Querido diario (101)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor sobrepasa ya, con ésta, el centenar de entradas en su diario. Intenta construir un mosaico de este año que termina, pero no consigue escribir sobre el mañana ni sobre las ilusiones perdidas. “Todo está embadurnado de soledad, como si quisiera instalarse en mi boca un ciego presente de desabor, sin antes ni después, nostalgias o deseos, sin la noria de las horas, fuera del tiempo…”

Por AVELINO FIERRO

A los pájaros de Antonio Cabrera

Como viejos remordimientos están ahí esas hojas caídas, secas, sobre la acera, a la altura del pabellón de los viejos. Murmuran el desasosiego y el tiempo y la noche, ahora que camino despacio hacia el final de la avenida.

Allá a lo lejos hay un arco de piedra, labrada boca de un túnel que me llevará a la luz, al asombro, al tedio, a otros labios.

Trato de leer en las sombras, de percibir algo en los apagados sonidos de las televisiones, en las palabras pronunciadas por dos jóvenes extranjeros que me cruzan; descubrir algún presagio en ese papel arrugado que vagabundea por el suelo y ahora se vuelca. Hay luces tristes de las fiestas y soledad. Algunas veces los dioses se refugian para conversar tranquilos en estas exiguas geografías de calles tristes. Revisan el “debe” y “haber” en los libros, perdonan vidas, se dan palmadas en la espalda como nubes reunidas y se cuentan las arrugas, hacen planes para el nuevo año, muestran un nuevo vestido de blondas rosas. Alguna vez los he presentido, se anuncian por un ligero temblor en un farol de colores en una noche sin viento, o porque ese amanecer –después de haberse ido– son más dulces las gotas del alba. Esta vez no los siento; si luego acuden creo que no podré escuchar ya sus murmullos. Espero volver pronto a casa, antes de que todas las luces se apaguen.

Estoy cansado. Por la mañana entreoía los valses del Concierto de Año Nuevo. Nunca tanto como hoy me resultaban ajenos, como si todo estuviera sembrado de olvidos y pérdidas. Estaba enfrascado entre papeles, recortes de periódicos y libros, pero no podía recomponer las señales que habían dejado los días idos. Todo parecía ser el presente, todo se asomaba ante mí a un tiempo.

Quise construir un mosaico de este año que termina, dibujar la topografía de sus sentimientos, mostrar un electro de su alma. Y comencé a ordenar y clasificar la música –una vieja versión de aquella sinfonía, las notas de la elegía de un músico contemporáneo–, la prosa de los nuevos libros –porque he comprado uno de cuentos esperando que me guste tanto como aquel Pájaros de América de Lorrie Moore–, el recuerdo de la entrevista a Antonio Cabrera en el pabellón de tetrapléjicos, los versos subrayados “no sabíamos qué pasaría, vivíamos en las tinieblas / y en la esperanza, como viven los demás habitantes / de Dresde o de Varsovia que al anochecer / se quitan los relojes de las muñecas / y en los sueños son libres, como nadadores / en el Atlántico de la eternidad…”, un ensayo sobre la traducción de un poema de Auden, la visión de Pla de un puerto de mar en su último libro de anotaciones inéditas –“por el lado del mar, todo oro, como por el lado de los cipreses, todo plata, de ese tipo de plata polvorienta de las cruces parroquiales que salen en procesión entre las viñas”–, la espera en el correo de un grabado sobre Rilke, el viaje frustrado en el verano hacia la nostalgia por el París de los sueños…

Pero todo siguió allí amalgamado, inmóvil, sin aristas, como un magma, como un zumo espeso de frutos caídos. Ni siquiera pude elegir entre las frases que había anotado una tarde en el libro de Pavese para que sirvieran de título a un libro futuro: “las voces muertas”, “un viento te alcanza”, “silencio encendido”, “sólo uno de nosotros”, “aún saben a ti”, “el amor es tu sangre”, “como nubes reunidas”, “la tierra que espera”…

¿He estado todo este día viviendo en el “es”, en algo intemporal, en minutos que no se renuevan? Ha bajado una sombra hasta mis manos; no consigo escribir sobre el mañana ni sobre las ilusiones perdidas. Todo está embadurnado de soledad, como si quisiera instalarse en mi boca un ciego presente de desabor, sin antes ni después, nostalgias o deseos, sin la noria de las horas, fuera del tiempo. Todo parece borroso, errátil, ignorado, vago, incierto…

  1. José Luna Borge

    El balance de un año está teñido de nostalgia y con el hatillo de la vida al hombro el autor hace escrutinio de papeles y lecturas, tratando de ordenar un poco lo que vamos dejando a nuestro paso por si alguna vez lo necesitamos.
    Estupendo apunte,Avelino.

  2. C

    Sí señor! Y todavía sacas tiempo para escribir tu diario. Que me ha encantado!!!!!

    Llevo ya 4 días en la cama y ese embadurne del que hablas lo siento yo a mi alrededor, por supuesto de forma más prosaica.
    Los adornos de navidad siguen en su sitio. Las cartas se acumulan, las citas, los deberes que tenía que hacer… todo está allí, esperando y todo se mezcla, se cubre de polvo, se solapa…
    Oye, he mirado el libro de cuentos de Lorrie Moore y está descatalogado.
    Me lo prestarás?
    Mil bs, amigo
    Y enhorabuena.
    C

  3. Eloísa Otero

    Aquí, un precioso artículo de la escritora y periodista Noemí Sabugal, en el diario La Nueva Crónica, sobre las 101 entradas de Avelino Fierro:
    https://www.lanuevacronica.com/ampliacion-de-la-mirada

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