A través del espejo

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión, la autora aborda un trastorno de conducta alimentaria, y va más allá del cuerpo para tratar asuntos como la visión distorsionada que a veces tenemos del mismo, el hecho de no aceptarnos tal como somos, la baja estima personal… / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

A través del espejo

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Tenía dieciséis años cuando empezó todo. Me miraba en el espejo, me veía gorda, entonces empecé a no comer. Recuerdo que partía la carne en mil trocitos para que cundiera más, con dos cucharadas de lentejas me saciaba, al pescado le quitaba el rebozado, miraba las calorías de cada alimento y elegía los que menos tenían, la verdad es que me llegué a obsesionar con eso, me quité el pan y las galletas y los dulces porque había oído que eran calorías vacías, tiraba comida en bolsas que guardaba en mi habitación cuando mis padres no me veían, y como había leído en internet que tomando diuréticos se adelgazaba más rápido, los fines de semana que iba a ver a mi abuelo le robaba estas medicinas de su botiquín. Al principio pasaba hambre pero llegué a acostumbrar a mi estómago a casi nada y cuanto menos comía menos quería comer. Adelgacé, claro. Yo era una niña que medía 1,69 y pesaba 47 kilos. Pero me miraba en el espejo, el pelo lacio, la piel tan blanca, casi azul, el estómago encogido, los omoplatos encogidos, toda encogida, y tampoco me gustaba. Además, empecé a no sentirme bien físicamente, y aunque en aquellos momentos no quería reconocerlo, me levantaba cansada, sin energía, sin fuerzas. Mis padres se dieron cuenta y me llevaron al endocrino, que me puso una dieta.

Después de esa temporada me dio por todo lo contrario, me dio por comer. Fue cuando mi abuelo estuvo en el hospital muy malito. Mi madre se pasaba muchas horas cuidándolo, había noches que se quedaba a dormir. También coincidió que empezaba segundo de bachillerato. Siempre fui bien en el colegio, era de hincar los codos, de sacar sobresalientes, tal vez porque siempre he sido muy perfeccionista y quería seguir sacando las mejores notas, solo que ese curso era muy duro, el más duro que yo que pasado, con la selectividad al final como una espada de Damocles. En el chino compraba paquetes de galletas o donettes o bolsas de magdalenas que me comía de una atacada y paulatinamente fui comiendo todo lo que pillaba, hasta carne cruda y productos congelados como palitos de cangrejo o croquetas o empanadillas que mi madre guardaba en el congelador y que luego tenía que reponer con el dinero de mi paga semanal para que no que no se dieran cuenta. Llegué, ya sé que es asqueroso, pero llegué a mojar el pan en el aceite refrito de la sartén. Mis padres, al principio, creían que ese apetito era una señal de que el problema estaba superado, y a mí, la verdad, durante un tiempo el peso me dio igual. Pero cuando acabó el curso y aprobé la selectividad y llegó el verano, vi que estaba como una foca. Un día al mirarme en el espejo no me reconocí. ¡Pesaba 67 kilos cuando mi peso normal son 55! Pero como en ese momento tampoco podía cortar los atracones, empecé a vomitar. El primer vómito, lo recuerdo perfectamente, fue la tarde del funeral de mi abuelo. Y continué en un círculo vicioso de atracón-purga. Mientras comía se me quitaba momentáneamente la ansiedad pero cuando acababa me sentía hinchada como un globo y era peor que al principio. Entonces iba al baño y me provocaba el vómito. La temporada que peor estuve llegué a darme tres atracones diarios seguidos de tres purgas, si hasta me hice llagas en la boca. Y luego tenía que limpiarlo todo para que no se dieran cuenta. Pero se dieron y me llevaron de nuevo al endocrino, que además de una nueva dieta aconsejó que me quitarán la paga semanal y me apuntara a alguna actividad deportiva. Fue así como conocí a Adrián, que da clase de patinaje en el Paseo de Coches del Parque del Retiro. A mí siempre me gustó el patinaje, también me gustó Adrián, y un poco a las tontas y a las locas empezamos a salir. Y aunque no había superado mi trastorno alimentario al cien por cien iba mejor, ya no hacía esas barbaridades del principio y si esporádicamente me daba algún atracón conseguía pararlo a la mitad, pero rompimos hace unas semanas, desde entonces estoy peor.

Por eso decidí pedir ayuda y por eso estoy aquí. La sociedad te impone el 90-60-90 y aunque yo sé que eso es una bobada como una catedral, hasta ahí llego, frenar la ansiedad no es nada fácil. Yo lo comparo a una fuerza centrífuga que tira de ti en los momentos más bajos, que te mete, que te va arrastrando. En el fondo creo que tengo un problema de autoestima, que no me quiero, que dependo demasiado del exterior cuando lo que tengo es que estar yo bien por dentro. Este ingreso me está ayudando a ver que hay gente mucho peor que yo, a salir un poco de misma, a relativizar, y aquí sigo, a ver si esta vez…, pero no sé.

Más relatos de Sol Gómez Arteaga en TAM TAM PRESS:

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: