Nader Koochaki: ‘Mi trabajo es una extensión de la experiencia fotográfica y siempre está determinado por su contexto’

Nader Koochaki.Fotografía: Camino Sayago.

Por CAMINO SAYAGO

Casi tres meses empleó Nader Koochaki en volcar en ‘Cielo abierto’ su investigación fotográfica en torno a la extracción del carbón en la provincia de León y el uso del asfalto en el desarrollo de la ciudad de Teherán. El proyecto seleccionado por la Convocatoria Laboratorio 987 del MUSAC, caminó entre escombreras y publicaciones para dar forma a un ejercicio editorial ramificado finalmente en tres etapas, que confluyeron en el espacio del museo. Ahora, pretende darle continuidad en Irán, con ‘Compass Rose’. Nos lo cuenta en esta entrevista.

Buscar y fotografiar escombreras en la provincia de León fue solo una excusa para seguir con su línea de trabajo, surgida hace años en Teherán y centrada en el origen y el uso del asfalto. En este proyecto fotográfico desarrollado para la Convocatoria Laboratorio 987, Nader Koochaki no sólo se propuso realizar una aproximación crítica al carbón y al asfalto, por medio de la relación formal entre ambos recursos. También ideó un sistema operativo que le permitió reflexionar sobre el acto expositivo: editó tres ejercicios de su investigación. Ahora, el proyecto queda abierto a los designios del futuro y, tal como asegura, espera llevar a cabo una nueva etapa: “El trabajo surgió en Teherán y dado que es el lugar principal al que atiende la investigación, desde el inicio he deseado exponer el proyecto ahí, ya que de alguna manera pertenece a ese lugar y es donde la reflexión podría completarse”.

– ‘Cielo abierto’ no es tu primera incursión en el mundo de los combustibles fósiles. En esta ocasión, ahondas en los fenómenos sociales y las formas resultantes del consumo del carbón y el bitumen, un derivado de la refinación del petróleo base en la producción de asfalto. ¿Por qué decidiste fotografiar su recorrido?

– Como materia densa y negra, el bitumen tiene algo de absorbente. El asfalto y las carreteras recogen la experiencia de quienes las transitan. Para mí la experiencia de fotografiar los rastros de las protestas mineras en las principales vías de comunicación de Asturias y León en 2012 fue hipnótica, adherente. Unos años más tarde, en Teherán, al comenzar a fotografiar el tránsito de vehículos y pasajeros desde puntos elevados me di cuenta de la agencia que tenía el bitumen. La banda asfáltica corría en paralelo a la película sensible que rotaba en mi cámara. La experiencia quedaba adherida a los dos soportes, que al mismo tiempo, eran los que permitían que me moviera.

Parafraseando a Allan Sekulla, la fotografía es una afirmación incompleta. Es a partir de tratar de entender mejor lo que estaba sucediendo en esos ejercicios que comencé a ahondar en los materiales que soportaban la experiencia.La fotografía está siempre determinada por su contexto. Al fin y al cabo, en mi trabajo todo viene a ser una extensión de la experiencia fotográfica. El reto siempre es generar un estructura narrativa extendida.

– En las carreteras de esta comunidad autónoma, con los cortes de los mineros y sus protestas por los recortes de las ayudas al carbón, descubriste que más allá del impacto que produce la minería en el entorno y de sus implicaciones políticas, se dibuja el panorama global de la industrialización…

– Atendemos fácilmente al impacto ambiental que provocan las minas, cuando emergen a la superficie de la tierra, en toda su magnitud. Son epicentros sensibles, al igual que otras grandes infraestructuras industriales que se despliegan en el territorio. Sin embargo, la red que las conecta no es de menor envergadura. Esta compuesta por vías de comunicación, pero también por relatos e imaginario, y entre todas ellas se dibuja el panorama que señalas. Lamentablemente, los trazos responden más a una mano foránea, que además actúa como partitura, ya que es en ellos donde se formula el terreno de juego de la vida. Hay algo de redundante en todo esto, quizá tenga que ver con el poder energético de la materia negra, pero veía que hay un trazo que se engorda, como una frase subrayada constantemente: los neumáticos que arden con gasolina sobre el asfalto, las marchas negras que caminan sobre las carreteras…

 

– El proyecto concluyó su paso por el MUSAC el pasado 27 de mayo después de tres meses intensos de trabajo para registrar desde la fotografía la huella del carbón ¿Has alcanzado los objetivos que te marcaste en la investigación?

– El objetivo de mi propuesta era emprender un ejercicio editorial. En tanto que esto es lo que ha sucedido, los objetivos se han cumplido, pero tanto como alcanzarlos, no. El trabajo de edición necesita de tiempos distendidos y de escenarios de trabajo estables. Tres meses son suficientes para emprender un trabajo, pero de ninguna manera para concluirlo.

Durante el paso de mi propuesta por el Laboratorio 987 han sucedido muchas cosas. El ejercicio editorial o expositivo ha estado atravesado por el trabajo de campo, y este continúa su curso. En ese sentido, el acompañamiento del equipo del Laboratorio 987 ha enriquecido la experiencia; hemos contactado con mucha gente y visitado diversos lugares. La cuestión es cómo hacer ahora para mantener el rumbo. En un abrir y cerrar de ojos te encuentras fuera de la institución y la sensación de vértigo después de una experiencia tan intensa como esta puede ser demoledora.

– El destino de muchos de nuestros gestos es la imagen. Parece que tiene que existir una imagen para cada acontecimiento. Con ‘Cielo abierto’ te proponías llevar a cabo una aproximación crítica a estos materiales desde la fotografía. ¿Qué otras formas intuyes son posibles para contribuir a la realidad que no pasen por la introducción constante de nuevas imágenes?,

– El arte es capaz de embriagarte y provocarte entrar en trance. Una repetición con variaciones siempre termina generando imágenes. No es tanto obcecarse en alcanzarlas sino dejar un espacio para imprevistos.

-Te has servido de tres hitos para ir contextualizando la investigación en la propia sala de Laboratorio 987 con distintas actividades públicas: ‘Línea editorial’, ‘Mesa editorial’ y ‘Fuga editorial’. ¿Cómo han ido completándose las distintas etapas? ¿Y, cómo ha sido el trabajo de campo fuera del museo?

– Los tres hitos fueron enunciados antes de emprender el camino en la sala. Con ellos tratamos de bosquejar lo que sucedería durante los episodios que abrían, pero también estructurar algo que permitiera una lectura retrospectiva. Los índices de los libros, como consecución de títulos, conforman un poema en cuanto que editan otro texto. Con los hitos intentamos dibujar un proceso de trabajo: comenzar trazando unas líneas, pasar a entrever algunas formas, para después cambiar de plano y continuar trabajando.

Por cada episodio, se escribió un informe. En estos informes se describió cada estado de la sala, las transformaciones que había sufrido durante cada episodio. En ellos se puede volver a los estados previos del trabajo. Si bien hemos dicho que Cielo Abierto iba a ser un ejercicio editorial, finalmente han resultado ser tres ejercicios editoriales.

 

– Cuando abordas el trabajo expositivo en sala, señalas que el uso que hace el proyecto del Laboratorio 987 es como herramienta de edición. ¿Qué quieres decir con ello?

– Exponer un trabajo supone publicarlo. Supone compartir un estado de las cosas, integrarlo en un tiempo y en un lugar. Ese acto pasa a formar parte de una consecución de acontecimientos. Como es difícil volver atrás, nos ocupamos del trabajo acompañándolo con cuestiones que tienen que ver con la legibilidad, la difusión, la duración, su publicidad… En cuanto que lo hacemos para los demás, este deja de pertenecernos. Al preparamos para la despedida comenzamos a atosigar el trabajo. Al no poder volver a él, tratamos de dejarlo bien enunciado. Exponer es casi como escribir-publicar.

Creo que la experiencia de entrar en imprenta se parece mucho a los preparativos finales de una exposición. Mi propósito es construir un sistema operativo que se pueda seguir editando, ya que como he mencionado antes, los tiempos de producción con los que suelo contar son demasiado limitados.

– Las publicaciones han sido imprescindibles para tu relato. En especial las del Instituto Geológico y Minero (IGME), que combinan el trabajo documental con el de campo, la catalogación y el inventariado…

– Sí. Antes de que Cielo abierto cobrara vida pública y comenzara a ocupar la sala del Laboratorio 987, uno de los trabajos preliminares fue consultar la biblioteca de la oficina del IGME de León. En ella encontré bibliografía diversa relacionada con la extracción de minerales y combustibles fósiles: tratados de carácter técnico, publicaciones monográficas dedicadas a algún tipo de mineral, catálogos, inventarios de yacimientos petrolíferos, de balsas y escombreras etc. Las herramientas de trabajo de un especialista son materia sensible. En ellas se puede rastrear el trazo de sus autores y al mismo tiempo moldean las manos y la mirada de quienes las emplean. Contienen una sensibilidad estética que raramente apreciamos y otorgamos al mundo de la ciencia.

En estas visitas traté de atender al modo en el que se traduce la experiencia del trabajo de campo al trabajo editorial, porque que el campo se extiende hasta el libro, continúa en él; no se abandona en el despacho, tras cambiar de atuendo y de calzado. La experiencia continúa, el campo se sigue dibujando en el libro, y lo mismo sucede a la inversa.

El libro, el tratado, continúa ahí afuera. Todos los trazados de carreteras, de pistas para la extracción del carbón, las escolleras construidas con materia estéril proveniente de la mina, los modos en los que se orada la tierra… son una extensión del arsenal bibliográfico mencionado. El territorio pasa a ser una gran página en blanco donde los ingenieros pueden expresar el trazo que han ensayado en los manuales que han estudiado.Hay un salto de escala tan mágico como perverso entre el entorno natural y el contexto del libro. Pivotar entre estos dos lugares ha sido un modo de operar bastante importante durante el trabajo.

‘Cielo abierto’. Nader Koochaki.

– Además has compartido esta práctica con el Aula Geológica de Laciana  y Usue Arrieta y Vicente Vázquez de la cooperativa artística Tractora Koop. ¿Cuáles son los puntos de encuentro?

– Al inicio, como manera de determinar el modo de moverme, me propuse buscar y fotografiar escombreras. A parte del ejercicio formal de mirar esos volúmenes desplazados e imaginar los vacíos que han dejado atrás, en gran medida, el objetivo de querer fotografiarlas no era más que una excusa para moverme en el territorio. Es entonces cuando topé con el Inventario nacional de balsas y escombreras del IGME (1989). Se trata de un trabajo inmenso, compuesto de una infinidad de volúmenes, que rastrea el Estado e inventaría una inmensa cantidad de tierras y aguas desplazadas, utilizando lenguaje diverso, entre los que se encuentra el fotográfico. Hay un componente experiencial muy potente en este tipo de trabajos y eso se aprecia en su formato. Aunque a otra escala, yo también he trabajado este formato y me interesaba ahondar en él. El deseo de contener y congelar un momento del entorno que te rodea, prestando atención a unelemento reducido de él, junto con el testimonio de que aquello a lo que atiendes supera con creces la capacidad reductora del lenguaje,y es algo que te lleva a una embriaguez solamente superable a través de la poesía. Un trabajo de inventariado siempre arrastra consigo un fracaso, una diana, y una propuesta poética.

El Aula Geológica de Robles de Laciana, que conocí gracias a Esperanza García, me parece que está haciendo un trabajo similar, tanto de inventariado como de edición, que toma forma en un espacio físico más amplio y está muy relacionado con la vivencia personal de quienes lo gestionan. Con Usue Arrieta y Vicente Vázquez estaba ya colaborando en la edición de Geldi 2011-2017, una publicación que tiene un amplio trabajo de campo como base y que se sirve de herramientas similares a las utilizadas en los casos mencionados.

–  Todos tus proyectos suelen quedar abiertos. ¿Qué va a suceder a partir de ahora? Pretendías que continuase en Teherán un nuevo trayecto bajo el epígrafe de ‘Compass Rose’…

– Si, en la consecución de trabajos que preceden a Cielo abierto (Asphalt Rollen 2015 y Exhibition As EditionExercise en 2016) he manifestado el deseo de querer indagar en el origen y los usos del asfalto y de reflexionar sobre el acto expositivo como ejercicio editorial. Ya que el trabajo surgió en Teherán y dado que es el lugar principal al que atiende la investigación, desde el inicio he deseado exponer el proyecto ahí, ya que de alguna manera pertenece a ese lugar y es donde la reflexión podría completarse. Sin embargo, que esto suceda no depende solamente de mí.

:: Sobre Nader Koochaki

Nader Koochaki es Licenciado en Sociología por la Universidad del País Vasco, desarrollando su trabajo desde el 2008 en el ámbito artístico.

La reunión de saberes, la vinculación entre el contenido y el continente de sus propuestas, los modos experimentales de hacer públicas sus incursiones o la firmeza por desvincular el trabajo de convencionalismos o cánones estilísticos, son algunos de los contornos por los que transita su obra.

Nader Koochaki. ‘Cielo abierto’. Laboratorio 987. Musac. Fotografía: Camino Sayago.

Acerca de Camino Sayago

Periodista leonesa

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