Querido diario (108)

© Ilustración de Avelino Fierro.

Entre salas de espera y consultas hospitalarias va tramando el autor esta nueva entrega de sus diarios. Como de costumbre, el autor lleva algún libro en el bolsillo, para entretener el tiempo…

Por AVELINO FIERRO

Se va ajando el color de la luz, y camino hacia el centro de la ciudad. Voy a la consulta del neurólogo; me tiene que dar una receta de Paroxetina 20 para mi padre. Espero un buen rato; llegan otros pacientes: intento adivinar qué males y zozobras les asisten. Me levanto a ver la vieja orla de la Facultad de Medicina; miro sus rostros, sus bigotes y barbas, sus gafas negras de pasta, sus pelos cardados tan a la manera de los setenta: intento adivinar qué habrá hecho de aquellos jóvenes ese ladrón de las vidas que es el tiempo.

Todas esas salas de espera se parecen un poco. Hay en ellas revistas pasadas de moda, luces amarillentas, muebles clásicos. No hace mucho, acompañando a P. a un dentista, vi ejemplos de aquella revista de pequeño formato: Selecciones del Reader’s Digest.

Voy a la librería y compro un libro sobre Giacometti. He recordado aquel que me regaló Isidro Tascón en 2003, en que el narrador describe la pelea constante y absurda –casi una maldición– del escultor por expresarse. Y por llegar a esa manera de ilusión que es la obra de arte que hace que extrañamente la acerque más a la vida.

No han encendido todavía las luces urbanas. El cielo había descendido casi hasta los tejados; era de un gris uniforme. Había silencio y las calles se alargaban hacia lejanos puntos en fuga. Ya estaba la iluminación en los comercios y la ciudad parecía –el techo bajo del cielo comprimía la atmósfera– la sala de estar de una casa burguesa cualquiera, otra consulta médica en la que esperar una solución quirúrgica para que a la tarde anestesiada siguiera una noche sin traumas.

En la plaza de la catedral sólo el comercio de venta y reparación de electrodomésticos –ahí compró mi padre la primera televisión hace unos cincuenta años; puede que fuera una Zenith americana, en la que veíamos El túnel del tiempo en blanco y negro– y una tienda de souvenirs con una máquina de refrescos en el exterior, tenían luz. Era extraño; como una enorme pecera rectangular de sobremesa. El cielo bajo oscurecía los edificios; veía todo un mundo achatado, a ras de suelo, con destellos modestos. Y quietud. Una melodía continua de sosiego.

Escribe Borges en su “Buenos Aires”, en Inquisiciones, que ni de mañana ni en la diurnalidad ni en la noche vemos de veras la ciudad. Que el atardecer es como un retorcerse y un salirse de quicio las cosas visibles; nos desmadeja, nos carcome y nos manosea. Y propone, para que la ciudad se adentre en nosotros y apresar íntegramente su alma, una hora huérfana que vive como asustada por las demás y en las cuales nadie se fija. Por ejemplo: las dos y pico p. m. “El cielo asume entonces cualquier color. Ningún director de orquesta nos impone su pauta. La cenestesia fluye por los ojos y la ciudad se adentra en nosotros”. Ni Andrzej Stasiuk ni yo estamos de acuerdo.

Tomé las cañas con T. en la zona bien, casi desierta. Es martes. Algunos paseantes con perros. No he vuelto hacia casa demasiado tarde. En la avenida de San Mamés, un joven pateaba furiosamente un contenedor de vidrio. Pasé a su lado con precaución; se reía; volvió unos pasos atrás a mirar a unas chicas que esperaban la colada en la lavandería de la calle.

Un sindicato de mujeres de la educación quiere prohibir –me había dicho T.– a Nietzsche, a Kant y a varios escritores patrios, así como el fútbol en los colegios. No sé qué pensarán de ello la camarera del primer bar, la del segundo –que es extranjera–, el pateador del contenedor, las chicas marroquíes de esa lavandería sin horarios, el basurero al que siempre veo silbando, el dueño de la cafetería Piscis que baja en estos momentos la trapa, mi vecina del sexto… No sé si les parecerá progresista, emancipatorio y un avance en la lucha por la sororidad.

Yo escribo ahora bajo la luz del flexo unas notas sobre ello. Y leo después un poema de Carvajal: “En la callada íntima paz que acrecen / las yemas lentas y la luz tranquila / de este invierno final dado a los hielos / de amanecer y las silentes llamas / de tanto ocaso en soledad vivido, / pienso en vosotros, mis amigos próximos / que la distancia anuda…”. Uno tiene ya una edad. No quiere que lo zarandee la estupidez. Siento ganas de ser solo en el mundo, viviendo como un mendigo, con el recuerdo que yo quiera que muera conmigo.

A la mañana siguiente acompaño a mi madre hasta el hospital, a la consulta de ginecología. A veces uno desea que todo se retrase un poco, unos minutos de calma: puedes leer algún párrafo del libro que has llevado o unos versos, auscultas el rostro y el ir y venir de la gente. Frente a nosotros, una chica joven y el marido. Al lado, una señora mayor cacharrea constantemente con el móvil. Va vestida con extrañas ropas, un poco a la manera de las montañeras. Trata al teléfono como si fuera el pandero o unas castañuelas, con raros y espasmódicos movimientos sincopados. La acaban de llamar por la megafonía. Hay en las dos filas de delante otras ocho mujeres. Cuatro son de mediana edad, una de ellas me parece muy guapa. Otra, muestra una tristeza para la que casi no abarcan las parcas carnes de su rostro.

Hay carteles en las paredes rogando silencio o que estén apagados los móviles. Y leyendas: “Las pacientes que acuden a consultas de suelo pélvico no pueden orinar hasta ser consultadas”. Hay otro que recuerda que todavía hay agresiones en los centros sanitarios, ilustrado con la imagen de un médico sumamente cariacontecido con bata y fonendo. Y otro que exhorta a la paciente espera: “La hora de la cita es orientativa. A cada paciente se le dedica el tiempo que necesite para realizar la mejor atención posible, lo que originará retrasos en el horario. Disculpen las molestias que se generan por ello”. Un día, Ruth Miguel me comentó que en la planta de radioterapia había visto un cartel al lado de una fuentecita, un dispensador –que se dice ahora– de agua: “No beber a morro. Gracias”.

Siguen llamando a mujeres con nombres propios de mi generación: Leoncia, Nemesia. Ahora llaman a una jovencita: Mélani.

Leo un libro de poemas que el autor dedica a su padre fallecido. Y hay en él hermosos versos sobre la pérdida de la memoria. La muerte –escribe– comenzó su labor minuciosa robándole los nombres. Lo último que se pierde son los verbos, que se mueven como peces en la sangre. A veces mi padre ha olvidado mi nombre, en una de esas tardes espesas, o el de mi hermano. Pero todavía no –todavía no– las maneras de trabajo en el campo, en el almacén o los juegos de la infancia. No sé qué cosas se quedarán más cerca de nosotros en los últimos tiempos para que nos sigan acariciando la piel y la memoria, las que siempre nos acompañarán y a las que podremos seguir tuteando: “Ven, dime, qué quieres, espera, sigue aquí conmigo, siéntate a mi lado, déjame tocar tu pelo”.

  1. Ventura Rico Castelló

    Querido Avelino, he estado un poco liado y he dejado pasar un par de entregas de tu diario.
    Después de leer estas líneas me lamento de mi estupidez al dedicar tanto tiempo a asuntos intranscendentes desatendiendo lo importante.
    ¡Gracias por este regalo!
    Un fuerte abrazo,
    Ventura

  2. Ángeles Tejerina

    Genial. Como siempre. Tocando la memoria y la muerte.

  3. José Luna Borge

    Avelino refleja la vida que fluye sin darnos cuenta de que está pasando. Por su cotidianidad no le damos categoría de acontecimiento, pero esa vida menor es la que puebla nuestros días y esos breves acontecimientos son los que nos van haciendo ser lo que somos. Avelino sabe reflejarlos con buen olfato, pulso y precisión literaria.

  4. Avelino no es Jawlensky y esto es algo evidente.Tampoco la sala de un consultorio médico se puede comparar con los Álpes Bávaros. Y además falta el Kandisky de turno para adornar esos espacios cruentos que preparan a los enfermos, y hasta a sus acompañantes, a recibir con resignación las peores noticias. Espacios que preludian un nuevo tiempo, el de los días contados. En este sentido, estamos de acuerdo con Avelino que es mejor pintar en gris que irse a veranear a los Alpes Bávaros.

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