Querido diario (105)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Si en su última entrada hablaba sobre la música, en ésta el autor se enzarza con la pintura a propósito de un texto “en que el quería describir la atmósfera que hay en un cuadro de mi querido Johny”

Por AVELINO FIERRO

“Seguimos sin noticias de Bruno”. Esa frase la acaba de pronunciar dentro de mi sueño un coro de hombres. No tiene nada de inquietante –ese nombre nada me dice–, pero me he despertado. He intentado engancharme otra vez al reposo, pero no he podido. Son algo más de las siete de la mañana. Desayuno un kiwi y café con leche y galletas y subo al zulo de escribir. Hay temporal, nubes de lluvia se mueven inquietas y los abetos del jardín se convulsionan, las persianas carrasquean.

Ayer escribía un par de folios para este diario, sin demasiada convicción, y dibujé a los bebedores de absenta de Degas, con una lira en la mesa de al lado, como olvidada por Euterpe. Quería dar a entender con la ilustración, de una manera ramplona, que la música es esencial para una vida plena.

Sin embargo, todos los responsables de fomentar una educación humanística –en la que la música tiene especial relieve– se van olvidando de ello. Y eso lo alimentan opiniones y estudios “resultadistas”, como el informe PISA, del que todos los años tenemos noticia. El pasado curso, esta nuestra comunidad autónoma quedaba bien tratada y se decía que era gracias a los esforzados profesores rurales y urbanos de educación primaria. Se hablaba allí de matemáticas y cosas por el estilo. Pero ya desde hace unos años, expertos en educación –que no pedagogos oficialistas– han denunciado el que ese informe ponga el énfasis en aspectos cuantificables y “olvide objetivos que son difícilmente medibles como el desarrollo físico, moral, cívico y artístico, reduciendo así peligrosamente nuestro imaginario colectivo sobre lo que es y debe ser la educación”.

Yo no sé si la música revela la esencia del mundo. En esto discrepaban Schopenhauer y Nietzsche. Pero éste la identifica con la descarga primera del estado dionisíaco, como algo que se asimila al fondo primordial de las cosas. Luego vienen los poetas y el drama. Yo ayer veía y escuchaba a un coro de hombres en la explanada frente a la catedral. Iban vestidos de negro y con boina. Bueno, bien está: no interpretaban la Novena beethoveniana, pero cantaron unas tonadas que retuvieron a los turistas y curiosos y ensimismaron a las palomas. Caía una lluvia escasa y fina, como la que ahora moja los cristales. Algo de esa imagen se quedaría en mi cabeza y algunos de esos hombretones con madreñas y cachaba serán los que han venido a despertarme buscando a Bruno.

He colocado un par de libros de música (Ross y Steiner) y otras revistas en sus estantes. Revuelvo en otro montoncito de papeles pendientes o en desorden: el libreto de la obra de teatro en el María Guerrero, una disputa entre Voltaire y Rousseau. Catálogos de exposiciones, sobre todo: la de Picasso-Lautrec en el Thyssen (me puse a llorar como un bendito –discretamente– viendo un cuadrito de Gustave Coquiot –¿o era A. Vollard?– sentado en un restaurante con una mujer: un óleo intrascendente, pero era mucha la agitación acumulada); de Giorgio de Chirico (una castaña; mejor, un saco de castañas: todas la misma; se salvaba un documental en Super 8 filmado en Grecia y un pequeño cuadro de árboles, como los velazqueños de Villa Medici); de Galano y de Chechu Álava; la de William Kentridge (tengo el viejo catálogo de la exposición en el MACBA, en 1999: lo ojeo de vez en cuando para ver esa habitación dibujada en carboncillo y pastel –¡esos azules!– de la serie “Felix in Exile”); de Daniel Canogar

Y trato de ordenar un pequeño zigurat de libros que se han ido desplazando a la izquierda, hacia la zona del radiador. Casi todos sobre pintores y pintura: Gombrich, Valéry sobre Leonardo, Jean Clair, Gompertz, el Diccionario de E. Delacroix, Berger sobre el dibujo, Julián Gallego, W. Pater

Encuentro un artículo en El País en el que una autora reseña su propio libro sobre la meditación y el arte de dibujar. Jo, ya podría ese periódico dejarme hacer lo mismo con estos diarios y darle al bombo. Podría titularlo, sin rubor: “Leer estos libros de Avelino Fierro son lo más adecuado para una vida plena”. En fin, el libro parece uno de esos de autoayuda. Vamos a dejarlo estar: puede que lo lea algún político y le dé por revitalizar la enseñanza del dibujo en los planes de estudio. Que eso arrastre a la música, a la filosofía…

Varios de los libros de esa torre los había utilizado para un texto en que el quería describir la atmósfera que hay en un cuadro de mi querido Johny, y cómo escudriña la historia de la pintura; él me lo había pedido para el catálogo de una exposición. Me puse a ello: leía y miraba a los maestros antiguos y me emocionaba, se me ponía un nudo en la garganta; estoy cada vez más sensiblero. El motivo lo componen dos ventanales a la manera renacentista y lo ha titulado “Con Leonardo en la Toscana”. El paisaje se pinta con una luz furiosa y difusa a la vez, como si el sol entrase de repente en ese mundo, pero mezclado con una bruma que asciende hacia el cielo tras la lluvia y forma una niebla que difumina los árboles. Algo similar está sucediendo ahí afuera, ahora, esta mañana, cuando ya son las diez.

Tomé algunas notas, vi pinturas. No se me ocurría nada y leí unos poemas. Ojeé algunas partes de su Tratado de Pintura (me detuve en el capítulo “De cómo pintar el viento”), y puede que el texto surgiera observando un cuadro de Jan Van Eyck, o leyendo el inicio de un libro en el que se dice que desde el Forte da Basso hasta el de Belvedere, de la Porta al Prato hasta La Romana, una bruma roja cubría Florencia. Tras darle muchas vueltas en la cabeza, lo escribí de un tirón:

“El aire está lleno de infinitas líneas rectas y resplandecientes, entrecruzadas y entretejidas sin que una obstruya jamás el recorrido de la otra, y representan para cada objeto la verdadera forma de su razón, anota en su Trattato. Todo le seduce: la sonrisa de las mujeres, el mar embravecido, la estela de las gaviotas, armazones y cúpulas erguidas, el reborde brillante de los cabellos de Ginevra –que pinta a la manera de Jan Van Eyck–, las flores muertas y otras leves esquirlas del mundo, las máquinas de guerra, un gris amanecer.

Tanto se enardece que su visión se vuelve, a veces, turbia; todo lo hace bajo su divisa, “ostinato rigore”. Quiere siempre atrapar la belleza, pero siente que el pálpito de la vida, algo así como un alma, se le escapa.

Puede que la visión desde estos altos ventanales del cuadro de J. C. Uriarte, desde los que se aprecia il bel lontano, sea similar a la del taller de Leonardo en Florencia. Yo me he asomado a otras ventanas italianas.

En un poema de Pavese todo se ha llenado de un verde fresco y desnudo, y la colina está surcada por capas de niebla. Y hay bellos tonos de crepúsculo en la acuarela de Pedro Serna, en que dibuja una calle de Lucca.

Pero hay aquí una luz casi imposible, azafranada, de una espléndida finura. En algún lugar ha empezado a lucir el sol. Ha cesado de llover. Y tiñe con tintes anaranjados la montaña, el bosque y el aire; un breve interludio entre dos aguaceros al atardecer. La atmósfera en una pintura captada de nuevo por una mirada atenta a la tradición. Otra luz como era aquella del pasado, la luz inacabable del ayer”.

  1. Anónimo

    Una vez más: enhorabuena. Solo quiero hacer un comentario sobre el libro que de refilón dejas entrever y que supongo es el de Wendy Ann Greenhalgh. Como dibujante estoy seguro de que lo conocerás. Hay en él mucha sabiduría y lecciones de vida que ya quisiera yo para los mortales del trepidante mundo en que nos movemos.

  2. Avelino Fierro

    Querido comentarista anónimo: el libro es, efectivamente, el de W.A.G.
    En él se habla de “dukkhas”, conciencias puras, encontrar la ausencia de tiempo, entrar en el fluir…, cosas todas ellas que no sé si sirven mucho para adquirir cierta destreza como dibujante.

  3. Avelino Fierro

    Pero es cierto que alrededor del dibujo puede haber otras cosas. John Berger decía que dibujar no es sólo medir y disponer en el papel sino que también es recibir. Cuando la intensidad de mirar alcanza cierto grado, uno se da cuenta de que una energía igualmente intensa avanza hacia él en la apariencia de lo que sea que esté escudriñando. Toda la obra de Giacometti, es para J.B., una demostración de ello.

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