Envío 31 (banderas, banderas, banderas, calamares…)

Imagen del diario La Vanguardia para ilustrar el artículo “Banderas de nuestros padres”. Haz un click…

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Han pasado meses sin que un nuevo Despierto y por la calle asomase en el Tam Tam. Hay una razón: el autor ha sido incapaz durante todo ese tiempo de ver por la calle otra cosa que no fueran banderas, en ventanas, balcones, mástiles, manifestaciones, banderas, un gran surtido de banderas compradas, por lo general, en las tiendas de los chinos. Obturados los sentidos por el aluvión, se impuso la necesidad de un mínimo comentario, al menos, que situase el fenómeno y, gracias a la virtud que suele tener lo escrito, despejara el panorama, para seguir atendiendo a lo que de verdad le importa, personas, cosas, hechos en su aparición sorpresiva.

Varios meses de reflexiones intermitentes no han valido de mucho. Queda el saldo de unas notas que ahora se quieren aquí compartir:

¡MENOS BANDERAS Y MÁS MANGUERAS!, ponía en las pancartas de los manifestantes contra la gestión de los incendios del verano. Adscribirse sin reservas.

Tendedero de banderas: levantar la vista y verlas ahí en lugar de bragas, calzoncillos, ropa interior. Las banderas como ropa interior, ¿qué interior? Las banderas son pura exterioridad, son señales, hay un lenguaje de banderas en alta mar.

Los amos del mundo son los más embanderados. No miran al sol, no saben si llueve o no llueve, son hombres teñidos y siempre bronceados. No saben que las abejas se están muriendo, no les importa. Un panal resistente se instaló en la palera de un patio, en lo pequeño se liba el dulzor. Si hubiera magia negra, por cada abeja muerta cada amo del mundo debería sentir su aguijón.

Son artículos baratos, de ahí su abundancia, baratijas de bazar, al por mayor, a tanto el metro. En cuanto al símbolo, yo tuve que participar en la ceremonia llamada “la jura de bandera”. Había que pasar delante del símbolo y besarlo, seguir desfilando. Todavía hoy no me atrevo a confesar mi secreto, lo que yo deposité en la tela simbólica.

Cuando veo una bandera ondear al viento oigo un chirrido, un rechinar, como si fuera una pieza metálica, siniestro. Se debe a que, hace muchos años, leí una versión del poema de Hölderlin Mitad de la vida que terminaba así: “En el viento chirrían las banderas” y no como debería ser y traduce, entre otros, Cernuda: “En el viento rechinan las veletas”. Aquel traductor cambió las veletas por banderas y a mí la imagen me sobrecogió y acabé por escribir un poema que titulé Triste alemán cruzado por banderas. Fue años antes de la ceremonia iniciática que se cuenta en el párrafo anterior.

(Un Aullido de Juan Carlos Pajares, rechinador y chirriante, hizo alusión a esta anécdota).

Como las banderas me ciegan las calles (ya está dicho), sólo soy capaz de ver ráfagas y flashes. Uno solo ahora, para cerrar esta remisa entrega y hacer acopio de ganas para una próxima más liberada:

A la puerta de un bar, un cartelón donde pone ALÉGRATE HAY CALAMARES.

 

Un Comentario

  1. Mar

    Mensaje de Mar:
    Las banderas del Centro Cívico de Navatejera, en cambio, no ciegan las calles. ¿Qué quieren decirnos?
    (Haz un click para ver la imagen que envía Mar:)
    https://tamtampress.files.wordpress.com/2018/04/banderas.jpg

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