Querido diario (106)

© Ilustración: Libertad.

Color y nubes al paso de la tarde… hasta el ocaso. “Quisiera ponerle un leve murmullo de otras músicas a esta luz y a estas flores del aire para que de estos momentos sólo quede lo que se ama”, escribe el autor. Son notas tomadas hace unas semanas, durante la Semana Santa. El autor sale a la calle, a los encuentros, a la escucha…

Por AVELINO FIERRO

¡Qué caprichos de la tarde! Como si aquel que tiene poco tiempo, apresurado, trépido de impotencia, quisiera seguir forjando la luz y el viento. El sol tardío pinta las nubes más bajas y las mónadas de granizo, que están poniendo un velo de espejos a esta hora de marzo. Ha pasado rauda una paloma cortando los rayos de luz que llegan del oeste. Al rato ya sobresalen los grises y azules débiles; sólo una nube alta muestra un rubor rosa en sus mofletes. En los tejados se depositan partículas blancas, como una caspa desprendida de los cabellos del cielo agitados por la brisa. Y por momentos se muere enturbiado el añil.

Navegan nubes leves hacia el sur; ha cambiado el turno del aire. Siguen una ruta, ordenadas, como en busca de su pastor celeste descarriado. Sí, parecen olvidadas, solas. Pero alguien ha dejado marcada su derrota, ha puesto en su morral cartas de navegación y, en sus crines, banderas de colores.

Quizá no sea esta belleza móvil sino la tenue constancia de los días. Por esos altos senderos caminan corazones de la mano, deseos ebrios, mentiras piadosas, sueños rotos. Sueños por el aire, nostalgia, arcángeles.

Vagando van esas historias entre espumas de silencio. En los confines de la ciudad comienzan las yemas a brotar. Marca las horas la caja registradora del orbe con su sonido de metales. Quisiera ponerle un leve murmullo de otras músicas a esta luz y a estas flores del aire para que de estos momentos sólo quede lo que se ama. Froto mis ojos para mirar de nuevo sin reflejos que tiemblen en la pupila absorta. Apoyo la frente en el cristal. En esta espera vendrá la noche. Y en mi piel se posará la luz de una estrella extinguida.

*

Apartándome de los bares del barrio viejo, atestados en estos días de Semana Santa, me reúno con parte de la familia en el Nyaska. Allí está también Modesto. La conversación se aleja hasta los tiempos adolescentes, los años ochenta. Modes hace un repaso detallado de las salas de fiestas de la ciudad (el Club 12, el Studens), y de los pueblos: el Ramsés y el Royal Sigors en La Bañeza, el Jai Alay en Pola de Gordón, la Estrella de Mansilla –donde sorteaban cada domingo un coche de segunda mano–, la Sala de Fiestas en Carrizo, donde tocaban los Cirolines… Otra en Barrio de Nuestra Señora, a la que acudió una Nochevieja desplazándose en taxi, un Seat 850 negro, que le costó doscientas pesetas. Él llevaba aquel día unas quinientas; había empezado a trabajar en la zapatería. Cuenta que en el Ramsés estaba –como siempre– en primera fila, viendo un concierto de Triana, y los empujones le hicieron caer sobre el bombo de Tele, el batería. Tuvieron que interrumpir un buen rato el concierto, “y tuve suerte porque me libré de unas hostias”.

Yo, en cambio, ando preocupado estos días porque, leyendo a J. Berger, que hace una mención sobre Giotto y los frescos de la capilla de los Scrovegni, en Padua, no conseguía acordarme de esas pinturas. Y sé que allí estuvimos hace muchos años. Giotto, que había sacado de su tumba el arte de la pintura, como dice Bocaccio. El primero en pintar las grisallas monumentales imitando esculturas en esa misma capilla Dell’Arena. El que descubrió el arte de crear la ilusión de profundidad sobre una superficie plana, e hizo uso particular de la figura vista desde atrás, que estimula nuestra imaginación “espacial” obligándonos a imaginar el otro lado, al decir de E. Gombrich. No me acuerdo y allí estuve en un viaje italiano. No me acuerdo a pesar de que en aquella época de los diecisiete años yo iba a las discotecas y boîtes, pero viajaba a Italia y leía y leía sobre arte. Modes sigue hablando y enumera los componentes de varios conjuntos musicales. Comienza por el nombre y apellidos del saxofonista de Los Brumas. Bendita memoria.

*

Me han encargado un artículo “sobre lo que tú quieras” para la revista del Colegio de Abogados. No haré demasiadas consideraciones de tipo técnico, será contar el día a día en la oficina. Andrés Trapiello dijo durante la presentación de La vida a medias en Madrid que envidiaba las historias que yo tendría que conocer por mi profesión. Pero yo creo que con la miseria difícilmente se hace literatura; se hace sociología o estadísticas o política social para tratar de corregirla. A no ser que uno sea Pío Baroja y sepa escribir Vidas sombrías o La lucha por la vida. El caso es que yo sé de personajes como sus Elizabide o Isidora y mendigos y errabundos sin más patria que el suelo que pisan. Pero uno no tiene la pluma de don Pío; no es el caso.

Escribiré sobre la rutina de un funcionario. Y puede que lo titule “Vida de jurista”, y no “Vida de poeta” como me gustaría, como haría un escritor verdadero, como hizo Robert Walser.

*

Me ha despertado el viento en los cristales. Se han sobresaltado los personajes de mi sueño. Estoy con Martín en la casona de campo en la que se reúnen los poetas; la acequia lleva un líquido con limones exprimidos; y en una carpeta que llevo bajo el brazo hay una pequeña pintura sobre cartón para ilustrar el siguiente número de la revista. Sin duda ese sueño lo origina el recuerdo de la casa familiar de Sergio, en el occidente de Asturias: hemos estado en ella el día de Viernes Santo visitando a Javi, Joaquín, Fran y Alfredo, que ensayaban una obra de Williams para cuatro contrabajos. Por allí estaba también Arturo –feliz como un espíritu santo con don de lenguas desde que aprobó su curso de catalán–, e Itziar. Olivia, la perrita, correteaba perdiéndose entre edredones y espejos.

He desperezado un brazo sin luz hasta la balda del cabecero. Allí están los libros comprados ayer: Quetglàs y Echenoz y los versos de esa chica que ha ganado el Adonais y encuentra terrores en la almohada al despertarse. Yo no he querido ver los fantasmas de la vida en las horas de la noche y, para recuperar el sueño, me he dejado llevar por otros vientos: el que está en los versos de Blas de Otero, porque su último libro viene pleno de aires que se adhieren como palabras al parabrisas, cruzan el mar con los pies descalzos y el viento indomeñable de un soneto de Juaristi, que barre la alta llanura de Navarra. Vientos que en esta madrugada de nubes negras y mirlos desperdigados en el parque han aventado mis oscuros pensamientos.

*

Parecía que estas páginas del diario podían quedarse ahí: el viento de abril golpeando los cristales y agitando las ramas de los árboles. El viento de abril, que ayer mismo no nos dejaba leer y grabar un poema –el ulular creaba mucho ruido ambiente frente a San Marcos, donde Francisco de Quevedo estuvo preso–. Un poema para enviar a Medellín a nuestra amiga Susana Escobar, e incluirlo en un homenaje –lectura de sus poemas desde lugares del mundo– a Giovanni Quessep.

Yo quería dejarlo ahí, luces entusiasmadas, músicas y amigos, estrellas consumidas…

Pero llega una llamada telefónica de mi hijo Javier de viaje a Barcelona –desde una carretera secundaria y oscurecida por el temporal; elige esa parte del recorrido para no pagar un tramo carísimo de autopista–, para participar en otra ópera producida por el Liceo. Una llamada que te planta ante las narices el entusiasmo de la juventud y las penurias de la vida. Nos hizo recordar la frase de esa individua que lleva en la poltrona tantos años y que, hablando de que las pensiones no son problema, recomienda a los jóvenes que ahorren dos euros al mes, “menos que una cajetilla de tabaco”.

Y vuelve otra vez el viento y arrastra una hoja hasta mis pies. Una hoja de papel. Una fotocopia que está en el libro de César Simón Papeles de prensa, una relación de artículos publicados en el diario valenciano Las Provincias. Una cuartilla que no pertenece a ese libro, no sé quién será su autor, es la página de un diario. Y no puedo dejar de copiar esos dos párrafos.

“Ha abandonado el libro en el banco, y tras dar un corto paseo por el parque, ha regresado al parking a recoger el coche. Frente al espejo retrovisor se ha maquillado minuciosamente, para borrar todo rastro de lágrimas. Y ha puesto en marcha el motor, y cuarenta y cinco minutos después ya había abierto la puerta de casa, y una gata había salido maullando a recibirla.

Ese libro que se ha quedado abandonado en un banco del retiro no es otro que Francisco Umbral. El frío de una vida. El viento, furioso, agita sus páginas.

Pensaba escribir un artículo titulado “Hastío” sobre la campaña electoral que se avecina –no salimos de una y ya estamos en otra–, pero lo he pensado mejor, y antes que “Hastío” debería titularlo “Asco”, porque asco, verdadero asco es lo que le da a uno estos ineptos, jetas, chorizos y lerdos políticos que tenemos y que sufrimos. La clase política española está formada por auténticos profesionales del cuento. Da igual del bando que sean. Son todos unos patanes. Unos patanes a los que, ni que decir tiene, les importa una mierda el presente y el futuro de este malhadado país”.

Esta fotocopia del libro de un autor ignorado tiene ya sus años, amarillea. Todo sigue igual; los tiempos no están cambiando.

Un Comentario

  1. Nicolás Miñambres

    Excelente el proceso humano y literario de la entrega de Avelino, en una bendita y feliz intervención, desde la llegada de la primavera hasta los últimos libros extranjeros. Pero todo, desde León planteado con una envidiable armonía. Da gloria leerlo, aunque uno no sepa tanto.

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