afeitado. “Un recibimiento teatral y un tanto siniestro”, escribiría Lázaro. Nada más acabar de asearse, el director se puso a desayunar y “con calma y un café me fue contando el enrevesado argumento que yo intentaba asimilar en medio de un sudor frío”.

Para adelantar tarea, el responsable de los corsarios no tuvo mejor idea que indicarle a Lázaro que interpretase algo mientras daba cuenta de los alimentos que todavía tenía sobre la mesa. El aspirante a vestir un personaje en la obra de Shakespeare tenía tanto miedo a defraudar y a perder esa oportunidad que se le brindaba que se preparó a conciencia y dejó boquiabierto al patriarca corsario. Primero, porque sabía el texto de pe a pa pese al escaso tiempo transcurrido desde que acordaron la reunión y, segundo, por su bravura interpretativa. El papel fue para él. A partir de ese momento, 2001, el actor inicia una larga travesía en las filas corsarias que se prolongó hasta su muerte, mayo de 2017.

A excepción de su hija, su hermana, su esposa y sus padres, Julio Lázaro no tuvo ojos para nadie más que para el teatro. Era su gran pasión. Acudía a ver teatro en cualquier lugar donde se produjese y con mucha frecuencia se escapaba a Madrid, incluso, en momentos de estrecheces económicas. “No llegaremos a fin de mes, pero hemos visto teatro…”, solía decir irónicamente para justificarlo. Convencido de las bondades de las artes escénicas, introdujo a su hija en el arte de Talía, como actividad extraescolar, a los 6 años y con 7 viajó con ella hasta el Liceo de Salamanca para ver en inglés El sueño de una noche de verano, interpretado por la Royal Shakespeare Company. Eso sin contar que con 12 primaveras era “la única niña” que acudía a las Jornadas de análisis y debate que se realizaban en el festival Olmedo Clásico.

Su vena artística y observadora, su entrega, su facilidad para conversar y discutir hasta la extenuación, así como su capacidad para escuchar –con el matiz, importante, de que el interlocutor se sentía escuchado– hicieron de esta figura un pedagogo de altos vuelos.

Julio Lázaro en “Teresa, miserere gozoso”. © Fotografía: Jesús Peña.

Al animal escénico Alberto Velasco, Lázaro le sacó de los bailes regionales y el pasodoble en La Cistérniga (Valladolid) y le motivó para ingresar en la Escuela de Arte Dramático de Valladolid. “Si hago teatro es gracias a él”, confiesa el laureado actor, director y bailarín. Tras su paso por el grupo juvenil La Traka, Miguel Garcés, Miguelón, reconoce también que Julio Lázaro fue el tipo que “hizo enamorarme del oficio”, especialmente, por su humor y por sus divertidas sesiones de improvisación.

Niños y jóvenes, universitarios, profesores y componentes de colectivos sociales que recibieron cursos de interpretación y expresión corporal de Julio Lázaro a lo largo de 28 años en España y América o actores y actrices que estuvieron a sus órdenes en los grupos de teatro amateur La Traka, La Farsa, Grupo Koloqio o Cannovacci Teatro le recuerdan como “un currante, exigente, meticuloso, muy bromista, que nunca faltaba a un ensayo”. De exquisito tacto en el trato, era inusual verle enfadado, salvo momentos muy contados. Le molestaba, en cambio, la falta de compromiso de los alumnos y ese podía ser motivo para “echarte una pequeña bronca…” Maniático de la organización, superaba esos reveses porque le compensaba tanto el proceso que siempre encontraba una recompensa al buscar el lado positivo de las cosas.

El duende teatral que llevaba dentro Julio Lázaro le obligaba hasta la obsesión por sus personajes. Para sacar adelante su último papel don Quijote del espectáculo Barataria, por ejemplo, leyó numerosos autores, investigó textos de todo tipo, se pasó meses hablando con Alonso Quijano… En el fondo, las reflexiones de la obra se adaptaban como un guante a su manera de ser. Alguien que le conoce bien asegura que “él era mitad Quijote, mitad Sancho”. Sus cómplices sobre las tablas le juzgan como “supermagnético”, con interpretaciones “de una gran verdad que no abandonaba nunca a sus personajes”. Junto a su profesionalidad y su sobresaliente poderío, este actor y maestro de actores, de “eterna sonrisa”, “entendía el arte de la interpretación como un juego de conjunto y que su personaje formaba parte inseparable del trabajo de los demás compañeros”.

Uno de sus rituales, entre escena y escena, era aislarse de lo que pasaba a su alrededor y concentrarse profundamente para disponer de toda su energía en la siguiente entrada al escenario. Aseguran quienes compartieron escenario con él que estaba hecho de tan buena pasta, dentro y fuera de las tablas, que sus socios de escena confiaban a ciegas en que teniéndole cerca, éste no les dejaría tirados y les sacaría de apuros en caso de algún contratiempo.

Julio Lázaro en “Barataria”, de Teatro Corsario.

Lázaro tenía como referencia intelectual a Peter Brook, uno de los directores más revolucionarios en sus puestas en escena. Admiraba a José Luis Gómez, Miguel Narros, Lluís Pasqual y Tadeusz Kantor, y estaba muy unido a Fernando Cayo. Perfeccionista hasta el extremo, su voz redonda y su cuerpo se transformaban completamente cuando subía a un escenario. “Daba la impresión de que el Julio real era el del escenario y que el Julio con el que convivías era menos Julio…”, evocan compañeros suyos.

El veneno del teatro que llevaba en la sangre le hizo buscar sus propias credenciales escénicas. Así viajó hasta la técnica del clown, bebió en los métodos de Els Joglars, Els Comediants, la comedia dell´Arte, se acercó hasta los templos de Eugenio Barba, la escuela Vakhtangov de Moscú, o la manera de interpretar a Shakespeare de la mano de León Rubin, por citar algunos. Y para mostrar el bagaje formativo que acarreaba, los futuros profesionales tuvieron ocasión de comprobarlo en la Escuela de Arte Dramático de Valladolid donde también ejerció de profesor.

Profesionalmente, intervino en La Nave Teatro, Laberinto Teatro en Talem, lecho conyugal (1992), Azar Teatro en El señor de Molière (1993) y con Teatro Meridional, como asesor dramatúrgico, en la puesta en escena de Ñaque, de piojos y actores (1994) y Romeo. Versión montesca de la tragedia de Verona (1996). Pero su sello por antonomasia lo dejó escrito con Teatro Corsario donde estuvo los últimos 17 años. En esta compañía emblemática de teatro clásico representó los montajes Titus Andrónicus (2001), Don Gil de las calzas verdes (2002), Celama (2003), La barraca de Colón (2005), Los locos de Valencia (2007), Pasión (2008), El caballero de Olmedo (2009), El médico de su honra (2012), Clásicos cómicos (2014), Teresa, miserere gozoso (2015) y Barataria (2016).

Julio Lázaro en “El médico de su honra”. © Fotografía: Jesús Peña.

Consciente de las dificultades de vivir sólo del teatro, viajó a Madrid para intentar introducirse en el complejo sector de las series de televisión. Intervino en algunas de ellas, en papeles secundarios, pero no cuajaron sus expectativas. Aun así participó en títulos como Este es mi barrio, Manos a la obra, Águila roja, Isabel, Lolita Cabaret, Páginas ocultas de la historia o Vis a vis. Cinéfilo de pro, podía disfrutar, sin la urgencia de los bolos, hasta de cinco películas en un solo día del festival de la SEMINCI. Como actor, tomó parte en el largometraje Luz de soledad (2016), dirigida por Pablo Moreno y en los cortos Los átomos (1990), de Francisco Pimentel Igea y en La curva (1999), de Víctor Barrero.

De las once representaciones que el actor llevó a cabo con Teatro Corsario, desde 2001 a 2017, tres de ellas guardaban para él una significación especial. La primera, Titus Andronicus que le permitió dar el salto a la profesionalidad, una situación largamente acariciada; Celama, al margen de su honda manifestación expresionista, sirvió para romper los moldes habituales del teatro clásico que seguía la compañía y, finalmente, le cautivaba en especial Barataria, en la que actuaba como protagonista en el papel de don Quijote, porque le puso en contacto con el mundo de la locura, la imagen de los sueños…

Humilde con sus éxitos, disfrutaba con ellos pero no exteriorizaba los logros ni los manifestaba para amasar reconocimiento social. Cuando recibió el Premio de la Unión de Actores de Castilla y León a la mejor interpretación masculina por Clásicos Cómicos (2015), Julio Lázaro agradeció la distinción y recordó que era un “gran estímulo” para su trabajo porque venía de sus compañeros de profesión e implicaba “una gran responsabilidad para no defraudarles ni a ellos ni al público”.

Zurdo contrariado, no era un manitas precisamente en las tareas que requerían ciertas habilidades manuales. Con el ordenador mantenía una lucha sin cuartel. La tecnología significaba un suplicio al que no lograba sobreponerse. Aunque Julio Lázaro contaba con carnet de conducir, nunca condujo un coche. La única vez que se enfrentó a la máquina fue, por necesidades del guión, con ocasión de interpretar el papel de director de un banco en la serie televisiva Manos a la obra. Ante su impericia con el volante del 4×4 que le entregó la productora, el realizador optó por acortar el itinerario que tenía que hacer “el ejecutivo” en el plató para evitar posibles percances.

Julio Lázaro en “La barraca de Colón”. © Fotografía: Luis Laforga.

Lector de poesía, le interesaban todas aquellas cuestiones que tuvieran que ver con la reflexión, el pensamiento, la literatura, el mundo de las ideas, los clásicos, la historia… Amigo de las convicciones –riesgo aparte–, era una persona “bastante auténtica”, libre, confiaba en la palabra y creía en la gente.

Capítulo aparte merece su manera de ser, algo que “llamaba la atención a todo el mundo”, exponen. De carácter fuerte, aunque le duraba poco el pronto, es llamativo que “en este mundo del teatro donde predomina la precariedad laboral, las envidias, el desánimo y las circunstancias complicadas, él rezumaba una profunda bondad, buen rollo, alegría…”, menciona un actor y director.

Puede hablarse de Julio Lázaro como un ser profundamente espiritual, sensibilizado con los temas sociales –estuvo un verano en Nicaragua en el momento de la revolución nicaragüense–, que no toleraba la injusticia. Crítico con las cuestiones sociales, con la política, el poder y los privilegios de la Iglesia, a pesar de haber estudiado en el seminario con los jesuitas y estar vinculado al movimiento Comunidades de Base de la parroquia de La Pilarica, al referirse a sus creencias, un educador lo define como un “descreído, religioso a su manera”, un hombre de poca práctica litúrgica. Cristiano pero no beato.

Hombre de izquierdas, colaborador con los movimientos sociales, su último compromiso fue ayudar al Colectivo Indignado de Valladolid en la organización de una performance que protestaba por los “sueños ahogados” de miles de emigrantes que murieron en el Mediterráneo, una acción que se celebró en el marco del TAC a la que ya no pudo asistir porque murió ese mismo día de mayo, horas después.

El actor Julio Lázaro posando para la entrevista con Isaac Macho. © Fotografía: I. M.

Amante de los viajes –gafas de sol y sombrero- y de la precisa documentación que conllevaban, era un excelente cicerone vocacional en los lugares que visitaba. A Julio Lázaro le gustaba comer bien. Rebelde y urbanita, daba “lecciones de vida”. Asegura una actriz con quien compartió largas horas de ensayos que “tenía frases curativas”, “absolutamente achuchable…” Cuando, tras fallecer, un familiar se encontró con una alumna, ésta le confesó que Julio le había enseñado a abrazar porque antes de asistir a los talleres de teatro con él nunca había tenido esa sensación tan embriagadora.

Julio Lázaro tenía los músculos diseñados para ascender a las altas montañas. Había nacido, como le pasaba al alpinista Lionel Terray, para cumplir sus sueños. Eso le exigía vivir en el filo de la navaja, como era dedicarse al teatro en la periferia, “para coger las rosas que florecen en las fronteras de lo imposible”. Pero, quizás, quien mejor defina su filosofía existencial sea una frase del pensamiento de Nietzche: “el secreto para cosechar las experiencias más fecundas y los placeres más grandes de la vida es vivir peligrosamente”.

Un Comentario

  1. Luis izquierdo martin

    Tuve la gran suerte de verle en directo y nadie como él para llegar al público, grande entre los más grandes, tu hueco nunca se llenará, allá donde esté seguro que está dejando su arte. gracias por ser el mejor

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